A veces desearía salir de aquí. Coger cuatro camisas viejas; pantalones pitillo de esos que tanto me gustan, que te dejan marcas en la cintura cuando te agachas pero que parecen estilizar tus piernas de gallina caponata; unos cuantos jerséis largos, entre ellos el jersey del abuelo Manuel, que termina su camino justo antes de las rodillas haciéndome parecer más bajita y también más comestible. Coger todo aquello que me recuerde a casa; y trasladarla a otro lugar. Por desgracia no podré llevarme a nadie, quiero viajar sola e ir encontrando nuevas caras. Caras de personas que no han dejado todavía una bocanada de aire contaminado en mis pulmones, que no han hundido sus uñas en mi piel hasta hacer girones con ella, que no me han mordido por dentro y han dejado mis huesos hechos trizas. Personas de esas a las que tengo la oportunidad sensata de conocer. Aunque con el tiempo todo el mundo se haga más pequeño y me invada de nuevo la necesidad de escapar. Escapar, tampoco debería llamarlo así, sino más bien, “la huida de aquel que no se encuentra”. Podría ser eso, que no recuerdo con exactitud lo que quiero, o quién quiero ser, y quizá necesite ahora una bocanada de aire fresco, que me reconvierta y reconstruya mis hendiduras.

Decido salir. Tal vez un paseo me ayude a reformular las preguntas, tal vez cambiar de opciones. ¿Volver a instalarme de nuevo en la monotonía? ¿Volver a todo lo que quiero desechar de una vez por todas? ¿Para qué?

Después del largo paseo que rodea el río de al lado de mi casa me di cuenta de que mis opciones no habían cambiado. La idea era empezar de nuevo, y estaba decidida a hacerlo. Yo sola, y sin que nadie pudiese impedírmelo. Probablemente algunos consideren que no ha habido nada tan perjudicial en mi vida como para alejarme de esa forma, seguramente esperen que desista en esta idea y vuelva a replantearme la dirección que quiero tomar. Pero después de ese paseo me di cuenta que ni yo misma me necesitaba tanto, que el mundo estaba llamándome desde hacía demasiado tiempo, y que había permanecido sumisa a una vida a la que quería dejar de estar anclada.

Rompí todos mis contratos de vida. Todos los que había ido forjando, sin ningún tipo de firma, pero sí con huellas. No sabía si iba a volver. No sabía que ocurriría después de todo esto. Lo que sí  que sabía, de lo que estaba absolutamente convencida, es que no regresaría igual. Que algo habría cambiado en mí después de todo esto, y necesitaba verlo con mis propios ojos. No deseaba quedarme con las manos cruzadas mientras se me manchaban de sangre. No quería ser una pieza más de un puzle que desde ahora, no terminaría nunca de formarse. Tampoco quería ser la culpable de las lágrimas de mi abuela, ni del resto de mi familia. Y por supuesto, no quería ser consciente del daño que suponía esto para ti. Muchas veces soy una egoísta, solo pienso en mí, en crecer como persona, olvidándome a ciegas de lo que realmente significas. A partir de ahora quedas escrito como página que nunca olvidaré, de un diario perdido entre mis recuerdos, pero grabado en un lugar mucho mejor.

Llegué a Siria en Agosto. Después de haber estado planeando este viaje a escondidas durante más de tres años, no podía creer que realmente fuese a pisar suelo sirio en una porción de tiempo de menos de tres minutos. Bajé de la escalera del avión. Llegué a ese lugar que se encontraba a lo largo de la frontera entre Turquía y Siria. Era consciente de lo que iba a encontrarme, pero conocer personalmente a 75 niños huérfanos, me cambió la perspectiva, me cambió la vida. Cuando eres un niño te sientas a esperar que los adultos te digan qué es lo que tienes que hacer. Y siempre, o casi siempre, recibes una respuesta. Te guían por un camino establecido que te ayuda a no perderte. Y estos niños, estaban perdidos. Su única respuesta aparente éramos nosotros; voluntarios dispuestos a hacerles sonreír todo lo posible. Y de manera sorprendente, lo hacían.  Habían perdido a sus padres en una guerra cruenta e innecesaria, en el campo de refugiados, debían seguir unas normas establecidas por superiores, se limitaban a recibir su porción de comida y agua diarias, no jugaban, no les quedaba nada salvo permanecer en ese lugar hasta que pasase la tormenta; y pese a todo pronóstico, sonreían. Nuestra presencia allí les emocionaba de una manera bestial, y yo empezaba a crear lazos demasiado fuertes con ellos.

Siempre he pensado que en el momento que empatizas con una persona que lo está pasando mal, alguien que te cuenta su historia, eres incapaz de olvidarle, e incapaz a la vez de dejarle sin asegurarte antes de que estará bien. Y eso es lo que pretendía yo con ellos. Mientras tanto, me dedicaba a leerles cuentos, creando en ellos una visión del futuro algo mejor de lo que estaban acostumbrados a escuchar.

Y a día de hoy, la labor que hacemos los voluntarios en estos campos, sigue siendo y será, realmente importante. Pero la que hacen ellos por nosotros, por lo menos en mi caso, está siendo mucho mayor.

A veces cambiar tu vida empieza por cambiar la vida de otros.

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