He visto el amor. Lo he sentido e incluso lo he hecho. Lo hemos hecho. Hemos hecho amor. Todos y cada uno de nosotros hemos hecho y hacemos amor con nuestros pasos, con nuestros despistes, con nuestros abrazos, con nuestras palabras. Creamos amor y eso es lo que perdura en el tiempo.

Ni la piel perfecta, ni el pelo largo, sedoso y brillante, ni las tetas firmes, ni las piernas sin cicatrices, ni el coche de última generación que te has comprado para impresionarla. Nada. Lo único que vas a llevarte contigo es el amor, y también lo único que dejarás aquí. Porque seguirá intacto cuando tú no estés. Porque crecerá. Porque seguirán recordándote cuando te hayas ido y será solo y exclusivamente por amor. Recordarán tus éxitos, lo que creaste o inventaste, pero a quiénes de verdad te conocieron, les quedará eso; el amor.

Porque el tiempo dice muchas cosas, pero sobre todo te acaba diciendo que la vida se acaba, que la vida te va a matar y no hay forma de salir de esta, pero que tienes un camino para sembrar lo que quieras, y según lo que siembres, eso vas a recoger.

Aunque a veces no es así. A veces el tiempo es injusto y la vida te parte en dos.

Y cuando digo que la realidad supera a la ficción es porque lo sé. Porque es fácil decir; “es sólo una película”, pero esta no.

Esta no es sólo una película. De alguna manera, es el reflejo de las personas que día a día luchan por una enfermedad que es el presente, el hoy. Es  la verdad transmitida por un niño que aún va a primaria. Es una historia dolorosa, pero real. La historia de los que se quedan, el dolor y el miedo que esto puede suponer.

Porque el sentimentalismo vende, pero también vende la verdad. La realidad. La furia desencajada de aquellos que ven perder a alguien y no pueden hacer nada, y la necesidad de seguir para delante porque es lo que esa persona quiere para ellos.

Vemos como el protagonista va pasando por cada una de las fases de aceptación, hasta ser capaz de desvelar su gran verdad, la que no le deja dormir por las noches, la que le atormenta.

Esta es una película así. Llena de verdad. Que rebosa vida, pero que se ve interrumpida por un monstruo que parece no querer marcharse.

Que enfrenta al protagonista con esa dificultad. La dificultad más difícil de la historia, si cabe. La dificultad de aprender a vivir sin alguien demasiado importante. La valentía de quién es capaz de terminar con sus monstruos y quedarse con lo bueno, con el amor.

Lo bueno de las pérdidas. Supongo que lo leí en un libro de Albert Espinosa, y probablemente fuese El mundo Amarillo; “Las pérdidas siempre son positivas”.

Supongo que siempre y cuando seas capaz de recuperarte. La cicatriz estará ahí, pero el monstruo habrá desaparecido. No es positivo, pero se puede ver desde una perspectiva diferente. Podríamos ver el cáncer desde otro punto de vista, analizarlo.

Por un lado, la luz que desprenden aquellos que salen de la enfermedad y aquellos que lo han vivido de cerca, siendo conscientes de la importancia de vivir, vivir y vivir, y no pensar en otra cosa.

Por otro, el duro enfrentamiento con la muerte para aquellos a los que no les queda esperanza. La triste realidad, pero también la aceptación de la misma. La capacidad de convertir un suceso triste en una victoria, en una enseñanza. La increíble virtud de quién no teme a la muerte y se siente orgulloso de su vida. El relato de alguien que aparentemente no era nada, pero que termina siéndolo todo, estando presente siempre aunque no lo podamos ver.

La vida son constantes lecciones, mazazos, luchas a las que no esperabas tener que enfrentarte tan pronto, pero también hay luz, y vuelve a haber sonrisas, felicidad, días que no quieres que se acaben, sueños largos de los que no quieres despertar…camino. Sigue habiendo camino, sigue habiendo tiempo y mejor que pensar en que se agotará y en qué haremos entonces, pensemos en lo que queremos hacer ahora. Ahora que lo tenemos, ahora que estamos aquí y existimos.

Y no dejemos nunca de regalar aquello que perdurará cuando ya no estemos.

Y hablando un poco más de la película, simplemente diré que me ha parecido diferente. He visto muchas películas que hablan del cáncer, abordando el tema especialmente desde la experiencia personal de la persona que lo sufre.

Simplemente el hecho de que el niño sea el protagonista y no el enfermo, la convierten en un regalo. De alguna manera es especial. Igual que la conexión que existe entre ellos dos.

La interpretación de los protagonistas me ha parecido espléndida, aunque siempre pierde al estar traducida.

Al igual que me han maravillado los momentos en los que el “monstruo” relata las historias. Las ilustraciones que utilizan y la increíble manera de conectar al monstruo con el niño a través de este mundo fantástico.

Quizá haya momentos que sobran, seguramente por el sufrimiento intenso que se agudiza cuando el niño es maltratado por otros niños de su colegio, pero sin embargo, a eso también se le acaba dotando de sentido.

En definitiva, creo que hay una enseñanza bastante clave en esta película y merece mucho la pena verla (aunque tengas que gastar varios paquetes de pañuelos).

Dejar respuesta

¡Por favor, deja tu comentario!
Por favor incluye tu nombre aquí