Adoro la música. Sé que puede ser un tópico tan grande como decir que te gusta el sonido de la lluvia en invierno golpeando la ventana cuando estás calentito en casa, pero en este caso es tan verdad como tópico. Algunos amigos me dicen que pagar una suscripción mensual a cualquier aplicación para la escucha de música es un abuso pero en mi opinión, no hay un dinero que invierta mejor al mes que ese pues la aplicación en cuestión pierde dinero conmigo si cuenta las horas que la tengo en funcionamiento.

Cuando hago ejercicio, cuando limpio la casa, cuando escribo, cuando estoy leyendo. Es mi compañera para casi todo lo que hago en mi día a día. Flamenco, pop español, pop inglés, actual, de los ochenta, de los setenta, rock… me gusta darle una oportunidad a casi todo.

La música para mí es terapia, es medicina para la vida, como lo son los amigos, o la familia. Tiene la capacidad de cambiar mi ánimo, de recordarme a personas que ya no están, de conseguir que no me sienta sola. Pero sobre todo la música es capaz de hacerme viajar en el tiempo. Y eso, para una nostálgica como yo, es un regalo de valor incalculable.

El pasado domingo me dispuse a hacer el cambio de armario pues en Sevilla la primavera es un verano disfrazado de cordero que cuando menos lo esperas se quita la careta y te enseña los cuarenta grados a la sombra. Para esa tarea, efectivamente dejé mi altavoz Bluethooth en reproducción aleatoria en la cómoda de mi habitación mientras sacaba cajas de cartón que esperaban cerradas desde el pasado mes de octubre.

Cuando ya el suelo era un campo de minas convertidas en montones de prendas, empezó a cantar Luis Miguel. Y entonces regresé al salón del primer piso de mis padres, una de tantas tardes en las que mi madre sacaba la máquina de coser para hacernos a mi hermana y a mí dos vestidos iguales pero de distinto tamaño. El bolero sonaba y volví a ver a mi madre pisando el pedal de aquella máquina mientras mi hermana y yo coleccionábamos los trozos que sobraban por el suelo para hacer improvisados vestidos a nuestras muñecas. Para mi Luis Miguel no huele a México, huele a retales y al último sorbo de un café que mi madre me regalaba de su taza. Desde entonces se veía venir mi adicción.

Mi armario daba la bienvenida a blusas y faldas de verano cuando por el altavoz empezó a sonar Don´t stop the music. Rihanna cantaba mientras yo volaba a la nochevieja de 2008. Primeras navidades en la universidad. Después de tomar las uvas tocaba fiesta hasta que el sol del primer día de enero nos diera los buenos días. Luces de colores en un salón en el que mis amigas y yo bailábamos ignorando por completo que la juventud fuera algo tan perecedero. En aquel momento sólo importaba la música.

Aquella tarde y sin salir de mi habitación pude volver a recorrer Londres de la mano de mi mejor amiga, a las horas de espera en la cola de un concierto en el que mi hermana y yo cantamos a pleno pulmón hasta perder la voz. Volví a empañar mis ojos recordando aquellas madrugadas en las que los miedos me quitaban el sueño. Volví a besar por primera vez a mi mejor amigo y volví a enamorarme de él de la forma en la que nunca llegué a imaginar. Y conseguí revivir todo eso gracias a la música.

Ahora que llega el verano recomiendo a todos los que veréis atardeceres en la playa de vuestra infancia, a los que viviréis amores fugaces de verano, a los que disfrutaréis de las risas de los amigos en una terraza mientras el olor a sal inunda la madrugada, a los que pasaréis las vacaciones con los abuelos, con la familia; que atesoréis la melodía que suene de fondo para que cuando la vida apriete podáis volver a vivir lo ya vivido simplemente cerrando los ojos y pulsando el play.

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