Como diría el señor Umbral, yo he venido aquí a hablar de mi libro. En mi caso, de mis libros, mis pequeños tesoros, mis mejores amigos.

No hubiera imaginado nunca que ellos más que nadie paliaría la soledad impuesta en este pasado año en el que tantas lecciones hemos tenido que aprender.

Cuántos ratos de sofá, cuántos cafés enfriándose en la taza, esperando a que saliera del mundo al que ellos me transportaban. Cuántos ahogos en el pecho aliviados con la palabra escrita. Sin duda alguna siempre han sido mi bálsamo para la realidad cuando ésta se vuelve incierta y oscura. Y en estos tiempos que corren he comprobado una vez más que están a la altura. Como aquel amigo que te envía ese mensaje tan oportuno cuando tienes un mal día.

Pero nuestra historia de amor empezó hace muchos años. Cuando estaba en Primaria tenía compañeros de clase que los sábados jugaban al fútbol en el equipo local, amigos que pasaban el fin de semana en casa de los abuelos, amigos que jugaban al tejo en la plazoleta de mi barrio. Yo los sábados por las mañanas iba a la biblioteca. Era el único sitio al que mi madre me dejaba ir sola. Había veces que me leía la mitad del libro en el camino de vuelta.

Cuando nació mi hermana, le leía mis cuentos favoritos, aunque ella no me prestara mucha atención. Cuando tenía catorce años llegó mi hermano. A él le regalé en cada cumpleaños los cuentos de la media lunita, los que yo ya había leído una y otra vez. La niña del zurrón, Garbancito, Perico Malastrampas, El castillo de irás y no volverás, El gallo Kirico… podría seguir hasta desgastar las teclas de mi ordenador. En ese momento no entendía por qué no fui capaz de contagiar a mis hermanos mi pasión por la lectura.

Después lo comprendí. Al llegar al instituto nos obligaron a leer El árbol de la ciencia. Lo presentaron como un libro imprescindible para nuestra educación. Que me perdone Pío Baroja pero no entendí nada en las más de doscientas páginas que el hombre tuvo a bien escribir. Me sentí frustrada pues haciendo lo que se me daba tan bien sólo conseguí un cinco raspón en aquel examen. Pero imaginé que a todos aquellos a lo que, como a mis hermanos, no tenían la lectura por hobby (o por vicio, como yo); aquel libro les habría resultado un verdadero calvario. Fue entonces cuando entendí que no hay que forzar la máquina, que en la lectura, como en la vida, debe primar la libertad.

Si yo fuera profesora de instituto recomendaría libros como La sombra del viento, El último Catón,  El sanador de caballos, La casa de los espíritus… y aquí es cuando terminaría de gastar las teclas de mi ordenador. Pero siempre recomendaría, no impondría.

Me imagino delante de treinta chavales en plena adolescencia con mis gafas de pasta y ropa de marca Desigual (pues esto parece requisito indispensable para la docencia), con los brazos abiertos y poniendo mucha énfasis en estas palabras:

«Leed lo que queráis, pero leed. Leed fieles míos, leed porque el que lee piensa, y el que piensa es libre»

Probablemente la mayoría pensaría que estoy loca, pero probablemente despertaría la curiosidad de alguno y eso ya sería una gran conquista.

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