Hoy ponemos flores sobre todos los caminos, porque todavía no sabemos cuál es la tierra que se asienta sobre la cabeza de nuestro poeta. Dónde están enterrados sus caballos, sus azucenas y su querido verde. Aquel andaluz que nos ha dado poesía para protegernos de la lluvia, darnos alas, llenarnos la boca y el alma… Él, que solo creía en el arte y cuya patria era su tierra, acabó enterrado en un confín indeterminado de ella.

Su leyenda, en un intento de ocultarla, se hizo más grande, atravesó fronteras y se coló en la historia de la poesía del mundo. El descubrimiento de las vivencias que compartió con tantos hombres de su época nos dio mayor evidencia de la grandeza de aquel pequeño poeta-dramaturgo que nos hace llorar con sus versos y que nos explica nuestras costumbres con sus teatros. Se fue demasiado joven, pero aun así nos deja tantas letras para disfrutar como pocos podrían escribir en toda una vida.

Es un hito en nuestra historia y es un triste ejemplo de lo que nuestro país es capaz de eliminar por evitar el progreso. ¿Cuántos Lorcas mataremos hasta que les dejemos ser nuestros guías? Lorca era un romancero gitano, un amor oscuro, una luna en el horizonte, la sangre que corre por las venas de nuestra tierra y la salvia de nuestros árboles. Lorca es el erotismo cabalgante, la mariposa de agua, el maleficio del amor. La máxima expresión de lo mejor que podemos dar de nosotros, de lo que podemos ser. Y es que, ¿qué sentido tiene una nación, si no la de parir poetas y artistas que la expresen y la identifiquen?

Lorca fue forzosamente eliminado de nuestra memoria, pero hoy vuelve por impepinable obligación a formar parte de nuestra huella dactilar. Es la fuente que se veda, pero cuyo torrente vuelve a salir a pesar de la represión y la brutalidad. Porque un fusil puede quitar la vida pero no puede quitar la rima de aquellos versos de plata surgidos del sueño de un pueblo bravo. Una bala hace que se desplome un cuerpo, pero no penetra en el alma blanca de aquel niño de sonrisa sincera y duende gitano.

No, el cuerpo de Lorca puede estar desaparecido, pero sus versos fluyen por cada rincón de su patria andaluza, verde como él, desde los olivos de Jaén hasta las azucenas salvajes de las dunas de Cádiz. Y de allí nunca lo moverán ni sargentos enfurruñados ni terratenientes vengativos. La tierra rezuma su fertilidad, las golondrinas cantan con su voz y no hay nada que pueda cambiar este hecho  consumado. La magia de Lorca no morirá jamás, porque es la magia propia de su patria andalusí. Es la piel morena de sus jornaleros, las lágrimas de sus bailaoras, el rasgar de sus guitarras, el rugir de sus ciudades blancas y el brillo de su sol sempiterno. Hoy simplemente saludamos al rey en el día en que nos dijo adiós, pero lo llevamos todos los días en nuestro sudor y nuestro aliento.

Javier Quevedo
(Madrid, 1991) tiene un grado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y un Máster en Estudios Europeos por la Universidad Libre de Bruselas. Si fuera por curiosidad, continuaría estudiando toda su vida, pero por ahora centra su interés en los movimientos sociales y la UE.

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