Sufro la pena de no ver
mas allá de unas paredes
– cárcel abismal –
y obligar a mis ojos,
con sus cuencas inundadas
de un fuego ahumado,
a tener que inventar
el mundo que deseo construir.

Sufro la pena de no volar
como las nubes vuelan,
mas bien levitan,
para evitar los carraspeos
de las armas y artilleros.

Sufro la pena de no poder,
no poder expandir rabia
que combata la avaricia
y el veneno de las fronteras.

Sufro pena de mi futuro
que no sabe si vendrá escrito
o sólo quedará incinerado –
mis restos los quiero vivos
por las venas, con mi sangre -.

Sufro la pena de no entender
los colores de las banderas
y los cerebros que defienden
bajo palio, su poder.

Sufro la pena día a día,
desde mi cráneo hasta mis pies
y no veo posos dulces
en la historia que escribo
ni en los días que me contextúan.

Sufro pena por el silencio,
esa nada interminable,
escenario de los grillos,
pues annega la justicia honesta

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