La semana pasada se celebraron las temidas pruebas de acceso a la universidad. Perdón mi ignorancia por no saber cómo se denominan ahora esos exámenes que quitan el sueño a miles de jóvenes. En mis tiempos la llamábamos «selectividad». Ahora usan las siglas EvAU que, sin saber muy bien qué significan, a mí me suena más bien al nombre de uno de los cables de mi ordenador.

En esos días en los que se han celebrado dichas pruebas me he puesto nostálgica, una vez más, y he recordado cómo era yo a los diecisiete años, cuando después de un bachiller de mucho esfuerzo me presenté a la famosa Selectividad. Me he planteado qué le diría yo ahora a aquella chica insegura que esperaba a las puertas de un aula de la facultad de económicas a que le comprobaran el DNI para dar comienzo al examen.

Lo primero que le diría sería que tranquila porque, por fortuna, los collares de perlas de colores dejarán de llevarse en breve, así que menos mal que te compraste solo dos.

También le diría que viva intensamente esos maravillosos años universitarios en los que poco te importarán el contorno de ojos o el ácido hialurónico.

Pero lo más importante que le diría sería que, una vez conocidos los resultados, escogiese guiada por su intuición. Si bien es cierto que cuando tenemos esa edad la mayoría no sabe a qué quiere dedicarse en el futuro, no ayuda el hecho de que el mundo que te rodea te condicione con todo tipo de comentarios. Elige lo que te guste, independientemente de las salidas profesionales que esta opción tenga. Porque ya te avecino que cuando acabes la carrera al mercado laboral le dará igual que seas licenciada en derecho o en periodismo. Será complicado igualmente. Aunque siempre te quedará el extranjero, vivir de lo tuyo alejada de los tuyos. O el emprendimiento que, aunque vivas con el pie de Hacienda haciendo presión en tu vena aorta, puede ser muy gratificante.

Por eso, hagas lo que hagas, hazlo por pasión. No pasa nada si te encanta la filosofía. No pasa nada si no acabas finanzas y contabilidad porque tu sueño es ser panadero. No pasa nada si quieres estudiar un módulo de formación profesional (ojalá a los de mi generación nos hubieran informado de que esta opción no era en absoluto para el que “no valía” para estudiar). Porque en este sentido, todo vale.

Porque cuando alcances la treintena puede que la vida aún no te haya dado la oportunidad de dedicarte a lo que has estudiado, pero si te la da o cuando te la dé, ten por seguro que la satisfacción por haber elegido bien te hará ser la mejor.

Y si no descuida, porque seguirá estando de moda aquello de enmarcar los títulos para lucirlos en la pared más luminosa de tu salón.

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