– No hay nada como un buen café a las 8 de la mañana.

– Desde luego. Voy a trabajar. Nos vemos luego, ¿vale? Te quiero.

Dejó la puerta de la cocina entreabierta y se marchó, dejando la tostada con mermelada de melocotón sin terminar, el café con mucha leche y una cucharada de azúcar a la mitad, y su olor de “buenos días, llego tarde al trabajo”, en su pijama. Cuando se casaron nunca pensó que fuese a ser así. Miles de cosas que hacer al día y ni tan siquiera un poco de tiempo para arrugar las sábanas. Sentía que todo se había perdido, ella, tan romántica empedernida como siempre, y él, sumamente ausente, carente de deseos, dedicándose  a ordenar sus corbatas en el vestidor, cómo si eso fuera lo único que le llenaba la vida. Había llegado a la cima de los negocios con sólo veintisiete años, y ni el vino lo convertía en alguien gracioso. Había desaparecido para ella. Ese mundo que ambos habían creado siendo unos adolescentes se había desvanecido en la sombra de unos papeles de escritorio, entre calculadoras viejas y ordenadores que guardan los mayores secretos de una gran empresa.

Salió pronto a comprar el pan. Su rutina no estaba tan planificada, siempre se había considerado una mujer libre, y como tal, no pretendía en ningún caso contagiar su vida personal con sus asuntos de trabajo. La agencia de publicidad tenía tres componentes esenciales, pero de sobra sabían que su tercer componente estaría pensando una idea brillante, y no debían molestarla, por lo que podía tomarse días libres sin problema, inspirándose a cada paso que daba. Y hoy era uno de esos días. Necesitaba quitársele de la cabeza y después de comer su habitual ensalada con aguacate y nueces, fue al teatro.

La obra, “Luces de Bohemia” de Valle-Inclán, no consiguió en ningún caso hacerle olvidar lo trágico que estaba resultando su matrimonio. Realmente no comprendía en qué momento pudo desenamorarse de ella, perder el norte en otros problemas que nada tienen que ver con lo que él era; toda la vida anticipándose a los demás, siendo un verdadero caballero, ofreciéndole su amor incondicional, haciendo lo imposible por mantener la llama al rojo vivo. ¿Y ahora? Dos años sin saber nada de él, viviendo bajo el mismo techo, compartiendo almohada, pero sin hacer viaje juntos. Perdida en los libros, en el teatro, esperaba encontrar en ellos lo que tanto ansiaba recuperar en su vida.

Al volver a casa se detuvo un momento a mirar una foto. “Vaya sonrisa de tortolitos”, pensó. Lloró un momento recordando la canción que todavía suena en su mente desde el día de su boda, e hizo la maleta. Antes de dejar su perfume en la almohada, se dio cuenta de que había algo en la mesilla; él. “Nos vemos a las seis en el Libertad 8, preciosa”. Dudó un momento si acudir a la cita. Quizá se había dado cuenta de todo lo que había hecho, de los errores que había cometido durante estos dos últimos años, que había descuidado conscientemente una flor que terminaría por marchitarse. “Tenía que ser precisamente hoy”, fue la sensación que tuvo. A pesar de todo, acudió a la cita.

“El libertad” estaba vacío y Andrés Suarez tocaría para ellos, solo para ellos, durante una larga noche.

Él, sin traje, sin corbata, despeinado como sabía que a ella le gustaba, y muerto de miedo, se apresuró a cogerle la mano cuando llegó, empapada y sin sonrisa, deseando que ese fuera el último encuentro entre ambos, mirando más hacia un futuro sola que con él. Entraron y el camarero le guiñó un ojo pareciendo conocer sus intenciones. Andrés Suarez los saludó y realmente ella, no se lo podía creer, pero su yo interior le mantenía discreta y pausada, sin mostrar demasiada emoción. Desde luego, sabía qué hacer para impresionarla, y ella sabía que esto era lo que necesitaban, lo que presagiaban sus libros y el teatro.

La noche resultó un espectáculo de belleza, e impresionados por la atmósfera romántica y tan esperada que les embriagaba, le dieron las gracias a Andrés Suarez por recordarles lo inmensamente felices que habían sido, y él le pidió amablemente que saliese. “El libertad 8” para ellos solos. Ella vivía un sueño, y él, después de tanto tiempo absorto, caía en la cuenta de que ella era su sueño, en el que quería vivir para siempre.

– He dejado el trabajo. Lo único que estaba haciendo era alejarme de ti. Y no quiero, ni puedo seguir así, no soy feliz. Espero que puedas perdonarme. He conseguido un trabajo más alejado de ese mundo estresante, que me tenía descolocado. Y tú eres lo único que me importa, aunque sé que hace tiempo que no te lo demuestro como mereces.

Atónita y con lágrimas en los ojos, sintió que su historia podía continuar, que era capaz de perdonarle. Que sin decirle apenas nada, había sabido rectificar, dando la mano de nuevo a su flor favorita, deseando poner rumbo a un viaje antiguo, pero nuevo, definitivamente nuevo.  Era consciente de que podía estar sola, pero al mismo tiempo, le conocía, y dentro de su corazón no quería decirle adiós, no quería dejar su perfume en la almohada y marcharse de esa casa con olor a palomitas, causando en ambos un terrible vacío.

– Quiero cantar.

En ese momento el libertad 8 enmudeció y ella comenzó a cantar la canción de su boda. Los ojos de él se llenaron de lágrimas y el escenario se volvió, de repente,  la mejor cama de la historia.

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