Ya lo ha dicho Alberto Rey: lo único nuevo en Stranger Things 2 es el dos. No hay nada más que hablar en ese aspecto. Pero esta segunda temporada que el buque insignia de la ciencia-ficción de Netflix recibió el pasado octubre no solo no mejora lo presente, sino que lo empeora. Con las aguas ya calmadas, podemos decirlo en voz alta: Stranger Things 2 no trae ni un solo concepto fresco, y los elementos que ya había en la primera temporada –y que esta tímida segunda remesa recupera– huelen a óxido.

Seamos sinceros, me encanta Stranger Things 1. Podría simplemente agradarme como la ficción ligera y nostálgica hasta la médula que es, pero no. Me. Encanta. Disfruté como un niño su aura de aventura juvenil ochentera, disfruté como un niño su enigmático primer episodio y, sin duda, disfruté como un niño la escena que tienen Nancy y Steve mientas, de fondo, suena Africa de Toto. La serie original conocía sus virtudes y sus limitaciones, y sabía muy bien dónde golpear. La única reticencia que me despertó la primera temporada –conociendo sus pretensiones– fue la conclusión, ese desastroso final en cliffhanger con Will escupiendo una babosa en el aseo. Ni hacía falta ni venía al caso dejar un elemento del upside down en el mundo real; es un foco explícito de conflicto cuyo hueco podrían haber llenado el resto de interrogantes sugeridos durante la serie. El público iba a volver, con o sin babosa de por medio.

Es entonces cuando llega Stranger Things 2, dispuesta a ser catastrófica donde su predecesora era sencillamente poco elegante. La segunda temporada se cierra de la misma manera, con una última “gran revelación” que –supongo– debe mantener el misterio; los hermanos Duffer siguen sin comprender que, a estas alturas de la película, el espectador está más que enganchado. Lejos de acabar ahí la cosa, en la temporada 1 se nos descubría que la controvertida babosa iba a permanecer en el plano real, con los desmanes correspondientes; pero en el final de la segunda no se revela nada que no supiéramos ya. Pues claro que el monstruo sigue en el upside down, Eleven simplemente ha cerrado la brecha; ¿dónde iba a estar si no?

Ojalá el cierre fuese lo peor de Stranger Things 2. Corrijo, ojalá el cierre fuese lo único repetido en Stranger Things 2. Y es que este esquema resuena en todos los aspectos de la nueva temporada: los Duffer han preferido afianzar su fandom replicando, desde el inmovilismo, la fórmula que convirtió a la serie original en el fenómeno de masas que ahora es. Stranger Things 2 es tímida, casi cobarde. Una pena que lo que hizo grande a la primera tirada de episodios fuera precisamente eso, la capacidad de convertir un compendio de manidas referencias ochenteras en una propuesta refrescante.

Lo que hay que recalcar aquí es que Stranger Things 2 es peor solo por el hecho de no ser mejor que su predecesora. Es injusto, sí, pero así funcionan las series. El formato de división en temporadas requiere de un golpe de efecto que permita diferenciar una temporada de otra; sobre todo si la obra tiene pretensiones de trascender algo más que las malas sitcom, de las que puedes ver dos capítulos completamente inconexos y no perderte nada. En esos casos, suele resultar que no había nada que perderse. El hecho de que Stranger Things 2 sea indistinguible de su primera temporada –para bien y para mal– es una lacra en sí mismo, porque el comodín de la frescura ya se utilizó.

Si trato de ilustrar mi punto de vista, me viene a la cabeza eso que ocurre al comienzo de la segunda temporada de House of Cards, que cambia la serie por completo. La primera tirada ha ido construyendo el camino hasta aquí; llegados a este punto, crucemos el Rubicón. Se reorganiza el tablero. ¿Cuáles son las nuevas reglas del juego? ¿Cómo se mueven ahora las piezas? Es lo que debería preguntarse este segundo envite de Stranger Things con respecto a lo ocurrido en su primera temporada. La ficción de los Duffer hace amago de apuntar en esta dirección en los primeros episodios, hablando de cómo lo sucedido ha afectado a Will, y cómo lo tratan los demás niños por ello. Sin embargo, aparte de la emboscada en la noche de Halloween, no se exploran estas relaciones con demasiada profundidad; y a medida que avanzan los episodios el tema se diluye en la aventura a la que está supeditado. No hace falta ser Breaking Bad y centrar el discurso en las consecuencias de lo que ha ido ocurriendo hasta ahora, pero no le vendría mal a la serie hacer sentir al espectador que todo ese tiempo frente a la pantalla ha servido para algo, que se ha avanzado de alguna manera.

Al final, como ficción ligera para pasar un buen rato, Stranger Things 2 es más que aceptable; como Peaky Blinders, o como Skins cuando sabe cerrar la boca. Esta nueva temporada, además, añade algunos ingredientes interesantes: la curiosa dinámica entre los personajes de Steve y Dustin; el contrapunto que pone uno de los nuevos personajes, Billy, al que hasta el momento había cumplido el estereotipo que este ahora rellena; el nuevo monstruo y su relación más de fondo con los miedos e inseguridades de Will, casi subtextual… Hasta Marina Such y Pere Solà Gimferrer han dicho en el podcast Yo disparé a J.R. que esta Stranger Things 2 es un producto notable, por ser un pastiche de referencias sin ínfulas de nada. Pero debería pretender, al menos, ser un sucesor digno: aportar algo más al universo que inició su antecesora.

Acabada la temporada, todas estas novedades resultan ser superficiales, y están muy lejos de ser el lavado de cara que a la serie tan bien le habría venido. Todo suma al cosmos de la obra mayor, pero no convierte esta segunda temporada en un producto relevante, a ningún nivel. Aparece una criatura peligrosa que mantiene a Will atrapado de alguna manera –física o mental–, y sus amigos y familia inician la investigación para salvarlo divididos en dos frentes, niños y adultos. Lo mismo que hace dos veranos.

A falta de palabras más apropiadas, Stranger Things 2 necesita matar algo. No necesariamente un personaje –Sean Astin no me vale, es evidente que lo incluyeron en la serie para poder mostrar a alguien muriendo sin realmente cambiar nada del plantel de personajes original–; pero algo. Una relación, un cliché, un axioma. La serie necesita provocar un shock, pero no en forma de solución facilona, sino uno a nivel estructural. Un shock conceptual, que cambie la manera en que se entiende la serie. Matar su tendencia inmovilista actual; matar algo

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