El estudio se está quedando vacío, el ruido de sillas moviéndose es continuo, los pasos en la lejanía, poco a poco las luces se van apagando, el sonido de una puerta cerrándose…

Silencio. Tú y tus pensamientos. De fondo Here With Me de The Killers.

A veces creo que me he hecho amante de la soledad, que es mi nueva mejor amiga. Dichosa soledad cómo nos vuelve locos la cabeza, cómo desarma el puzzle y te obliga a volver a empezar. Una y otra vez.

Es curioso cómo puedes rodearte de cientos de personas a diario pero seguir sintiéndote sola. Muy poca son las personas que cuando te ven notan que algo va mal, muy pocas son las que te dan un abrazo y a pesar de hacerte la fuerte y decir ‘’quita, que asco’’, insisten y se quedan. Pocas son las personas que te conocen de verdad.

Lo cierto es que la inspiración ha muerto, las ilusiones se han desvanecido, el amor que creías verdadero se ha tornado negro.

Intentamos no ilusionarnos pero al igual que el beber es una necesidad innata, la ilusión lo es aún más. Queremos complacer y ser complacidos. Queremos querer y ser queridos. Pero, lo cierto es que muy pocos tienen esa suerte. Tal vez sea que por derecho alguien tiene que ser la excepción a la regla y, es a ti a quien le ha tocado jugar esa pieza.

Pero, lo cierto es que nuestro problema es que no sabemos jugar con la soledad, no sabemos vivir en soledad. Nos han acostumbrado a que el amor es lo principal, a que necesitamos de otros para ser feliz… qué gran equivocación.

Vivimos por y para nosotros. Vivimos para descubrirnos, para querernos, porque si nosotros no nos queremos nadie lo hará. Nadie será capaz de ver que la excepción es en realidad la regla. Subir los decibelios de la autoestima, no creerte inferior porque no hay nadie mejor que nadie. Amarse uno mismo, es la mejor manera de ser feliz.

Distinguir a las personas tóxicas, esas que te rodean camufladas en amigos, como camaleones que se esconden fingiendo ser algo que no son.

Poco a poco, te vas hundiendo un poco más, vas decayendo en ese laberinto sin salida. La habitación está fría, sientes escalofríos, y comprendes cuánto deseo hay en huir, en dejar todo atrás y comenzar de nuevo en otro lugar. La soledad ha podido contigo, te has consumido.

Pero, en ocasiones, hay que pararse, respirar y preguntarse a uno mismo si se es feliz, en el caso de que la respuesta sea ‘’no’’, hundirse debe ser la última solución. Aún se está a tiempo de mejorar, de cambiar para encontrar el camino a la felicidad. Porque si algo he aprendido es que nos hundimos rápido, tenemos miedo y no nos atrevemos a avanzar, a dar ese paso final que nos diferencia del resto, que nos encamina a nuestra meta final. No es tirar la toalla piensas es solo darse una nueva oportunidad.

Somos jóvenes y tenemos toda la vida aun por delante, o quizá no, y mañana sea el último atardecer que presenciaremos. Tal vez la vida acabe mañana y mientras tú y yo sigamos aquí, lamentándonos por lo que podríamos haber sido y no fuimos. Sintiendo lástima de nosotros mismos por hacer cosas que nos hacen infelices, por no vivir esa historia de amor de película, por no coger aquel tren antes de que dieran las doce, por soñar despiertos y no cumplir los sueños que de pequeños nos motivaban a levantarnos de la cama.

Que sí, que tenemos motivos de sobra para rayarnos y ver la vida en blanco y negro. Que no somos perfectos ni pretendamos serlo. Que hay mil cosas que tenemos que vivir y probablemente no viviremos. Hay miles de experiencias y aventuras ahí fuera esperándonos. La vida no se debe basar en ir a la escuela, aprobar, entrar en la Universidad, sacar año por año, acabar, conseguir trabajo, una familia y así hasta que la muerte nos llame. La vida no debe basarse en ese bucle, porque la vida es eso que está pasando mientras nos lamentamos. La vida es lo que ocurre mientras tenemos los ojos cerrados y nublados de negatividad.

La vida, querido amigo mío, es eso que nos estamos perdiendo lamentándonos. Si algo estoy aprendiendo es que tenemos motivos de sobra para dejar eso atrás. Tenemos a personas que valen la pena. Porque no estamos para que nos engañen ni quieran a medias. Ni para ser segunda opción. No estamos para ser juguetes de usar y tirar.

Estamos para ser felices y disfrutar, para encontrarnos en el camino y aprender que  entre tanto día gris, hay una luz que nos recuerda lo afortunado que somos. No tires la toalla, solo date otra oportunidad para descubrir quién eres y qué te hace feliz. Que tu felicidad se base en aquello que te motiva en seguir adelante, no en función a lo que opinen o esperen los demás.

Quiérete, ama lo que haces y vive, que solo tenemos una vida y no hay comodín que te resucite.

Poco a poco, la habitación se va llenando, las luces se encienden y con ella la esperanza de una nueva oportunidad.  Por ti, por nadie más.

Ahora, siéntate y respira, disfruta del atardecer y permítete ser feliz.

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