Durante los últimos veinte años la fotografía ha pasado a convertirse en un elemento imprescindible en la vida del individuo moderno. La irrupción de los Smartphone y la mejoría de la calidad de sus cámaras han garantizado en un tiempo inverosímil la satisfacción del usuario que se asegura poder captar todo en el momento que él quiera. Pese a que la fotografía y sus ritualidades prácticas han cambiado desde sus inicios hasta la actualidad, existe un elemento que perdura en nuestras formas cotidianas de representación: La sonrisa. Esta aparece siempre esbozada en nuestras bocas, arrugando comisuras, enseñando el amarillo de los dientes fumadores o la blanquecina y láctea sonrisa de los niños, sin embargo, el rito de sonreír ante una cámara tiene unos orígenes y una explicación antropológica.

A mediados del siglo XIX la fotografía comienza a ser una realidad que marcha con paso firme, siempre ligada a la ciencia. Aunque hoy sabemos que la fotografía no es un arte objetivo, sino que es otra forma más de representación subjetiva, en el siglo XIX se vio en las representaciones fotográficas una forma de dar objetividad a la ciencia, así como un aparato imprescindible para relatar los descubrimientos e investigaciones.

La fotografía, pese a su vinculación con la ciencia, también supo acercarse al mundo popular sustituyendo poco a poco los modos tradicionales de retratos pictóricos. La sonrisa, sin embargo, no podía ser una realidad vinculada a la fotografía. Todo el mundo ha visualizado alguna vez retratos antiguos, coloreados por sepias, grises y negros, y en ellos es difícil, por no decir imposible, atisbar alguna mueca similar a las sonrisas que hoy creamos delante de una cámara. Esto tiene que ver, en cierta medida con la longitud y duración del proceso fotográfico.

Estamos acostumbrados a disparar una fotografía y verla en menos de medio segundo en nuestras pantallas, pero las cámaras antiguas requerían de un tiempo preciso y largo para realizar la fotografía. Esto, se traduce en la necesidad de unos modelos pacientes que en una quietud impecable esperen el perturbador flash. De esta forma, la espera de una fotografía podía alargarse desde media hora hasta los sesenta minutos, por lo que resultaba imposible posar ante la maquina sonriendo durante todo ese tiempo.

Por otro lado, la funcionalidad de la foto y el espacio donde se realizaba también sirven para explicar por qué sonreír en las fotos no era algo tan habitual como lo es hoy. Las fotos solían realizarse en estudios privados que daban al rito de la fotografía una seriedad destacable a lo que debemos sumar la ya mencionada larga espera. Por otro lado, existen ritos, ya olvidados pero populares antaño, como eran las fotografías familiares con aquellos que acababan de fallecer. Como podemos imaginar, estas prácticas estaban llenas de solemnidad y seriedad que hacían impensable la aparición de cualquier sonrisa.

Tras la Segunda Guerra Mundial, entre los miles de cambios políticos y sociales del momento, apareció una clase media nueva, reforzada y con un amplio margen de crecimiento. Una de las características principales de la nueva sociedad embadurnada con las cenizas de la mayor guerra del siglo XX, fue la aprehensión que está hizo de los productos de consumo, destinados a llenar los espacios de tiempo libre. Fue en ese momento, cuando numerosos productos audiovisuales que habían estado al servicio de la ciencia o alejados de las capas populares. Televisores, cadenas de música, radiocasetes y, por supuesto, las conocidas cámaras de carrete kodak que, desechables o no, consiguieron introducirse en la vida cotidiana del individuo gracias al abaratamiento de los costes de producción.

Fue en este momento, cuando la fotografía trastocó sus tradicionales formas de representación. Se transformó el contexto espacial donde la fotografía ocurría puesto que la cámara podía ser transportada con facilidad y el manejo del objeto no requería de una especialización previa como ocurría con las aparatosas cámaras del siglo XIX. Gracias a ese abaratamiento de los costes y la simplicidad de las nuevas cámaras, las poses serias y solemnes tornaron en sonrisas y poses rituales. Se vio en la sonrisa la forma de mostrar los valores de una nueva sociedad basada en el consumo abigarrado donde la felicidad y la alegría se erigían como elementos motores de la vida de los seres humanos dejando atrás el intelectualismo.

Por otro lado, las industrias culturales del siglo XX juegan un papel importante a la hora de explicar la causa de nuestras sonrisas frente a la cámara. Si bien es cierto que cuando sonreímos en las fotos estamos buscando una pose qué de naturalidad a nuestra apariencia, debemos reconocer que nuestra sonrisa tiene un influjo de valores transmitidos por el cine, la publicidad y otras formas de cultura visual basados, casi siempre, en los principios sociales de alegría y felicidad.

Siempre resulta complejo comprender las causas de nuestros ritos, sin embargo, podíamos simplificar, para terminar este artículo, que para entender el ensueño y las muecas que expresamos en cada foto debemos poner los ojos en los cambios culturales de la foto, el abaratamiento de las maquinas, el fácil pragmatismo de las mismas y, quizá, los influyentes valores transmitidos por una sociedad de consumo y sus múltiples industrias culturales.

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