El mundo sin ti, ¿sabes? Se me antoja perfecto, una utopía quizá. El mundo sin ti, sin tu arrogancia, sin tus manías, sin tu constante efervescencia. Estás en todas partes y me resulta difícil pensar que algún día dejarás de existir, que quizá se den cuenta de que es absurdo vivir detrás de ti, una sombra incapaz de hacernos volar. Es tan sincero el deseo de que desaparezcas que he empezado a escribir de forma idílica las cosas que cambiarían. He empezado a contar las sonrisas  que perdemos gracias a ti, las cuales podríamos recuperar. He imaginado por un momento que te has evaporado y algo nuevo puede nacer. Luego he vuelto a ver las noticias y he caído en la cuenta de que no sólo vas a quedarte, sino que pretendes crecer cada día un poco más.  ¿No eres consciente? Tú eres la causa de cientos de desgracias, la culpable de llantos y despertares a las cinco de la madrugada, preguntándome por qué sigues aquí, atormentándonos. ¿Sabes lo peor de todo? Que entre nosotros podríamos conseguir que no existieses, que dejases de intervenir en cada uno de los momentos “de bajón” a los cuales nos enfrentamos. Entre todos, si tuviésemos el valor suficiente para despedirnos de ti, desprendernos de todas las cosas malas que acarreas, podríamos terminar contigo, pero no lo hacemos. Estoy harta de tus burlas, de que estés constantemente entrometiéndote. Sé que muchas veces eres inevitable, que hasta la mejor persona del mundo puede caer en tus redes. Sé que eres difícil de controlar, como un gran germen que nace y permanece, pero nunca muere.  Otra vez alguien ha vuelto a sufrir por tu culpa. Parece que no podemos vivir sin ti, maldita seas. Cada vez estoy más convencida de que tú, envidia, no vienes para ofrecernos nada bueno, que nosotros seríamos tremendamente diferentes si no envidiásemos a nadie por sus éxitos, sus logros, su vida. Cada vez más convencida de que miles de enfrentamientos se podrían evitar si fuésemos capaces de controlarte. Que sí, que muchas veces sentirse frustrado cuando no conseguimos algo que queremos es ineludible, pero de nada sirve pagarlo con alguien que sí que lo ha conseguido, porque sólo nosotros somos culpables de nuestros éxitos y de nuestros fracasos. Tenemos la tormentosa habilidad de intentar menospreciar los esfuerzos de los demás por conseguir lo que quieren, tenemos la habilidad de meternos con las personas que nos hacen sentir inferiores. Y digo yo, ¿por qué no intentar parecernos un poco a esas personas antes que apartarlas de nuestro camino porque nos frustra demasiado estar cerca de ellas? ¿Por qué no intentar ser cada día un poco mejores y centrarnos en nosotros mismos? He visto amistades que han desaparecido con el tiempo a causa de este germen imparable, cada vez  más latente en nuestra sociedad y que parece que nunca vamos a ser capaces de eliminar de nuestras vidas. Es triste ver cómo alguien decide desaparecer del mundo porque la envidia ha generado burlas hacia su persona. Con esto no estoy diciendo que no haya sentido envidia o que nunca haya juzgado a alguien únicamente porque me he sentido inferior a esa persona. Por eso sé que es un sentimiento complicado de evitar, pero que sin duda puede controlarse y tener, incluso, un sentido positivo, sólo si confiamos en nosotros mismos y empezamos a valorar lo nuestro y lo de los demás. Qué no os engañen, que la envidia y el odio van de la mano, y sin duda no hay nada más triste que odiar sin tener ningún tipo de razón. Sin duda hay cosas mucho más importantes a las cuales prestar atención, aunque bien es cierto que recibimos estímulos contradictorios que nos hacen pensar que debemos intentar mostrarnos siempre bien  de cara a todos los demás, mostrar siempre nuestra mejor versión. Tenemos miedo a desnudar nuestros sentimientos, miedo a que nos tachen de vulnerables o débiles. Quizá por eso a veces agradecemos el ver que alguien que aparentemente era perfecto no lo es tanto, que también tiene sus problemas, sus debilidades, que es un ser humano, como tú y como yo. Quizá ese sea el problema, que deberíamos empezar a darnos cuenta de que sólo, de manera exclusiva y teniendo la mayor suerte del mundo, somos humanos, estamos aquí, tenemos una oportunidad extremadamente  corta de demostrar lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Atreverse a mostrar las heridas o los fracasos es tan humano como saber reconocer cuando algo lo hemos hecho bien y buscar  la aprobación de alguien más es solo una pequeña recompensa, pero no debe ser la más importante.

La pequeña conclusión de todo esto es que los extremos nunca son buenos. Que por una parte tenemos que intentar que este germen deje de crecer en nuestro interior, depositándolo lejos de nuestros ideales. Pero por otra parte, no debemos permitir que el egocentrismo nos ciegue e invada nuestras vidas el único deseo de ser envidiados por los demás. Simplemente, a mi modo de ver, es más reconfortante ser humilde, saber aceptarnos tal como somos y aceptar a los demás tal como son. ¿Por qué no probamos?

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