Cárcel de Kilmainham

La venganza, el castigo y la represión llevan ligados a nuestras sociedades desde épocas remotas. “A toda acción debe suceder una reacción”. Esa idea fue grabada como un daguerrotipo de tinta seca en los imaginarios colectivos de las sociedades modernas. Y así, en torno al fervor de un orden necesario nacieron las cárceles.

Hasta el siglo XVIII las cárceles no tenían apenas funciones represivas. Los castigos, antaño, se ejercían de una forma mucho más física y los barrotes simplemente tenían unas funciones intermedias -identificadas quizá con el purgatorio- entre la captura del reo y el procesamiento de su condena. Sin embargo, con la ilustración y el desarrollo impertinente de las sociedades burguesas, los valores humanos cambiaron por completo la finalidad social de las cárceles. Estas debían ser un lugar de reeducación y reinserción, y se comenzaron a pensar como centros donde las conductas de los individuos pudieran ser modeladas en pro del bien común. Pero las ideas se quedaron en papel mojado, como ha ocurrido tantas otras veces en la historia del pensamiento humano. La violencia dejó de ser pública, lo que a su vez provocó que ya no hubiera cestas con cabezas en los aledaños de los mercados populares, ni cuerpos con yagas colgados a la vista de todos.  De esta forma, los castigos que se impartían en las plazas a ojos del pueblo quedaron suprimidos, en tanto que el progreso ideológico y social comenzó a caminar hacia la conquista de derechos humanos planteados durante la Revolución Francesa, y se ejecutaron de forma hermética en el interior de los calabozos.

El pasado 29 de diciembre, un recluso de la cárcel para inmigrantes de Archidona apareció sin vida en su celda. En un primer momento los medios de comunicación hablaban del suicidio del joven argelino, sin embargo, las protestas de los presos y la aparición en las redes de varios vídeos donde agentes antidisturbios pegaban palizas a reclusos, dejó entrever que las posibilidades de que Mohammed Budalbala hubiera sido asesinado eran más que probables. En el caso de que el reo se hubiera quitado la vida en su celda, como asegura Interior, las preguntas de nuestra sociedad debían apuntar igualmente hacia el estado y las fuerzas de seguridad de los centros penitenciarios porque, partiendo de la idea ilustrada de que las cárceles modernas se sustentan en el pilar de la reinserción ¿Cuál es el nivel de crueldad de los gestores de los centros para que una persona decida terminar con su vida?

Lo cierto es que el sistema penitenciario español es el ejemplo absoluto de que las cárceles no están pensadas para reinsertar, sino más bien lo contrario. La soledad de los barrotes, que ya es bastante castigo, no es la única acción represiva institucional, pues en los calabozos españoles se producen torturas que, de verlas con nuestros ojos, podrían hacernos sentir en otro tiempo remoto. Así lo esclarece el Informe del Comité Europeo para la Prevención de la Tortura y de las Penas o Tratos Inhumanos o Degradantes (CPT).

El caso de Archidona no solo revela la violencia institucional de las cárceles españolas, también pone en evidencia el sistema racista y discriminatorio de las cárceles para inmigrantes y los CIE. Una racismo gubernamental infranqueable que no da muestras de vergüenza. Tanto es así, que tras la muerte de B.M. Interior ha decidido deportar a los presos de la cárcel malagueña que fueron testigos de la violencia policial y del presunto asesinato; ell racismo y la violencia continuará y las voces que lo denuncien serán calladas (Véase el caso de Helena Maleno).

Se trata de una muerte más. Una vida menos, que no importa en una sociedad acomodada. Nadie va a sentirla porque es el óbito de alguien pobre, de alguien de fuera que estaba en una cárcel y, al fin y al cabo, allí sólo va la gente mala… Eso nos dijeron de niños en las escuelas.

“Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero.
Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma.
Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:
no le atarás el alma”.
Miguel Hernández

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