Doblamos la esquina del recuerdo, y fuiste la única que se atrevió a bailar conmigo bajo la lluvia. Sin importar el Mun­do, la gente, o lo que coño importase en ese momento.

Desde tu azotea, pude ver todo lo que arrastrabas. Pude ver esos domingos a puerta cerrada, los gritos en la almohada, los platos rotos. Tus mejillas empapadas…

Atónito, me estremecía con cada gemido fingido, los abrazos vacíos, los besos desgarrados, y esa “nublez” en tus ojos.

Desde entonces maquillo tus días.

Sin justificar las sonrisas, escribimos nuestra pequeña histo­ria. Con almohadas desgarradas, y besos en espacios abiertos. Celebrando que ahora somos nosotros, y dejándole claro al Mun­do, que en nuestros ojos ya salió el Sol.