Hoy la sombra se ensancha. Se hace viento. Camina con peso pluma sobre nuestras cabezas y nos recuerda la volatilidad. Daniel Sempere se esconde en la librería, esperando la llegada de su más peculiar amigo. También está Alicia. Marina. Y la niebla de Barcelona que cubre la rambla. Pesada y espesa. Como una losa que cae fría sobre un cuerpo inerte. Al que ya no puede romper. Se miran las caras, los ojos, los labios. Sopesando su fin. Paseando juntos hasta el lugar en el que comenzó todo, que dio forma al imaginario de su creador. Un tipo genial. Un genio.

Llegan a la entrada, se abrazan. Les perturba el adiós y ese descanso inquieto de los que no continúan, pero se quedan. Conscientes de la finitud de su historia y, al mismo tiempo, de su persistente existencia entre las páginas de los libros que protagonizan. Alicia Gris, Daniel Sempere, Fermín Romero de Torres, Marina, y aquel pescador que miraba la tumba vacía de su hermano, desaparecido en combate. Todos frente a ese edificio. Y sus ojos invitándolos a entrar. El Cementerio de los Libros Olvidados. Imponente e impaciente. Con su creador detrás de una estantería, mirando con ternura a los recién llegados, y cientos de libros a su alrededor.

Así me lo imagino. El cielo de los libros, eterno, para ti, Zafón.

Hemos despedido al escritor catalán Carlos Ruiz Zafón. Creador de magia. Sus personajes vivirán siempre en sus libros. Y él en cada uno de sus personajes.

Desde Voz Paralela nos gustaría recordarle a través de una crítica literaria de uno de sus libros más conocidos, el tercero de la historia que comienza con La sombra del viento y termina con El laberinto de los espíritus: El prisionero del cielo.

Heridas abiertas, heridas que sangran

El Paseo de Gracia, las Ramblas, la Iglesia de Belén, el restaurante Can Lluís… observan perplejos a los transeúntes de una Barcelona hueca, herida, que calla y después murmura los gritos de tantos que perdieron su identidad durante la guerra y los años posteriores, en los que el frío y la incertidumbre se apoderaron de los rincones, de los andares. Una ciudad, un país, sumidos en el invierno.

Un escenario gris que Carlos Ruíz Zafón traslada a las palabras, con descripciones minuciosas de los espacios, pero también de los diferentes personajes que se posan en ellos. Nos sitúa en un contexto pasado que, ineludiblemente, vive anclado al presente; lo que somos ahora depende enteramente de aquello que fuimos. Y Zafón lo sabe. Por eso en sus historias hace alusión constante a los recuerdos de los protagonistas, que navegan a través de sus orígenes, de su familia, de las escenas más dolorosas de su infancia, con el único propósito de encontrarse a sí mismos. De reconocerse en una mirada y vengarla. Aunque sea lo último que hagan.

Los libros de Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964), coleccionista de dragones y afincado al otro lado del océano en Los Ángeles, han sido traducidos a más de cincuenta idiomas. Es uno de los escritores más leídos en nuestro país, pero también en el resto del mundo. Sus novelas son una puerta decorada con sutil parafernalia que conduce a un universo contiguo, que resulta familiar a la vez que asusta, da escalofríos. El Príncipe de la Niebla, por el que le fue otorgado el premio Edebé de literatura juvenil, pertenece a su colección dedicada a esta edad en concreto, y camina junto con El Palacio de la Medianoche o Marina. Sin embargo, El Prisionero del Cielo, es la continuación de la antología que comenzó en 2001 con La Sombra del Viento y siguió en 2008 con El Juego del Ángel. Novelas más elaboradas, con entresijos imposibles y saltos en el tiempo que sobrevuelan la mente de un lector ávido o, por el contrario, perdido.

