Élite Netflix
Élite, la nueva producción española de Netflix

Tras haber parido unas cuantas series (probablemente demasiadas) sustentadas en capítulos interminables y otras tantas que cuentan historias plagadas de clichés tradicionales, la ficción televisiva española andaba falta de un producto capaz de engatusar al público joven – que es, precisamente, el consumidor sustancial de este tipo de producciones –. Porque tras el final de Física o química – y a excepción del éxito regional de la catalana Merlí –, ninguna serie nacional había recurrido a una trama teen con el objetivo de convertirse en el drama de instituto de una nueva generación. Y Netflix se ha tirado a la piscina con su segunda serie española de producción propia: Élite.

La coctelera temática de Élite no es más que un batiburrillo de historias – tan peculiares cómo atractivas – que mezclan asesinato, gente guapa y con mucho dinero (y que se aburre de tener dinero), gente pobre desesperada y un protagonista cuya vida se vuelve del revés. Pero en la serie de Carlos Montero y Darío Madrona ese cóctel está bien conseguido y, sobre todo, tiene un alto factor de enganche: una vez que empiezas, el maratón es inevitable.

Puede que el paisaje de realidades que dibuja la serie resulte un tanto arquetípico. Pero eso no importa especialmente. Élite no es una colección de situaciones sociales inconexas ansiosas por suscitar el morbo entre el público veinteañero. Este thriller adolescente se edifica a través de la interpretación de esas dimensiones desde los ojos de las generaciones pubescentes. Y ese es precisamente el gran acierto del nuevo fenómeno global de Netflix: integrar lo aparentemente extraordinario en una línea argumental de desbordante normalidad (y ya era hora).

Élite reinventa los patrones de la típica serie adolescente para ofrecer un producto que nace y se desarrolla enraizado a un contexto contemporáneo. Ya no pasa nada por contar historias de chavales de instituto que hablan de sexo sin tapujos, trapichean con marihuana o rehúyen del modelo de vida que su estatus social les impone. La serie apuesta por la normalización de temáticas tan controvertidas como las relaciones poliamorosas, la aceptación de la cultura musulmana en Occidente, la lucha de clases entre adinerados y becados, el consumo de drogas, la homosexualidad -y la bisexualidad- o el tratamiento del VIH (encarnado en un personaje que rompe estigmas: es mujer, heterosexual y rica).

De esta manera, en el desarrollo de los ocho capítulos que componen la primera temporada de la serie (ya hay confirmada una segunda), la singular pandilla de  protagonistas se erige como un conglomerado de símbolos sociales que arrincona los prejuicios a la hora de contar historias en la ficción española. En las diferentes tramas que construyen la red argumental de Élite no existe el estereotipo de la pareja de instituto cuyo amor nace con miradas de biblioteca: se liga a través de aplicaciones tipo Tinder o en las últimas horas de una noche desenfrenada. Se organizan fiestas a través de Facebook y se envían audios vía WhatsApp para comunicarse entre colegas.

Los adolescentes y sus ganas de probarlo todo, de descubrir, de experimentar, siempre parecen ir por delante del resto del mundo. Por eso es lógico que Élite se atreva con temáticas que no veríamos en otro lugar. Sin embargo, el asesinato que se presenta como trama principal no es una narrativa que define a la juventud que ejerce de público. Probablemente por eso, los líos personales de los personajes resultan más interesantes que la investigación criminal que ejerce de hilo conductor en la historia. Porque (generalmente) los jóvenes no comenten homicidios. Pero sí exploran su sexualidad, se pelean y se drogan. En definitiva, viven. Y Élite, a pesar de contar historias que solo ocurrirían en un culebrón adolescente, no es más que eso: un retrato de la juventud en su máxima expresión.

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