Subir a un avión. Respirar.  Coger todo el aire posible de tus pulmones y adelantarte a los acontecimientos, como siempre. Expirar y provocar un suspiro inmenso. Un suspiro que grita “qué no pase nada”, aunque no sepa a quién va dirigido. Es difícil vivir teniendo miedo a todo; a los aviones, a los autobuses, a las ciudades grandes, a las personas. “Métete en una burbuja”. Sí, desde luego todo sería más fácil. Aunque si viviese en una burbuja mis problemas tampoco se esfumarían, por la simple razón de que seguiría estando conmigo misma, y yo, amigos, soy mi mayor problema.

En el momento del despegue solo quiero pensar en volver a tocar el suelo, pero todavía quedan dos horas interminables que van a recordarme lo vulnerable que soy. Estamos volando, el avión se ha estabilizado y solo puedo pensar que no podré salir de allí a menos que quiera saltar con el avión en marcha, suponiendo que antes los azafatos del avión no se hayan abalanzado sobre mí, impidiéndome cualquier tipo de barbaridad. “Es el transporte más seguro del mundo”, “No te va a pasar nada, te lo prometo”. Me quedo con esa última frase un segundo. Necesito concentrarme en algo y decido ponerme los auriculares; suena El canto del loco. ¿Y por qué no? Pienso en él.

La última vez que le vi tenía el pelo más largo de lo habitual, vestía zapatos color ocre y un pantalón azul, qué joder, era imposible pasara desapercibido. Metida por dentro del pantalón llevaba una camisa de cuadros, que supongo, ella le habría regalado. Hacía tiempo que no estaba tan guapo. O quizá el hecho de que no estuviese conmigo me hacía pensar que no había nadie como él en el mundo, y desearle aún más.

Ese día hablé con él. Después de seis largos meses sin saber nada de ella, imaginando a cada minuto lo dulce que sonaría en los oídos de otra, su voz se implantaba de nuevo en mi memoria. Cuántas noches pensé que me llamaba. Mantenía el móvil en la mano mientras dormía, temiendo perder la oportunidad de escucharle por soñar más de la cuenta. Pasé noches en vela imaginando sus palabras, su sabor.

Qué jodidas son las rupturas, y qué tremendamente jodidas son cuándo tú misma te has provocado ese dolor. Qué triste pensar qué hubiese pasado si no le hubieras dejado solo en aquella farola, suplicándote a gritos mientras te marchabas que volvieses, que fuéramos “lo de siempre”, que cambiaría todo lo que nos había hecho daño, impidiendo que volviese a ocurrir. Qué cobarde, qué poco valiente.

A estas alturas solo me queda pensar que nada pasa porque sí, que un destino caprichoso quiso situarnos lejos para que ambos pudiésemos empezar una nueva vida. A fin de cuentas, no solo me había marchado dejando un vacío sepulcral en su vida, sino también había intentado mantener el menor contacto posible con él, pensando en todo momento que sería lo mejor para mí, para los dos.

La historia de mi vida; decir algo, y a los dos minutos arrepentirme. Esta vez no fue así. Fueron dos meses aproximadamente. Dos meses en los que estuve pensando que quizá había tomado una buena decisión, salvo en determinadas ocasiones en las que me detenía a mirar nuestras fotos. Algo dentro de mí se permitía tranquilizarme con el pensamiento de que algún día nos volveríamos a cruzar.

Por eso cuando os vi, vi también como caía en pedazos cada grano de arena de ese enorme castillo, vi mi corazón dentro de una botella vagabundeando en el mar sin destino aparente. El simple hecho de ver al motivo de mi locura aferrado a una mano desconocida, me hizo reconocer una vez más que la farola tenía razón, y absolutamente todo lo que esperaba decirte, se esfumó.

Llegué a la firme conclusión de que todo el mundo comete errores; nos equivocamos una y otra vez, tratando de comprender por qué tropezamos siempre con una piedra que parece que nunca va a terminar de romperse. Es absurdo, pero a la vez romántico, poder reconocer que por alguna razón nos gusta esa piedra,  que volveríamos mil veces a toparnos con ella, que seguramente perderíamos el equilibro seiscientas veces más por verla de nuevo en nuestro camino.

 Y sin duda esa piedra, lleva tu nombre. Y ese día, después de seis meses sin hablarnos, trescientas noches en vela y dos coma tres cubatas de más, te lo solté. “No sé si es por el ron, o por tus pantalones azules, la cuestión es que te quiero”.

Estuviste a punto de matarme. Es posible que lo hubieses hecho  de no ser porque tus ojos, en ese preciso instante, jugándote una mala pasada, decidieron tímidos cruzarse con los míos. Y no hicimos otra cosa que sonreír al unísono, sin poder mediar palabra. Me sentí idiota, aunque ambos lo parecimos.

Y no, no volvimos, ni volveremos, sólo nos tendremos ahí;  como dos piedras absurdas que se cruzan incesantemente, siendo conscientes de que algún día, volverán a chocarse, provocando siempre un enorme vendaval, pero nunca un recto camino.

Y tal vez eso es lo que queremos. O tal vez no.

En ese momento el avión toca la tierra. Vuelvo a mi asiento, a los rizos de la señora de al lado, al azafato de culo respingón, a mis miedos infundados.

Suena “la suerte de mi vida” y ¿por qué no? Pienso en ti.

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