Esta tercera entrega es la más corta y, en consecuencia, la más rápida. Contiene en su primera página la ilustración inspirada en la fotografía de Francesc Catalá-Roca del interior de la Sagrada Familia, que lidera el comienzo de las tres novelas de este ciclo literario y hace referencia a ese lugar especial que, pronunciado en voz alta, es capaz de trasladarte a otra época, a otra habitación, donde las paredes se cubren de tomos y tu mente despierta: El Cementerio de los Libros Olvidados. El inicio, como en la mayoría de obras de Zafón, se comprende al final. Está protagonizado por Julián Carax, que vuelve a las calles de la ciudad de los malditos para relatar las memorias de aquel que regresó de entre los muertos. Los giros argumentales no desaparecen, sino que convergen en uno solo, del que el autor se sirve para explicar muchas cosas y dar rienda suelta, de nuevo, a su inconfundible prosa, repleta de diálogos transcritos literalmente y pensamientos que lanzan al lector pequeñas pistas sobre la clase de persona a la que nos estamos enfrentando en cada momento.

Un narrador, por tanto, cambiante, que varía dependiendo del tiempo de la novela. Un tiempo que viaja, con absoluta eficacia, entre 1957, la actualidad en la ficción, y 1939 y alrededores; el pasado, reciente, pero pasado.

El tiempo en 1957 se expone en primera persona, a través de la figura de Daniel Sempere; a veces testigo; “Mi padre, que llevaba desde las ocho de aquella mañana batallando con el libro de contabilidad y haciendo malabarismos con lápiz y goma, alzó la vista del mostrador y observó el desfile de clientes escurridizos perderse calle abajo”; a veces protagonista y narratario; “Me apresuré hasta la puerta y me asomé a la calle. Iba a llamarlo, pero me mordí la lengua.”

El tiempo pasado cae en la mirada del lector en tercera persona omnisciente. El que cuenta conoce las peripecias de todos los personajes, así como sus cavilaciones y vicisitudes: “Salgado creyó por un instante que sus plegarias habían sido escuchadas y que se llevaban a Fermín para fusilarlo”. Un recurso que hace partícipe al lector de cada movimiento y reflexión, permitiendo una imagen inolvidable en la memoria y distinta en cada uno de nosotros. El milagro de la literatura que, cómo apunta Carlos Ruiz Zafón, dejaría de existir si permitiese que estas narraciones se llevasen al cine. “El libro se proyecta en el teatro de la imaginación, ya está concebido y diseñado para proyectar una textura visual y, por lo tanto, el lector ya lo ha visto, no hace falta transformarlo en otra cosa”, dijo el escritor en una entrevista con Andreu Buenafuente en Late Motiv.

Las cinco partes en las que se articula El Prisionero del Cielo, acompañadas de una fotografía en blanco y negro de un lugar de Barcelona, se balancean sin perder el equilibrio gracias a la mención constante de la fecha y el lugar en el que nos encontramos, así como la coherencia que guardan el título y el contenido de las mismas. A veces más subjetivo y otras, manchado de actos que van introduciendo nuevos personajes y concediendo, a su vez, datos biográficos y espeluznantes historias sobre algunos ya descubiertos en La Sombra del Viento o El Juego del Ángel, que van anudando cabos sueltos. Ambos libros cobran una importancia evidente en el relato, que resulta difícil de entender al completo si no ha habido una lectura previa de alguno de los dos. Se citan en varias ocasiones.

Siguiendo una estructura lineal, Carlos Ruiz Zafón vuelve a Daniel Sempere y su “Cuento de Navidad”. Ya no es el niño que veíamos caminar hasta El Cementerio de los Libros Olvidados de la mano de su padre en La Sombra del Viento. Ahora, casado con Bea y afrontando su labor como padre, trabaja en la librería y trata de hacer feliz a su gran amigo Fermín Romero de Torres, el más variopinto de todos los personajes, pero también uno de los más queridos, que no atraviesa su mejor momento.

