Tras la última Sesión de Investidura queda patente que, a pesar de la gran diversidad de grupos parlamentarios y de la entrada de nuevas fuerzas en la política española, muchas prácticas de la vieja guardia se siguen manteniendo a pesar de no ser positivas para la Cámara Baja. Entre ellas se encuentra la consentida costumbre de aplaudir al orador constantemente mientras éste hace su discurso delante de las diputadas/os. Dicho hábito resulta nocivo porque los/as susodichos/as tienen la costumbre de aplaudir únicamente a los miembros de su Grupo Parlamentario sin importarles la brillantez de su dialéctica.

Este hecho se ve complementado por el de los abucheos que se lanzan los miembros de la Cámara cuando un Grupo hace declaraciones que no agradan al otro, como si al ensordecer el discurso se lograra apagarlo o eliminarlo. Estos actos, por su vulgaridad y por no tener ninguna utilidad, son una rutina que debe cambiarse dentro del hemiciclo, ya que además suponen una falta de respeto, una muestra de incapacidad de diálogo y de escucha de nuestras/os representantes que además interrumpe el fluir natural de los debates.

El asunto sería distinto si al orador se le aplaudiese desde diferentes Grupos cuando su reflexión resultase particularmente acertada, ya que así se potenciaría el discurso constructivo y el entendimiento entre las diferentes partes. Sin embargo, al aplaudir cada uno a su dirigente, se está fomentando justo lo contrario y se está ahondando en el distanciamiento entre las diferentes fuerzas políticas. La prueba de ello son las negociaciones previas a la Investidura, así como la rigidez de la mayoría de los partidos a la hora de negociar los puntos más comprometidos de los acuerdos. Además, ningún miembro del Congreso debería aplaudir ataques o faltas al honor aunque hayan sido formuladas de un modo ocurrente, ya que ello no deja de constituir un ataque que dificulta el entendimiento.

Las fuerzas emergentes son las que más cuidado tendrían que tener con esto, ya que son ellas las que han llegado para cambiar los malos hábitos de la política, y son ellas las que deben evitar caer en los vicios de una política que, al menos la mayoría de la juventud, considera caduca. De hecho, estos partidos invocan en muchas ocasiones al movimiento 15M, donde las asambleas se caracterizaban por ser largas pero muy respetuosas y donde, por ejemplo, se aplaudía subiendo las manos abiertas al aire y girándolas. ¿Por qué no pueden estos autoproclamados herederos del 15M aplaudir en el Congreso del mismo modo? Es una manera silenciosa de mostrar aprobación y, en caso de querer mostrar desacuerdo, el 15M también contemplaba signos para expresar dicho sentimiento, que también podrían ser utilizados.

Sin embargo, querría acabar esta reflexión con una declaración que hizo Manuela Carmena sobre los aplausos, y que creo resumen porqué a nuestra política le queda mucho por cambiar: «Me gustaría que no aplaudiéramos. Es algo infantil, como marionetas. Aplaudo a los míos, abucheo a los otros. Esto es de niños».

 

Javier Quevedo
(Madrid, 1991) tiene un grado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y un Máster en Estudios Europeos por la Universidad Libre de Bruselas. Si fuera por curiosidad, continuaría estudiando toda su vida, pero por ahora centra su interés en los movimientos sociales y la UE.

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