«Amigo mío, la felicidad no es alegre». Con esta frase termina El placer de Max Ophüls, película de 1952 basada en tres cuentos de Guy de Maupassant. El filme relata la relación de diferentes personajes con el placer desde la inocencia, la pasión, la vejez o la muerte. Algunas frases y escenas se te quedan clavadas como dagas en el corazón o agujas en los dedos, al mismo tiempo que te absorben en una vorágine de miedo y verdad.   Su final, que no es alegre ni infeliz, se viene reapareciendo en mi mente en numerosas ocasiones desde hace semanas, cuando por fin me atreví a verla.  De Ophüls había visto Carta de una desconocida (1948), basada a su vez en una novela de Stefan Zweig (con unos bellísimos y magnéticos Joan Fontaine y Louis Jourdan), y no sé si es debido a los orígenes literarios de ambas películas, no puedo evitar rendirme ante su forma de narrar mediante imágenes. Sus escenas son de una delicadeza animal, si es que esta combinación de palabras tiene sentido. Sus frases repiquetean en mi mente cada vez que me veo en una encrucijada de la vida. El resumen de esta última película se puede buscar en Google fácilmente y no puedo aportar ningún dato que no esté en la web. Sí, quizás, señalar que cuando estoy a punto de caer, recuerdo algunas de sus escenas, del melodrama de unos protagonistas que arrastrados por la vida (por la pasión, unos; por el deber, otros) acaban su existencia sabiendo que han hecho lo correcto, que ese era su camino, que no había otra vida en la que hacerlo mejor. Y todo esto, me da cierta sensación de calma y paz. Si alguien puede estar tan ciego como para no ver el amor puro que alguien le profesa y seguir viviendo; yo puedo seguir con mi vida rutinaria, tediosa y por momentos, ruinosa. Wow. Pero esto no queda aquí.

Volviendo a El placer, es curioso que, depende del momento en que la veas, una misma película puede transmitirte cosas muy distintas. Por ejemplo, a mí me transmitió belleza y dolor, resignación y esperanza. Belleza por la vida, dolor por las frustraciones y el paso del tiempo, resignación ante las expectativas fracasadas y esperanza ante la idea de que la felicidad no tiene por qué ser alegre. Creo que en la contradicción está la esencia de todo y de todos, y no iba a ser menos en la ficción. Por mi parte, todo esto me retrotrajo a todas esas películas que narran lo agrio y lo dulce de la vida, lo mezclan en una batidora y te dejan una media sonrisa al finalizar y unas curiosas y rastreras ganas de vivir. Qué hijos de puta los creadores, siempre encontrando razones para seguir hasta en la situación más cabrona.

Así, de esta manera, mi mente acabó pensando en Paolo Sorrentino y su última película Fue la mano de Dios (2021). La historia viene a ser una autobiografía del propio director en la cual narra su adolescencia en Nápoles, su tragedia vital y la razón de su vocación de cineasta, todo salpicado por la figura casi mesiánica de Maradona, «la mano de Dios». Puede que sea la película menos Sorrentino de todo Sorrentino, y a la vez, la que relata la esencia más pura de su cine. O puede que le haya pasado lo que le pasa a los señores a partir de los cincuenta: que se vuelven blanditos, introspectivos y autoindulgentes (véase Tarantino en su Érase una vez mi infancia en Hollywood, Almodóvar en su Mi dolor y mi gloria, Kenneth Branagh en su Belfast, tierra querida donde yo nací). Sin embargo, ver la historia de este adolescente que nace a la vida en las calles de un Nápoles decadente, pero nunca intrascendente, es un goce que recomiendo ver no solo a cinéfilos sino a cualquier persona que ame la vida, y, sobre todo, a aquellos que la odien, que la sufran y que de vez en cuando, desearían no vivirla.

Es una marca en Sorrentino narrar las escenas más extravagantes con una delicadeza envidiable. Así, una comida familiar te hace sonrojar y a la vez sonreír. O un funeral te hace temblar y a la vez fruncir el ceño. Es cierto que, a veces, la solemnidad es necesaria. Pero creo que Paolo consigue que hasta el personaje más risible resulte enternecedor y admirable. Porque todos hacemos lo posible por vivir la vida lo mejor que podemos. El intento, yo diría, ya es de admirar. Todo ello ya se respiraba en sus películas anteriores como La gran belleza (2013) o La juventud (2015). Si nos ponemos a escrutar, hasta los propios títulos ya dicen mucho de lo que nos espera al asomarnos a estas películas. La «gran belleza» no es otra que el lujo llevado al extremo y, de nuevo, la Roma más extravagante, ridícula y decadente. Sin embargo, no puede uno evitar sentir lástima e incluso complicidad con su protagonista. Hay que joderse, ojalá una fuera rica. En La juventud, sin embargo, pasamos toda una película intentando descifrar por qué dos señores mayores que no hacen más que hablar de sus mierdas en un balneario nos producen tanta empatía. La conversación sobre el horror y el deseo es una de mis escenas favoritas del cine. Si pudieras elegir: ¿horror o deseo? Parece una decisión sencilla, casi ridícula. Cuando uno comprende que vivir es un continuo elegir entre el horror y el deseo y que, efectivamente, muchas veces elegimos voluntariamente y con plena consciencia el horror, no cuesta demasiado comprender su trágico final.

