Siempre pienso en que si hiciera una película sería exactamente como una de Jonás Trueba (Madrid, 1981). A la mierda lo de la originalidad y el toque personal. Este chico ya hace películas perfectas. O perfectas en su imperfección. Para qué querer crear algo distinto o innovador, si él ya pone en imágenes y palabras mis ideas.

Recuerdo la primera película suya que vi. Todas las canciones hablan de mí (2010). Su ópera prima. Whatever. Me recordó a un día en el que nos dijeron en clase de lengua de 4° de la ESO que ya entenderíamos las canciones de amor (y de desamor) cuando creciéramos. Yo entonces creía que nos tomaban por idiotas. Pero para nada. Al tiempo comprendí: cuando estás enamorado o desenamorado todas las canciones hablan de ti. Jonás no pudo encontrar un título mejor. Una premisa mejor. Todo acaba, incluso el amor. O sobre todo el amor. Yo qué sé. La verdad es que con los 16 años que tenía cuando vi esta película apenas sabía de qué iba aquello. Ahora tampoco, realmente.

Sé, sin embargo, que hay ciertas letras de LOVG (La Oreja de Van Gogh) que tenía grabadas a fuego en la mente, por eso de que de pequeña una siempre se aprende las cosas de memoria sin saber cómo, y que de repente, un día, empezaron a cobrar un significado real. Por ejemplo: «Me callo porque es más cómodo engañarse. Me callo porque ha ganado la razón al corazón. Pero pase lo que pase, y aunque otro me acompañe, en silencio te querré tan solo a ti». Pues eso. La cuestión es que la película va sobre una historia de desamor y, quizás, sobre la obstinación de un chaval por no dejar ir a su ex. Todo muy común, todo muy real. Nada bueno. Aquí me enamoré del cine de Jonás, que de eso de amar películas sí que empezaba a entender.

Luego llegaron los 17. Obligué a mi padre a ir a Madrid al estreno de Los ilusos (2013) en Matadero. La segunda peli de Jonás. Una declaración de intenciones en toda regla. Todos somos ilusos de jóvenes, luego se nos va la chispa. Supongo que porque se nos va la vida. A veces, algunos lo siguen siendo, y entonces les llamamos «inmaduros». Yo creo que los adultos nos hacemos gilipollas. Y tampoco maduramos tanto. Los ilusos iba un poco sobre la juventud, el amor por el cine, la ilusión a pesar de todo. En la adolescencia, yo quería vivir una vida bohemia: experimentar amores pasionales y luego llorar por ellos, rasgar cortinas con una copa rota, habitar buhardillas y beber absenta, escribir poemas como profesión. En fin: gilipolleces. Gilipolleces ilusas. Hay una edad en la que quieres que te pasen cosas. Spoiler: no pasan. Pero pasan otras cosas. Y la vida consiste un poco en seguir mientras lo intentas.

A los 17 quería una vida bohemia. ¿Quién no? Recuerdo siempre el poema de Rimbaud: «Nadie es serio a los 17 años». Claro que no, joder. Ni con 40. Ser una ilusa era mi vocación y mi aspiración de adolescente. Ahora, hay veces que se me olvida, concentrada en el pragmatismo del día a día, y tengo que reconectar con lo que soy y con lo que quiero. O con lo que creo querer. Me basta quererlo para ilusionarme, y que la vida me quite la ilusión es lo único que no puedo permitir. Eso me digo. Hay que repetirse esto muchas veces para que no se nos olvide. Prefiero morir hoy con ilusiones que vivir para siempre sin ellas. Voy a escribir esto cincuenta veces en mi libreta de trabajo para acordarme de que, una vez, a los 17, quería vivir en París y ser poeta. Se me está yendo la pinza, perdón. Quiero pensar que mucha culpa de lo que soy ahora viene de mi adolescencia, y parte de mi adolescencia viene de Jonás y sus «Ilusos».

Luego vinieron Los exiliados románticos (2015). Es sin duda mi film favorito de Jonás. Es la vida bohemia, de nuevo. Pero con 30 años y una furgoneta de por medio. Y ahora sí, París. Y una banda sonora de Tulsa: «No me importa si eres listo o idiota, te voy a querer igual.» No sé por qué, pero creo que Jonás creció conmigo. Y mientras yo me acercaba a los 20 y pico, él iba por los 30 y pico. Y me contaba las cosas que me iban a pasar siendo una ilusa exiliada romántica. Una road movie siempre es recomendable. Los diálogos sobre el amor y la amistad son crueles, sinceros, amables, mentirosos. Son todo y lo contrario. Con 30 años tampoco hace falta ser serio. Pero las veladas ya no son con cervezas en la calle sino con vinos en casa. Y los amores ya no son pasionales sino prácticos. Madurar no era perder la ilusión. Quizá fuera encaminarla en una dirección más clara. No sé. Os lo diré cuando me asome a los 30. Pero gracias, Jonás, por la armonía que se respira en la película.

