Eso somos. Todos nosotros.

Cuando aparecieron los teléfonos móviles nuestra vida cambió. Para bien o para mal las cosas dejaron de ser lo que eran. En un momento, de repente, podíamos hablar con cualquiera de nuestros amigos o familiares en cuestión de segundos.

Y después, surgieron las redes “sociales”, un instrumento destructor que tiene una influencia esencial en nuestro desarrollo como personas, aunque a veces no nos demos cuenta. Los menos populares en el colegio, esas personas que no han tenido nunca muchos amigos, se dedican a subir vídeos y tienen tantos seguidores como comentarios en Instagram de gente que se tatúa sus frases y se compra aquello que ellos recomiendan.

¿Por qué? Porque las redes nos permiten ser quién queramos. Nos permiten compartir un contenido sobre nosotros que quizá no nos represente, pero que nos hace sentir por un momento menos vulnerables, “más populares”, diferentes. Parece que detrás de una pantalla o en un perfil de Facebook las cosas son mucho más fáciles y aparentar se convierte en un habitual.

Y esto, tiene mucho peligro.

Las expectativas crecen, empezamos a desear esa vida de cuento que la mayoría finge. Nada es suficiente. En ningún aspecto. Nos aburrimos con facilidad; no sólo de las cosas que hacemos, sino también de las personas. Esta facilidad para conectar con cualquiera nos hace estar constantemente buscando más.

Y así surgen los desengaños, las falsas amistades, los secretos.

En este contexto nace “Perfectos desconocidos”.

Un grupo de amigos que cree conocerse a la perfección después de tantos años, pero que esconde demasiadas historias.

La trama se desenvuelve en torno a una mesa dónde los protagonistas se juntan para cenar. En un momento y con el propósito de hacer la noche más divertida, uno de ellos propone posar sus móviles sobre la mesa y comenzar a leer los mensajes de WhatsApp y a contestar las llamadas en voz alta. La tensión se percibe en el ambiente por completo, tanto en el salón, cómo en la butaca de cine.

Un guion innovador, original de Paolo Genovese y adaptado por Álex de la Iglesia, una actuación impecable y una serie de secretos que termina rompiendo ese encuentro (y alguna que otra cosa más).

Los enredos que hay entre las cuatro parejas, el vino, el eclipse lunar, los mensajes inesperados, la convierten en un film de lo más divertido, con un ritmo que envuelve y cautiva.

Un film que reflexiona sobre las relaciones actuales y la dificultad de saber si algo es realmente verdadero, o en realidad, una increíble mentira.

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