En “Lorca y Dalí: el amor que no puedo ser”, Ian Gibson nos relata a través de cartas, declaraciones y las obras de ambos artistas la historia apasionante que unió al poeta y al pintor.  De un modo ejemplar, mostrando todas las evidencias posibles, el autor nos guía a través de la existencia de sus dos protagonistas y establece las conexiones de cada momento de su vida con el idilio dalí-lorquiano que los libros nunca han querido recitar.

El libro comienza contando la infancia de Lorca para pasar después a la de Dalí. Aunque al principio parece que este tramo de la vida de ambos no es relevante, posteriormente el autor relaciona sucesos de la infancia de uno y del otro con algunas decisiones que toman posteriormente tanto a nivel personal como a nivel profesional, lo cual resulta muy interesante. El libro desborda detalles, particularidades de la vida de Lorca y de Dalí, sus relaciones con las personas que los rodearon y que les influenciaron tanto en su persona como en la relación que les unía. Cabe destacar a Luis Buñuel, quien tenía especial manía a Lorca y siempre intentaba alejar a Dalí del granadino.

La parte más importante del libro es probablemente cuando se produce el encuentro entre ambos en la Residencia de Estudiantes. Desde el primer momento, tanto el uno como el otro quedan maravillados. A partir de entonces, es interesante observar cómo la relación entre ambos no era de simple amor, sino de algo parecido y que se adaptaba más lo que era probablemente a principios del siglo XX un encuentro entre un hombre que comenzaba a aceptar su sexualidad (Lorca) y otro que se moría ante el solo pensamiento de la idea, y que nunca aceptó tal condición en vida (Dalí), probablemente porque no estaba interesado únicamente en el sexo masculino. Al fin y al cabo, aunque esta honda admiración se produce en entornos progresistas, la situación no era siempre fácil ni en aquella época de la historia ni, probablemente, en la actual. Así lo demuestra la rudeza de Buñuel con respecto a la homosexualidad de Lorca y de otros contemporáneos suyos del 27, como Cernuda, así como el gran peso de la religión y las tradiciones.

Otro momento importante dentro del relato son las visitas que Lorca realiza a Cadaquès y a Barcelona junto a Dalí, que suponen los momentos culmen de su romance; el romance por excelencia del arte español. En ellas, ambos artistas crean simbologías que solo ellos entienden y que se encuentran diseminadas por la obra escrita de uno y pintada del otro. Así, en múltiples cuadros de Dalí, podemos encontrar la cabeza de Lorca entre los múltiples objetos que representan. En general se puede concluir que ambos ejercían una importante influencia artística sobre el otro, pero Lorca ejercía una mayor presión sentimental sobre Dalí que el contrario. Sin embargo, Dalí siempre mantuvo una fuerte conexión con el poeta-dramaturgo andaluz, al que siempre volvía a contactar y del que hablaba a menudo.

De hecho, a partir de la muerte de Lorca, Dalí se sume en un profundo sueño oscuro en el que las penas y los remordimientos sobre su actitud hacia Lorca hacen que este último se refleje mucho más en los lienzos y las palabras del catalán, siempre bajo la celosa mirada de Gala – a pesar de que Gala y Lorca sí llegaron a conocerse y entablaron una buena relación, tras la muerte del poeta no parece que ella aceptara de buen grado la obsesión de su marido por el literato-.

Sin embargo, esto no es más que una breve y genérica explicación de algunos aspectos del libro, que cuenta muchos más hechos interesantes y probablemente desconocidos para el vasto público, y que además está escrito de un modo afable y fácil de seguir. Para todos los sedientos de historia verdadera, para los poetas y los pintores, los nostálgicos, los románticos y los vanguardistas, los granadinos y los catalanes: éste es un libro imprescindible para vuestra memoria y para la del arte de nuestro país, que tanto tiene que aprender de aquellos años de principio de siglo que nos doraron un poco nuestra historia de luna plateada, sedienta siempre de arte y progreso pero todavía a la espera de contestación.

Se ve claro que mi oficio es pintar, pero, en fin, creo que digo cosas. Deseo ¡mon cheri, una muy larga carta tuya!… En mi San Sebastián te recuerdo mucho y a veces me parece que eres tú… ¡A ver si resultara que San Sebastián eres tú!… Pero ahora déjame que use su nombre para firmar. Un gran abrazo de tu San Sebastián”. Dalí en una carta a Lorca.

Pero ante todo canto un común pensamiento
que nos une en las horas oscuras y doradas.
No es el Arte la luz que nos ciega los ojos.
Es primero el amor, la amistad o la esgrima.

‘Oda a Dalí’, de Lorca.

Javier Quevedo
(Madrid, 1991) tiene un grado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y un Máster en Estudios Europeos por la Universidad Libre de Bruselas. Si fuera por curiosidad, continuaría estudiando toda su vida, pero por ahora centra su interés en los movimientos sociales y la UE.

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