La reconquista (2016) la vi en la tele. Dos ex que se conocen desde niños se reencuentran durante una noche. No la recuerdo del todo. Quizá la vi en un momento demasiado doloroso de mi vida. Y los reencuentros no suelen ser bonitos sino dolorosos. Aunque también dan cabida a la emoción por lo que se tuvo, al recuerdo amable, a la melancolía estable. A los 22 esta película me decía muchas cosas. Con ninguna estaba de acuerdo, seguramente porque me atravesó el corazón. También eso tiene su mérito.

Hace dos años vi La virgen de Agosto (2019). Por fin en el cine de mi ciudad. La protagonista vive un agosto en Madrid prácticamente en soledad. Un verano distinto. La vida ha pasado por ella; eso de la vida bohemia, las ilusiones, los viajes, los amores, los sueños, las fiestas. Y de repente yo me veo en un verano similar en Madrid. Exagero. Tengo gente, tengo aficiones, tengo trabajo. Pero a veces me siento como la Eva de la película. Caminar por Lavapiés con el moño y los pies ligeros. No encontrarse en ningún lugar sino en el pasado. «Todavía queda tiempo. Todavía estoy aquí.» canta Soleá Morente. Y tengo que mirarme al espejo al llegar a casa después de ir al cine para darme cuenta de que, efectivamente, aún estoy aquí, aunque a veces se me olvida. La vida se me escapa, siento. Pero quizás aún pueda hacer algo, pienso. Y luego, cierro los ojos y recuerdo los 16 años en el instituto, qué quería ser, qué soy. Todavía queda tiempo.

Hace dos semanas fui a ver Quién lo impide (2021), la nueva película de Jonás Trueba. Era un preestreno con el director, tras haber sido presentada con gran éxito en el festival de San Sebastián. Estoy muy feliz porque viéndola rememoro mi adolescencia real (porque vuelvo a la ciudad en la que vi Los Ilusos por primera vez) y mi adolescencia de ficción (porque cada personaje/persona me hace recordar mis años de instituto). Es una película tan real, tan sincera, tan necesaria; y a la vez tan divertida, tan cuidada, tan espontánea, que me emociono en muchas ocasiones. Los adolescentes no son vistos desde las alturas, sino desde sus propias miradas. Se expresan con sus propias palabras, se mueven, gesticulan, lloran, besan y bailan como quieren. Se muestran vulnerables, excéntricos, confusos. Reconocen debilidades y fortalezas.

Me sorprendo con los debates que se generan entre ellos. Pienso que ya quisieran en las cadenas de televisión a esos genios. Me emociono. Me veo reflejada muchas veces: en miradas, en lágrimas, en botellones, en vergüenzas. A veces veo historias que nunca me han ocurrido pero que me pasan rozando y se me erizan los pelos de los brazos. La cámara se acerca mucho, muchísimo, y veo cada rasgo y cada imperfección de sus caras. También sus dientes y sus risas. Me río muchas veces. A veces tiemblo. A veces me veo sentada en un pupitre. A veces me encuentro avergonzada. A veces me reconozco.

Los adolescentes toman las riendas de la película y el director se difumina. Quién lo impide resuena como un himno en el que los temas de la ilusión y la falsa madurez vuelven a ponerse sobre la mesa. Han tratado mil veces a los adolescentes de gilipollas. Y ahora han dicho basta.

En un momento de la película (medio documental), Jonás dice: «yo sigo siendo un adolescente». Yo también, Jonás.  Y no creo que eso sea malo. Solo siento que siempre voy por detrás. Quizás es que me detengo tanto a sentir cada cosa que me pasa que no puedo avanzar tan rápido. O quizás el mundo vaya demasiado rápido. O quizás todos pretendan ir hacia adelante mientras siguen aprendiendo a sumar en sus cabezas. Realmente, me daría vergüenza afirmar que soy una persona adulta. Que he madurado. Que sé lo que es el amor (y el desamor). Que sé lo que quiero. Que sé lo que soy y lo que quiero ser. Que nunca me siento sola. Que no necesito apoyos. Que ya no soy una ilusa. Sigo siendo una adolescente. No he madurado. Creo ser una ilusa. Soy una ilusa. Espero seguir siéndolo. Y si se me olvida, me pondré una peli de Jonás.

Quién lo impide se estrena en cines el 22 de octubre.

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