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El compañero José Luís3 minutos de lectura

por Jorge Osma
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El fragor de la batalla política actual hace imposible, desde hace años, cualquier debate o incluso reflexión sosegada, pero ayer lo eché en falta más que nunca.

La imputación de José Luís Rodríguez Zapatero, Secretario General del PSOE (2000-2012) y Presidente del Gobierno (2004-2011) ha sido un jarro de agua fría como recuerdo pocos desde que hice de la política mi pasión inagotable.

Mientras (sin ser jurista) el corazón me pide defender a capa y espada a la figura que me empujó a estudiar Ciencias Políticas, la razón (y los argumentos de los diferentes analistas jurídicos en medios) me pide prudencia.

Mi abuelo, que nunca dejó de animarme a luchar por mis principios, estaba muy orgulloso de que su paisano leonés. Era la luz tras 8 oscuros años de Gobierno de Aznar y su victoria fue muy agridulce con el dolor del 11-M latiendo en los corazones de toda España. Nunca olvidaré su sonrisa la primera vez que hablamos tras aquel 14 de marzo de 2004, él con 86 años y yo con apenas 14.

Fueron unos primeros cuatro años muy dulces, o al menos a mí me lo parecieron desde mi (entonces) ignorancia política, al final de los cuales aterricé en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense, germen pocos años después de Podemos.

Y ahí comenzó la debacle, a finales de 2008: la recesión, la crisis, los recortes, los cambios ministeriales, el paro… El momento más difícil para afiliarse al PSOE, el mismo en que decidí que ahora o nunca.

Pero no estaba solo: tuve la enorme suerte de compartir militancia con muchos de mis nuevos amigos de clase (que aún conservo, hoy casi como hermanos), y desde las desvencijadas sillas de Somosaguas vivimos no solo cinco apasionantes años de licenciatura, sino de amistad y militancia. Y como trasfondo estaba él, capeando el temporal, el compañero José Luís.

Por aquel entonces aún no había redes sociales como hoy se entienden: Twitter (ahora X) era un lugar de debate puesto de moda por Obama en que solo cabían 140 caracteres, ni imágenes ni vídeos; Facebook era algo de snobs y el «pueblo llano» usábamos Tuenti para publicar nuestras fotos de fiesta y abrir con ansia los mensajes privados. Y, aun así, el clima político era casi irrespirable.

Luego todo pasó muy rápido: los (aún peores) recortes de Rajoy, la moción de censura, las incontables elecciones, la pandemia, la ultraderecha… Y Zapatero fue aquel expresidente al que todos queríamos: por su legado, por su labor como mediador con Venezuela, por su intachable talante, por su capacidad de levantar los ánimos como nadie en un mitin, por su lealtad al PSOE…

Hasta mi madre, en el vídeo que se proyectó durante mi boda, dijo, a la hora de enumerar las cosas que me apasionaban, que una de ellas era «Zapatero».

Creo que quien lea esto se puede hacer una idea del luto (sea cual sea el resultado final, ojalá no sea el que se pronostica) que supone la imputación de José Luís Rodríguez Zapatero. Como le dije a mi psicóloga cuando me preguntó cómo me sentía en momentos así, «da igual el trabajo que hagas, las horas que le eches a esto, que cuando arriba vienen mal dadas, caemos todos».

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