Hay silencios que dicen mucho más que palabras. Hay promesas descalzas y encadenadas que se traducen en esperanza. Hay costales que guardan tantos sueños como esperas. Hay ciriales que bailan hasta la madrugada. Hay cirios cuya cera espera impaciente ser derramada sobre la bola de algún niño o alguna niña. Hay tradiciones que pueden salvar a un pueblo.

La pandemia frenó el compás cofrade hace dos años, negándonos vivir, disfrutar y procesionar por las calles de nuestras ciudades. Culmina una de las Pascuas más especiales que recordábamos: la del regreso, pero también la de las primeras veces para muchos.

Quienes, desde más allá de Despeñaperros, se dedican a menospreciar la Semana Santa de nuestra tierra presumen de una ignorancia colosal, pero aquellos que, desde la cercanía, se aventuran a infravalorar el poder de convocatoria, el desborde de la emoción o el alcance de la ilusión por la Semana Mayor arguyen un egocentrismo incomprensible.

Aparte de la evidente falta de educación de la cultura cofrade, no deja de llamarme la atención la superioridad moral con la que personas que alardean de un elevado nivel de progresismo siguen jactándose de según qué tradiciones y achacando a la religión todos los problemas habidos y por haber. Algunos desearían que nuestra sociedad se desprendiera de tal festividad o de los hechos que ésta conmemora, pero no sería posible ni oportuno.

Aunque haya múltiples formas y ocasiones para profesar la religión, los devotos y devotas aguardan de manera especial la Semana en la que, contemplando, venerando y acompañando a sus Cristos y Vírgenes de referencia esperan encontrar el alivio, el perdón, el aliento y el empujón que necesitan. ¿Qué puede haber de dañino en seguir celebrando, más de dos mil años después, la Pasión, Muerte y Resurrección de quien dio la vida por nosotros? ¿Cómo puede suponer un conflicto para un sector social preservar una tradición ancestral como esta? ¿Por qué expresar la Fe puede generar tanto conflicto en según qué situaciones?

Afortunadamente, la mayoría de la ciudadanía sí respeta. Mucha gente que no cree también espera con fervor una semana para descansar, reunirse con sus familiares y amigos o, simplemente, disfrutar de la banda sonora de la calle.

En el otro lado, nos encontramos con grupos que aprovechan la ocasión para meter cizaña, dividir entre «buenos» y «malos» cristianos e, incluso, hacer uso electoralista de la Semana, porque parecen haberse olvidado del adjetivo «Santa». Ni siquiera en Semana Santa cesan de esparcir odio.

En mi opinión, ambos están fuera de la realidad: unos por mirar por encima del hombro por no ser partícipes de una forma de vida, dedicándose a disociar lo inseparable y haciendo uso de una mirada estrecha; y otros por pretender patrimonializar una tradición popular, abusando de los golpes de pecho y viviendo alejados del verdadero espíritu cristiano.

Ni siquiera el hastío que me produce quienes se dedican a repartir carnés (bien de cristianos o de progresistas) puede equipararse a la ilusión que me genera la Semana Santa en Andalucía. Refugiarte bajo el manto de tu Dolorosa de confianza, hacer torrijas con tu abuela y cantar para rezar dos veces también es construir identidad.