María y Miki de Operación Triunfo
María y Miki de Operación Triunfo

“Las historias solo existen si a alguien le emocionan”. De esta manera Alfred García  celebraba en sus redes sociales el primer aniversario del momento que dinamitó el regreso de Operación Triunfo para convertirlo (de nuevo) en icono de una generación. El baile de los dedos de Amaia y Alfred con las teclas del piano enamoró a miles de espectadores ingenuos que viajaron a la ciudad de las estrellas atrapados por la honestidad que transmite la buena televisión. Pero justo cuando se cumple un año de la archiconocida actuación, Operación Triunfo agoniza entre polémicas incoherentes y actitudes absurdas que distan mucho de la fórmula con la que el formato reconcilió al espectador con  la pequeña pantalla.  

La pasada edición de OT sorprendió a la audiencia con una generación de jóvenes diversos y comprometidos. Una panda de chavales que —tal y como lograron hace 17 años Rosa, Bisbal y compañía— establecieron un intenso proceso de identificación con el espectador. De la noche a la mañana, TVE dio espacio al reencuentro de Marina con su novio transexual, gritó sin complejos un himno a la diversidad (La revolución sexual), captó el momento en el que Alfred pidió colaboración con los refugiados o permitió que Raoul y Agoney plasmaran el mensaje de su actuación en un beso.  Así, el elogio de la crítica  y las buenas audiencias convirtieron OT 2017 en un fenómeno generacional que ya es historia de la televisión y la música de nuestro país.

Tal y como haría cualquier persona con una mínima visión de rentabilidad económica, los altos cargos de TVE decidieron que su talismán musical merecía volver sólo unos meses después del apoteósico final que proclamó ganadora a Amaia Romero. Al fin y al cabo, lo complicado (construir una marca aplaudida por la crítica y la audiencia)  ya estaba hecho. Solo quedaba buscar  dieciséis chavales inocentes que pagaran las ineptitudes de un programa que —obnubilado por el éxito— ha abandonado la magia de la inexperiencia para entrar en un constante todo por la audiencia. Y eso no es televisión de verdad. De hecho, es todo lo contrario.

En las últimas semanas hemos asistido a un ridículo show alimentado con polémicas de todo tipo. Desde que la cadena pidiera perdón a La Falange por cagarse en ella (porque claro, es muy irrespetuoso que un joven veinteañero no se sienta identificado con valores autoritarios y fascistas) a que el propio programa permitiera que se cantase la ya célebre mariconez de Ana Torroja. Parece que también les resultaba inadecuado que dos chavales no quieran identificar al colectivo homosexual con las cursiladas y tonterías que se hacen cuando estás enamorado. Y para más inri, la polémica madre fue el despido de la profesora de interpretación, cabeza de turco de una larga lista de cagadas  irreversibles. Aun habiendo sido avisados previamente, el programa otorgó menos de cinco minutos para comunicar la destitución a los concursantes, que para colmo celebraron la llegada de los nuevos docentes con una emoción directamente proporcional a la que les produciría ganar el concurso. No tuvo desperdicio.

El rumbo que ha tomado la nueva edición del formato musical dista enormemente de las lecciones que dejó el casting del curso pasado. Hace unas semanas, los habitantes actuales de la academia se autoproclamaron en huelga por no tener el dormitorio (único espacio sin cámaras) abierto antes de las diez y media. Inconscientes del compromiso que deben tener con la audiencia que sigue su actividad diaria, se tiraron al suelo y esperaron al encargado de abrir la habitación para burlarse de él sin dirigirle la palabra.

Los responsables del formato consideraron que la situación requería un toque de atención. Sin embargo, lejos de generar una charla constructiva con los concursantes (algo más propio de la edición pasada), el programa decidió explotar su autoridad y mostrarles una serie de tuits de sus supuestos fans (porque, sorpresa: Twitter no representa a toda la sociedad) desprestigiándoles para que rompieran a llorar. Así, los triunfitos se vieron obligados a leer en voz alta calificativos tan despectivos como mamarracha o niñato. ¿Realmente un niñato es un chaval que no quiere hacer daño al colectivo homosexual aunque la cantante de un viejo grupo español se empeñe —con su dudosa superioridad— en que así sea? ¿O una mamarracha es una chica que se entrega durante tres meses en un proyecto televisivo para estar un pasito más cerca de conseguir su sueño?

OT 2018 cerrará sus puertas en unas semanas. Lo hará sin haber logrado ninguna actuación que nos remueva la sensiblería de la misma manera que lo hizo el mágico City of Stars. La audiencia ya no se enamora de las actuaciones  ni aplaude las lecciones de los concursantes. Pero sí se siente decepcionada con el formato y alimenta las polémicas con sus opiniones. Y el peor enemigo de la televisión es, indudablemente, el aburrimiento del espectador. Porque como bien expresaba Alfred, las historias solo existen si a alguien le emocionan. Y la polémica no es un buen camino para recuperar la emoción. Algo de lo que no parecen querer darse cuenta.

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