Otoño en Sevilla
Paseo de las Delicias de Sevilla (Getty Images)

Romperse en pedazos como un puzle desecho en una simple caja de cartón.

Derramarse a trozos como el agua envasada en cristal hecho corazón.

Lágrimas taquicárdicas que desembocan en un océano hecho de papel en la nada.

Relieves que desaparecen a la luz del sol y florecen al tacto de los dedos y las manos.

Sentir tan profundo como lloran las cuerdas de una guitarra al ser rasgadas a la misma vez con la fuerza novata y el tacto de los años.

El resurgir de una soledad infundada en una travesía mental donde lo que no es real puede parecer verdad.

Tristeza que se evapora como el agua caliente de un baño tras una ducha intensa, o como caen sobre el suelo húmedo las hojas de aquellos árboles típicos del otoño. Luz que emana de las noches más cortas, noches que brotan de los días más largos.

La naranja que no encontró su media mitad, la luz que se apagó aún brillando, el amor que reventó de ganas, el corazón que sigue latiendo sin vivir, aquél que silba y tararea una canción pegadiza estando triste, aquélla que tiene una sonrisa para los demás cuando está rota por dentro, el perro que lame las heridas del que lo maltrata, escuchar una canción que nos trae malos recuerdos, disfrutar del tiempo vivido a pesar de las ausencias, querer callar a los sentimientos…

Armarse de valor, avanzar con la fuerza de una marea, retroceder solo para saltar más alto, levantarse con el pie derecho, querer comerte el mundo, escribir canciones a tus amigos, susurrar al oído.

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