Mi visión de Star Wars VIII: Los Últimos Jedi ha cambiado bastante en apenas una semana. No salí de la sala en mitad de la película para ir a mear como Carlos Boyero, precisamente. Más bien, he visto la película dos veces en cuatro días: una como crítico; la otra, no estoy seguro. Las impresiones del primer visionado fueron escalando de la indiferencia por las bajas expectativas a un despotrique bastante furibundo. La segunda vez, ocurrió más o menos lo contrario; sabiendo los desastres puntuales a los que me iba a tener que enfrentar, cada vez entraba más en su juego.

Y es que hay desastres. Vaya que si los hay.

El primero es el humor, que parece crear en Star Wars VIII la imperiosa necesidad de introducir chascarrillos con calzador en cualquier escena que se preste; no se nos vaya a dormir el espectador. Este tono desenfadado siempre ha estado en la saga, pero con bastante más acierto. Personajes como Poe Dameron sí se prestan a situaciones cómicas, porque él tiene con BB-8 las dinámicas de personaje que mostraban Han Solo y Chewbacca. El estrafalario gag de la plancha-nave espacial… bueno, puede permitirse. Pero que Luke lance hacia atrás el sable láser que Rey le entrega, momento en el que la música se corta repentinamente, es inadmisible. Es inadmisible porque hizo sonar en mi cabeza unas risas enlatadas propias de The Big Bang Theory; porque la escena final de la anterior entrega nos había mantenido expectantes hasta la llegada de este –supuestamente– épico momento; y porque el subtexto de la película va en dirección contraria.

Este chiste no aparece como una intervención secundaria para relajar la tensión en el crescendo hacia una secuencia épica, sino que corta el guion de sopetón en un clímax del libreto, del personaje de Rey y de toda la saga. Estas imbecilidades funcionan en Thor Ragnarok, donde prima el humor por encima de la guerra que lo enmarca; pero no en una película que se las da de seria y que parece tratar de aportar perspectivas relevantes sobre el legado, nuevas lecturas de su propio universo. Porque sí hay un subtexto. Se nos muestra un X-Wing aparcado debajo del agua en la isla donde se refugia Luke, y es él mismo el que llega a decir que “es hora de que los Jedi se extingan”. El plano a las espaldas de Luke y Yoda mientras arde el árbol-biblioteca de los Jedi enlaza con el destructor imperial antaño estrellado en el desierto de Jakku que abría el episodio VII. Esta nueva trilogía es un manifiesto iconoclasta: las viejas historias de Sith y Jedi se han perdido en el tiempo, ya no existen los buenos ni los malos que creías conocer, y lo que te espera es algo completamente nuevo. Sin embargo, Rian Johnson –que escribe y dirige– decide no matar a Leia cuando tiene la clarísima oportunidad; y que el poso que deje Luke antes de morir sea que él no será el último Jedi; y que el episodio acabe con la construcción de una nueva rebelión, pero bien igualita a la vieja. De lo contrario, los fans “de toda la vida” no recibirían exactamente lo que ellos quieren; y eso no se puede permitir.

Y así llegamos a nuestro tercer desastre. El fan “de toda la vida” quiere la misma película por octava vez. Y si se introduce algún nuevo concepto, que vaya correctamente mascado; nada de sugerir. Es por ello que tenemos ¿media hora? de un irrelevante Benicio del Toro subrayando, a través de una trama insulsa y dispersa sobre traficantes de armas que venden su mercancía tanto a la Resistencia como a la Primera Orden, que la línea entre buenos y malos en esta película es significativamente difusa. Un fleco para poner el subtexto en forma de texto que equivale, básicamente, a echar por Rusia para ir de aquí a Milán, y que convierte, por momentos, un espectáculo disfrutable en una tortura de 153 minutos. Teo va a la Galaxia.

El resto del film; bueno, es Star Wars. Kylo Ren sigue siendo la gran estrella de la nueva trilogía, además de por mi amor incondicional hacia Adam Driver, porque el personaje es un niñato caprichoso. Por eso está bien que no acabe pasándose al lado rebelde; siguen distanciándolo de Darth Vader, y eso cada vez me resulta más refrescante. Además, sus secuencias con Rey, y en general las de esta en la isla, son la mejor aproximación de la saga a un tono pausado y contemplativo que recuerdo, después del horrendo intento del episodio II. Lejos de eso, hay asaltos sin ningún sentido lógico ni argumental porque tiene que haber batallas de naves espaciales, y hay persecuciones en Fathier porque tiene que haber criaturas extravagantes. Porque esto es Star Wars. Pero es un viaje divertido.

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