Y en este vaivén de contradicciones, de belleza y fealdad, de horror y deseo, de decadencia y admiración, se mueve Fue la mano de Dios. Hay una escena, bella y triste, en la que vemos transformada toda la fragilidad de su protagonista (una interpretación soberbia del joven Filippo Scotti) en una seguridad envidiable. Dice «Ya no me gusta la vida. Ya no me gusta. Quiero una vida imaginaria, como la que tenía antes. Ya no me gusta la realidad. La realidad es decadente. Por eso quiero hacer cine, aunque solo he visto tres o cuatro películas». Por eso quiere hacer cine, porque la realidad es vulgar. Es fácil de imaginar lo difícil que puede ser para un adolescente enfrentarse a la vida cuando, de repente, deja de tener sentido, o el sentido que él creía que tenía. Y, sin embargo, siempre hay algo. Es complicado explicar cómo una línea de diálogo puede activar mecanismos de recompensa en el cerebro. Como Fabietto, todos estamos perdidos en la vorágine de estímulos y rachas buenas o malas, malísimas, que nos escupe la vida. Entender la vida como un regalo pocas veces me ha servido. Más bien me ha hecho cabrearme conmigo misma por no saber respetarla, por no saber vivirla. Es un alivio darse cuenta de que hasta aquel que parece más cómodo con su vida, no es feliz todo el tiempo. Por eso, la belleza y la decadencia son dos conceptos que no se alejan en el cine del italiano, pero que tampoco se alejan en la vida. El horror que produce darse cuenta del paso del tiempo, el cambio, las caídas, la muerte; se compensa, no siempre con eficacia, con el deseo, el placer y la belleza que, como algunos pensamos, solo existen en esta vida. Es una putada darse cuenta de esto y querer seguir adelante, porque implica una fortaleza digna de un titán. Y todos sabemos que somos seres vulgares, no míticos. Ahora bien, quizá sea nuestra vulgaridad la que nos hace realmente válidos.

Hay otra frase de la película en la que se alude a Fellini diciendo que el cine no sirve para nada, pero que al menos te distrae de la realidad. En psicología esto podría llamarse evitación o autocuidado. Como el cine es mi punto de anclaje al mundo, prefiero pensar que me estoy cuidando cada vez que veo algo que me ayuda a distraerme de la realidad. Me gustaría ir más allá y resignificar las palabras de Fellini para decir que me ayuda a sobrellevar la realidad. Pero no quiero ser ilusa. Si nosotros somos unos seres vulgares, el arte es un vulgar invento. No hay en estas palabras intención ofensiva, sino admiración. Que algo vulgar y decadente pueda ayudar y ser ejemplo de algo tiene que ser, necesariamente, digno de admirar. Que una pastilla mágica nos hiciera ser felices no tendría mérito alguno. Pero que un par de imágenes, frases o caricias hagan lo mismo, joder…

En estos meses del nuevo año, en los que la vida parece una ficción y a la vez se vive más real que nunca, no dejo de imaginar mi vida como un guion cinematográfico. Y aunque quisiera que lo hubiera dirigido Sorrentino, más bien se asemeja a una teleserie. Y no está tan mal, porque Paolo me diría que siguiera mis sueños a pesar del dolor y que aunque la realidad es decadente yo puedo inventar otra, pero el guionista de mi último capítulo me aplicaría mis dosis diarias de tortazos y llamadas de atención para decirme que espabile, que la vida era esto. Y luego me aportaría mi poquito de morbo y cliffhanger. Y, entre lo uno y lo otro, iría avanzando a tientas, con miedo e incertidumbre, pero con unas ganas malditas de seguir. Y pienso que quizá sea suficiente con que siga el metraje y que surja algo de felicidad, aunque esta no sea alegre.

 

El placer y La gran belleza se pueden ver en Filmin.

Carta de una desconocida se puede ver en FlixOlé.

La juventud se puede ver en Amazon Prime.

Fue la mano de Dios se puede ver en Netflix.

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