A veces, cuando camino por Madrid, la vida se me acelera, los estímulos que se posan ante mis ojos se convierten en grandes muros que esquivar. Mis piernas quieren salir corriendo y volver cuanto antes a mi sofá. Coches, ambulancias, personas sin rostro, raíles hacia ninguna parte. Guitarras desordenadas, palomas traicioneras, ruidos de tacones. Madrid es el caos hasta que cruzas una puerta roja y descansas el esqueleto sobre una butaca. El teatro es cómo ese sofá de casa al que siempre volver. Para dar comienzo a la magia. Se apagan los ruidos y comienza la música. El mundo se recoloca y el corazón vuelve a su ritmo, acelerándose solo cuando surge el humo y Víctor Parrado hace acto de aparición.

Es entonces cuando veo su silueta. Emerge de la nada y cómo si nada arranca la primera carcajada. El show empieza fuerte y mi pierna no puede dejar de bailar. De arriba abajo, de abajo arriba. Así nos lleva Parrado, despegando y aterrizando en un viaje de avión a través de su vida y sus sueños. Somos tripulantes hacia una gala de los Óscar atípica, donde él es uno de los premiados. Donde a él le toca agradecer. Lo pienso para mí un segundo: «¿Qué diría yo si tuviese que enfrentarme a ese momento? ¿A quién dedicaría un premio tan importante?»

En El Peliculero, Víctor Parrado convierte ese momento, esa ocasión especial, en un monólogo honesto y desenfadado, que repasa sus aciertos y sus fallos, que coloca un gran espejo en el escenario en el que vernos reflejados. Todos. Será por eso que la risa sale tan fácil, que mi pierna no ha dejado de bailar, que la vida parece ahora eso, un baile, sonriente y dulce; optimista. Más optimista que nunca.

Un optimismo que envuelve el espectáculo, que nos anima a extraer siempre lo bueno, que dota de sentido a las cosas que nos pasan, aunque a veces creamos que no han servido para nada. Lo han hecho. Y así lo demuestra Parrado, que no ha dejado de menearse por el escenario, hablando de sus viajes, de sus amores perdidos, de su infancia entre nubes y mosquitos en el Delta del Ebro; dejando claro que es ahí, sobre las tablas, donde se siente cómodo, donde es capaz de cantar y bailar canciones míticas del cine, al tiempo que desnuda sus reflexiones ante nosotros. Más que un monólogo, El Peliculero es una filosofía que gira en torno al humor y nos devuelve la risa.

Una filosofía que consigue contagiar a todo aquel que decide subirse a este avión, ya que, cómo buen piloto, Parrado sabe cómo hacer que todos los presentes se sientan parte de su tripulación, interactuando con el público y, de forma inteligente, rápida y sin tapujos, vinculando las intervenciones de los allí presentes con su monólogo. Convirtiendo cada show en una función única e irrepetible. Un viaje apasionante y sincero. Libre.

Un viaje que, antes de darme cuenta, ha llegado a su fin. El tiempo, que parecía haberse detenido, se reanuda desde otro punto, desde otra perspectiva. Veo las sonrisas y escucho los aplausos, bailo al ritmo de esa última canción que el humorista ha decido escoger para culminar el espectáculo, pero estoy en otra parte. Una parte que desea volver a empezar, sentarme por primera vez en esa butaca del Teatro Alfil, volver a ver a Parrado emerger de entre el humo, cantar su propia versión de «Greased Lightning» mientras nos cuenta su anécdota con un felino de lo más peculiar. Volver a reír.

Salgo a la luz de Madrid, a su ritmo inagotable. Lo miro con otros ojos y otra sonrisa, con otro despertar. Consciente de que después de la magia del teatro, nada es igual. Ahora, las guitarras son canciones y los tacones bailan a su compás. Ahora Madrid es el manto en el que deseo caer, para seguir disfrutando eternamente de espectáculos como El Peliculero, que te renuevan el alma, que no solo te hacen reír, sino también pensar. Volver a soñar.

Esta vez, veo a Parrado emerger de detrás de la puerta del teatro Alfil, dispuesto a saludar a todos los que, esta tarde de domingo, hemos decidido dejarnos acariciar por cada picotazo. Le veo sonreír y agradecer, cuidar a todos los asistentes tal cómo lo ha hecho durante el show. Un artista generoso que vuelca todo su ser, al completo, en su espectáculo, pero también después. Dejando que la vida y las personas le sorprendan. Sabiéndose humano y demostrando en todo momento que en la humanidad y en la empatía reside, seguramente, el secreto de la felicidad.

Conecta con esa felicidad única e irrepetible desde tu butaca del teatro Alfil. Vive El Peliculero, un show que, aunque no lo sepas, necesitas. Para cambiar de perspectiva. Para volver a ese sofá donde el mundo se recoloca, de la mano de un humorista que te hará celebrar el viaje. Y la vida.

El espectáculo se representa cada domingo desde el 18 de abril hasta el 23 de mayo a las 17:00 en el Teatro Alfil. ¡Consigue tus entradas aquí!

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