Un alma vagabunda, sin dedos y vastas heridas de guerra, hace una inesperada visita a la librería Sempere e hijos y, dejando una misteriosa nota para Fermín, desaparece entre la bruma. ¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Por qué conoce al gran amigo de Daniel? Los misterios palpitan a la vez que los retratos de nuevas caras y retorcidas mentes van abriéndose camino entre las angostas paredes del castillo de Montjuic, que juega un eminente papel protagonista. Mauricio Valls, Pedro Vidal o Pablo Cascos Buendía, no son solo parte del pasado y van a estar irremediablemente relacionados con Daniel Sempere y su madre, Isabella. Nombres escogidos con sutil pericia, cuya relevancia va siendo dictaminada por el transcurrir de los acontecimientos en la narración.

Sin embargo, ni Daniel, ni Isabella, ni Fermín Romero de Torres, ni los nuevos rostros que inundan estas páginas, son la razón de esta novela. Lo que dibuja el autor, detrás de la historia que vertebra el libro, es la estampa del prisionero del cielo, el mismo protagonista de El Juego del Ángel, que ya había aparecido antes en La Sombra del Viento, y que, por consiguiente, se convierte en el hilo conductor de la trama, uniendo los tres ejemplares. Su aparición es el reflejo de la literatura, todavía viva, la representación de un brillantísimo intelectual a quien todo le arrebatan y cuyo destino sigue siendo una encrucijada: David Martín.

A través de este personaje, Zafón representa la situación de los escritores en ese momento de la historia, haciendo alusión a la importancia del poder y el uso que se hace del mismo. Cómo, si caías en manos de alguien que sí poseía ese supuesto “poder”, dictaminado por un régimen injusto e inmoral, podías perderlo todo, convertirte en oscuridad siendo realmente la única luz visible. El escritor no le otorga un excesivo protagonismo en esta tercera entrega, pese a que el título recae directamente en su figura. Es el lector quien debe hacer esta lectura, reflexionar y, cómo no, preguntarse qué será de David Martín, dónde estará y hacia dónde irá. Lo que vuelve a dejar constancia de esa incipiente novela que seguro está por llegar.

El Prisionero del Cielo es un libro fácil, entretenido y fiel a la época que describe. Se desarrolla en el primer franquismo, datado de 1939 a 1959, un momento histórico realmente complicado para el mundo, en un escenario de crisis, repleto de seres tiránicos. Un tipo de persona que queda reflejado en la novela, con sus vasallos y sus constantes abusos. Los personajes, en general, están modelados a la perfección y establecidos en un determinado espacio y tiempo que se adecúa al arquetipo deseado, en una Barcelona que también pasea por sus propias calles. El papel de las mujeres es, en cualquier caso, secundario. Ellas son quiénes cuidan la casa, a los hijos y se preguntan si serán “lo suficiente” para sus maridos. Trabajar era asunto de hombres, al igual que ir a la guerra y perder la identidad en algún barracón. Las mujeres como Bea, Bernarda o La Rociíto los esperan impacientes con la comida en la mesa. Isabella, por su parte, es la única que parece sujetar con sus propias manos las riendas de su vida. Sin embargo, se echa en falta algún otro personaje femenino que sorprenda, que de un giro a los acontecimientos.

Los continuos diálogos fomentan una lectura ágil, accesible a todo tipo de público, a la vez que dotan de ritmo a una narración que, junto a las descripciones, no tan rebosantes como en las novelas anteriores, camina en su justa medida. Nada falta. Nada sobra.

En El Prisionero del Cielo regresamos a la literatura de la literatura. A los libros. Al amor irrefrenable por los libros, por la palabra escrita y antes pensada. Regresamos a la idea de literatura cómo única salvación ante un mundo cruel, despiadado, que arrincona a los buenos mientras vocean los malos. La literatura se presenta como ventana entreabierta a la locura y al mismo tiempo a la comprensión y a la empatía. Tan necesarias. En la literatura comienzan los misterios, pero también la solución a todos ellos. Es principio y fin. Aunque esta herida no haya dejado todavía de sangrar.

 

Nota de Voz Paralela: Si tienes intención de hacerte con nuevos libros, recuerda que las pequeñas librerías de barrio TE NECESITAN más que nunca.

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