Jorge Javier Vázquez durante la primera gala de GH VIP 6
Jorge Javier Vázquez durante la primera gala de GH VIP 6

Desde que Mercedes Milá abandonó Gran Hermano el formato no levantaba cabeza. Con la llegada de Jorge Javier Vázquez como maestro de ceremonias el programa comenzó a agonizar hasta tocar fondo en su última edición, que cerró las puertas con numerosas dudas en torno a su renovación. Telecinco se enfrentaba entonces a una complicada tarea para reflotar su buque insignia, completamente desvirtuado de la esencia original del reality show más longevo de nuestro país. Y la solución fue dejar descansar el concurso para volver con un aliciente capaz de despertar de nuevo el interés de los espectadores: los famosos.

Sin embargo, el éxito de la telerrealidad ya no reside en el encierro inocente de una panda de personajes capaces de cautivar a la audiencia con sus esperpénticas personalidades. Los espectadores son plenamente conscientes de que la grandeza de un concursante no viene determinada por su grado de popularidad: lo realmente importante es su capacidad de generar contenido. Y el casting de GH VIP 6 está diseñado al milímetro para no pasar desapercibido en este aspecto.

La cadena lleva meses tejiendo una enrevesada red de relaciones entre los concursantes y otros famosillos de saldo que ejercen de colaboradores en plató. De hecho, en el desarrollo de las galas se otorga un tiempo excesivo a las intervenciones de personajes ajenos al concurso (que en ocasiones interactúan con los propios participantes). Todo empaquetado en un guión minuciosamente elaborado para dinamitar los conflictos en el momento más oportuno, retroalimentar los programas de la cadena con horas de contenido y saciar a un público sediento del más puro salseo made in Telecinco.

GH VIP 6 ya no define las bases del género televisivo del reality show. El concurso ha deformado su identidad para mutar en un nuevo formato cuyo único propósito es avivar el espectáculo (aunque a veces esto se traduzca en la creación de situaciones que rozan el ridículo). Así, el aislamiento ha dejado de ser un ingrediente indispensable en la mecánica del programa para dar paso a la contaminación de la convivencia con pequeñas dosis de información externa capaces de desatar complejas tramas entre los concursantes. Más aún, la cadena ha tomado la decisión de proyectar a las celebrities imágenes de sus propias trifulcas y chismorreos, exterminando cualquier indicio de autenticidad que diferenciara Gran Hermano de otro formato que emite por las tardes.

No obstante, Telecinco sabe manejar con extraordinaria habilidad el contenido que demandan sus espectadores y era cuestión de tiempo que su reality estrella se viera contagiado por el espíritu que viene definiendo a la cadena los últimos años. La nueva edición está construyendo un culebrón con situaciones tan dispares como surrealistas para no aburrir al espectador durante las más de cuatro horas que Telecinco dedica a cada emisión del corrompido concurso.

Pero Gran Hermano parece haber adquirido una estrategia diseñada para el éxito. Las dinámicas de consumo televisivo han cambiado y el formato ha sabido adaptarse a las nuevas formas de digerir televisión de una manera poco recurrente pero muy efectiva: romper los moldes de su propio género. GH VIP 6 es una reinterpretación absoluta de la fórmula inicial que planteó el programa cuando aterrizó en la pequeña pantalla española hace dieciocho años. Y pese a que en términos de credibilidad sea – en ocasiones – bastante cuestionable, el cambio de rumbo ha sido la decisión más adecuada para que el veterano reality show volviera a brillar (o al menos así lo demuestran las desorbitadas audiencias que está cosechando).

Parece que aún queda Gran Hermano para rato.

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