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Big Mouth y la yuxtaposición6 minutos de lectura

por Antonio Rivera
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Con motivo de la novena edición del Festival de Series de Madrid –ahora Spoiler Fest–, acudí al preestreno de una de las nuevas producciones de Movistar + para este otoño: Vergüenza. Esta comedia de Álvaro Fernández Artero y Juan Cavestany dejó en mí un precipitado muy partcular, correspondiente a la última escena del primer episodio; en concreto a los créditos finales. Recuerdo que se me hizo imposible no reparar en el hecho de que esas líneas de texto, que atribuían a cada césar lo que era del césar, se deslizaban sobre la imagen estática de unos calzoncillos manchados que colgaban del pomo de una puerta. Y Fernández Armero había dirigido antes Doctor Mateo y Con el culo al aire. Era evidente que había tenido lugar un cambio de mentalidad en la comedia mainstream.

Discurrí entonces acerca de lo curioso de que hasta las producciones con enormes empresas detrás estén comenzando a ‘soltarse’ un poco en este aspecto, a tratar la comedia incómoda o escatológica como un tema más que válido. Es algo quizá novedoso en la televisión comercial de nuestro país, pero con lo que se lleva mucho tiempo jugueteando en otros ámbitos, y la animación destaca entre ellos. Principalmente en la animación occidental, el germen de Hora de Aventuras parece haber calado muy hondo, y su irreverencia casi esquizofrénica lleva varios años dejándose replicar en otras series del estilo como Clarence o Historias Corrientes. Una irreverencia de la que ya habíamos percibido unas primeras pinceladas –brochazos, más bien– en American Dad o Padre de Familia, que estiraban hacia lo grosero las ya estrambóticas situaciones planteadas por Los Simpson, pero no parecían pasar de ahí.

En este contexto nace Big Mouth, la nueva serie original de Netflix, plataforma que está manejando mejor que nadie la reciente deriva de la comedia de animación occidental, con obras propias o apadrinadas como Bojack Horseman o Rick y Morty. La serie explora la sexualidad incipiente de un grupo de personajes que se zambulle a toda velocidad y sin frenos en su preadolescencia. Mientras los protagonistas se enfrentan a sus primeros encontronazos con lo que significa crecer, se ven obligados a lidiar con el delicioso recurso narrativo que son los “monstruos de las hormonas”, personificaciones incontrolables de las dudas e impulsos típicos de alguien que comienza a comprender su propio cuerpo.

La serie se toma muy en serio a sí misma, y pone sobre la mesa temas de discusión muy relevantes en según qué momentos. Podríamos decir que el quinto episodio, ecuador de esta primera temporada de la serie, supone un punto de inflexión en el discurso de la obra, y empieza a dirigir su humor extravagante hacia un propósito mucho más digno que el del simple escándalo. El discurso que Nick, uno de los protagonistas, pronuncia sobre el libro ficticio The Rock of Gibraltar, a pesar de parecer burlarse del estereotipo de la novela erótica vacía, expresa un potentísimo mensaje acerca de una sexualidad sana, curiosa y libre. El interés por comprenderse a uno mismo que debería inculcarse en los estudiantes desde muy pequeños. Esto vuelve a ocurrir en el octavo episodio, en el que los protagonistas defenestran en una fiesta a un acosador que escondía sus intentos de forzar sexualmente a varias chicas detrás de un supuesto “positivismo sexual”. Big Mouth parece tener mucho que decir, y no tiene miedo de dar varios puñetazos en la mesa para expresarlo.

Sin embargo, el tono de la serie cae en picado en los dos capítulos restantes. Los lazos formados por los personajes hasta ahora se deterioran y la situación explota en una deprimente actuación musical en un Bat Mitzvah, con todos los personajes cantando “life is a fucked up mess” (“la vida es un jodido desastre”, en español). Con este flashmob desencantado, Big Mouth invita a aceptar la vida tal y como llega, al estilo de Cómo Conocí a Vuestra Madre pero en una línea mucho más pesimista. Pese al tono negativo, los chistes grotescos no se dejan echar de menos, y alcanzan su punto álgido en el último episodio, el décimo. Aquí llegamos al clímax de un humor repulsivo y sin filtros que, sin embargo, no llega a las cotas de picardía de otras piezas de animación del estilo: a pesar de las barbaridades que se podían llegar a escuchar en Rick y Morty, la comedia de Adult Swim se acercaba más a la Náusea de Sartre que a las bromas sobre fluidos corporales de las que no parece pasar Big Mouth.

El problema de esta serie es que yuxtapone en lugar de subordinar. Trata de unir un mensaje educativo, inteligente e innovador con un humor pasado de vueltas, y la mezcla no termina de casar; no porque esta unión no pueda ejecutarse correctamente, sino porque no se enfoca en la dirección correcta. Los recursos estéticos, narrativos o en este caso argumentales deben tener una razón de ser, y servir bajo cualquier circunstancia al mensaje último de la obra, como bien hacían la indigesta cámara de Gaspar Noé en Irreversible o la escritura nihilista de Chuck Palahniuk en El Club de la Lucha. El anime High School of the Dead cometía ese error –de forma mucho más flagrante–, porque arrastraba por el fango el mensaje que pudiese llegar a transmitir mediante el abuso de escenas en las que sexualizaba a sus personajes femeninos con un propósito poco claro, más allá del triste morbo. Y ahí es donde se desinfla Big Mouth.

A la serie no le faltan tablas, pero está mal ejecutada. Desaprovecha el brillante potencial de su discurso de autodescubrimiento y aceptación de las características propias de cada uno diluyéndolo en chistes sobre semen. Big Mouth tiene un par de episodios bastante iluminados pero se pierde en el asco por el asco, en lugar de explotar en mayor medida su punto fuerte. Pese a lo mucho que a mí me ha divertido, dudo que pudiera recomendarla a alguien que no tuviese mi perturbado humor. A falta de saber si el propósito de los creadores era reproducir la fórmula de oro de los últimos años o si de verdad trataban de aportar algo nuevo al medio, no puedo deshacerme de esta sensación. Una sensación agridulce.

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