Este artículo contiene spoilers

El universo de la ficción adolescente española ha incorporado habitualmente en sus tramas algún suceso trágico que dotase de intriga la agitada -pero previsible- vida del estudiante quinceañero que protagoniza sus productos. De la recordada muerte de Fer en Física o química al asesinato que construye la trama principal de Élite: son muchas las producciones que decidieron manchar de sangre sus historias para romper con la poca originalidad narrativa que caracteriza al subgénero de las series de instituto.

Sin embargo, hace poco más de tres años TV3 lanzaba Merlí, serie que narra las vivencias de un grupo de chavales durante el bachillerato a través de la clase de filosofía y su relación con el profesor que la imparte. A diferencia de otras producciones, la ficción de Héctor Lozano no bebe de un conflicto trascendental para impulsar el entramado de historias que desarrollan sus episodios, ni presenta personajes excesivamente estereotipados. De hecho, la panda de estudiantes que protagoniza la serie encaja en un patrón común (evidenciando las realidades personales de cada uno): son jóvenes, estudian bachillerato y comienzan a explorar sus vidas alentados por los consejos de Merlí, su peculiar profesor de filosofía.

La serie no busca el conflicto. Más bien es una continua búsqueda de la reconciliación. Porque los consejos de Merlí a sus alumnos pretenden dar solución a los diversos problemas que plantea la inexperiencia vital del adolescente. Así, huyendo de tópicos telenovelescos, la ficción enfrenta a sus personajes a situaciones que alternan las relaciones familiares (con el consecuente reflejo generacional de padres a hijos), las idas y venidas de los pasillos de un instituto o las mariposillas en el estómago que despiertan las primeras relaciones. En definitiva, los jóvenes de Merlí hacen cosas de jóvenes, y en esa aparente normalidad reside la originalidad de la producción catalana.

Pero en cuestiones de originalidad, la apuesta de TV3 (que ahora goza de una segunda y mejor vida en Netflix) destaca por la inherente relación que establece entre trama y filosofía. Cada episodio se presenta al público con el nombre de un filósofo y, a modo de moraleja, cierra reflejando en la narrativa las teorías del pensador que da nombre al mismo. Así, Merlí reconcilia al espectador con una disciplina muy poco recurrida en el terreno de la ficción española, aportando una visión alternativa y tremendamente cercana sobre cuestiones como la muerte, la capacidad de pedir perdón o el vértigo ante la libertad de decisión.  

Merlí nace, crece y muere en la normalidad. La serie no concluye en un acontecimiento extraordinario (ni siquiera recurre al desenlace idealizado de la graduación de los alumnos). El final de la historia se enmarca en una jornada de instituto habitual, en las rutinas ordinarias de los personajes. Pero, en sus últimos minutos, la ficción presenta un salto temporal de siete años en el que presenciamos el reencuentro del grupo protagonista, y que (pese a haber transcurrido solo unos minutos del cierre de la trama principal) activa la nostalgia del espectador que ha forjado un intenso sentimiento de pertenencia con los ‘peripatéticos’.

Si bien el final de Merlí es agridulce, este no podía ser más perfecto. En definitiva, establece un retrato extremadamente realista de la vida: simple, normal, imperfecta, aburrida si cabe. Pero estos chavales al menos tienen las herramientas para guiarse por el camino: la filosofía. Y aquí recae el mayor acierto de la ficción catalana: no pasa de puntillas por las numerosas dificultades que se generan en las aulas (y en las familias). Se detiene ante esa diversidad de situaciones desde una perspectiva filosófica, rompiendo con los clichés que han definido tradicionalmente las series de instituto. Tal vez la emoción del público también se pueda alterar con un producto ‘extraordinariamente normal’.

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