Amenazaste con comerte mi mundo. Me diste uno nuevo: tú.

Sin yo saberlo, firmé el contrato de mi perdición. Destinados o condenados a estar juntos. Nuestra noche eterna, nuestro amanecer congelado. Nuestro puente sin quemar. Y qué bien. Un amor que cura heridas, que derriba las cicatrices que sostienen recuerdos de verano. La asfixia hecha besos, la dulce muerte mezclada con el rastro del deseo. La fuerza de un te quiero que desarma el propio corazón (o lo rearma).

Las venas de lo inexplicable. La leyenda de un cuerpo (o de dos). Los ojos de ensueño. El alma dividida, unida, confundida. Uno y uno, uno.

La necesidad.

¿Qué sé yo? Tú.

El vicio de quererte sin querer. El suspiro de no verte; la lágrima si no estás. El café para después de nunca. Para cuando quiera despertar de ti. El cigarro para la ansiedad de tu falta.

Un cuento que habla de un villano enamorado, de un héroe siendo víctima. De ti, de mí. Sin final (o con todos ellos). Sin perdiz. Sin castillos (o quizá de naipes).

Tu amago de no irte. El mío de quedarme. Ese abrazo que anudó el principio. Ese adiós que nunca llega; ni mis ganas de escucharlo.

El rosa cursi de nuestra canción. Un poema corto. Tu huella.

¿Qué sé yo? Tú.

El sastre creador de mi mejor prenda: mi sonrisa (de Cheshire)

Yo el príncipe de las tinieblas, el que te secuestró. Y ahora tejes hilos de eternidad en las mazmorras de mi memoria.

Tú, yo.

Derribaste cada rincón oscuro para poner tu fuego y descubrir mis zonas más íntimas. Esas que ocultamos por miedo a que sean destruidas. Esas que son tus favoritas. En las que te acurrucas cuando todos miran y cuando nadie habla. Esas en las que reposas tu conciencia y tu afán de hacerlo bien.

Visitaste mi alma en busca de aventuras y te quedaste en busca de una vida.

Pediste un deseo en la noche más oscura, a la estrella más fugaz y te topaste con mis ojos. Los más negros. Tan negros como el futuro. Te ves envuelto en lo que desconoces y lo desmenuzas hasta encontrar el origen.

Verde. Gris. No importa. Para ti siempre seremos el arco iris de nuestra propia tormenta.

¿Qué sé yo? Tú

Nuestro conocimiento se limita a conocernos. Te olvidas de cómo soy para volverme a descubrir y te encuentras una vez más, atrapado, pero a gusto. Cómodo.

Raro tú. Raro yo. Y raro nuestro mundo. Pero feliz.

El vicio de quererte sin querer. Ese adiós que nunca llega. Un poema corto. La leyenda de un cuerpo. El miedo de perdernos (el uno al otro) O de encontrarnos (a nosotros sin nosotros). La lluvia. El otoño. Tu huella imperecedera. Mi corona de palo. Tu aventura de quererme. La mía, de no dejar de hacer(te)lo. La esperanza de ser el hombre que mereces. Tu necedad de conformarte. Tus ojos. Mis labios. Mi labia. Tus silencios. Mis inviernos (o los tuyos; o los nuestros). Mis secretos de ceniza. Nuestra historia. La venta de nuestras almas, el contrato mudo de un amor invicto.

¿Qué sé yo? Tú, la mejor respuesta para todo.

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