Nunca se me han dado bien los números. Las matemáticas se me atragantan como una espina en la garganta. Y aunque siempre fui de notas altas, en lo que a números se refiere nunca he sobrepasado el 7.

Recuerdo que ya en los últimos años de instituto, cuando la gran pregunta empezaba a repetirse con insistencia (y tú, ¿qué vas a estudiar?), los dardos entre «los de ciencias» y «los de letras» eran el entretenimiento de cada día.

En mi último año, la dirección del centro tuvo la genial idea de mezclar el Bachillerato de ciencias con el de sociales y letras puras. Las peleas eran monumentales cuando había que poner un examen de inglés, común para todos.

No sé si en las aulas de hoy sigue dándose la tendencia a menospreciar a aquellos que prefieren la literatura a la química. Pero cuando era yo la que recorría los pasillos de un instituto lleno de púberes, si no eras del team ciencias parecía que como estudiante como estudiante valías menos.

Yo siempre he estado orgullosa de lo que soy en ese sentido. Se me llena la boca sin ningún reparo en gritar a los cuatro vientos: soy de letras. Y hoy más que nunca estoy convencida de la importancia de las Humanidades, y sobre todo, del incalculable valor de la palabra.

Hoy vuelvo a esa reflexión sobre esta dicotomía que reinaba entre los adolescentes de mi generación después de encender la televisión y ver cómo cientos de personas abandonan su ciudad entre bombardeos. Hoy confirmo de nuevo que no estaba equivocada cuando discutía con mis compañeros afirmando a voz en grito que la Historia es tan importante como las Matemáticas.

Yo que pensaba que habíamos aprendido bien la lección de que quien olvida su historia está condenado a repetirla, me pregunto si es que acaso aprenderemos alguna vez. Y si no es más cierto que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos, tres o infinitas veces en la misma piedra.

Al igual que en estos dos últimos años la ciencia ha demostrado ser la salvación del mundo, ahora creo que es necesario que reine la política, la diplomacia, la palabra. Que seamos conscientes de una vez por todas de que las Humanidades también son la salvación de esta humanidad a veces egoísta y déspota.

A todos los que como yo, en estos momentos de incertidumbre sientan miedo o inquietud por un futuro que se nos presenta incierto les diría: no estáis solos. Y aunque no sea cuestión de vivir ignorando lo que nos rodea, permitámonos unos minutos al día para estar agradecidos por las pequeñas cosas que nos hacen felices, ya sea leer un buen libro o mirar al cielo a través de un telescopio.

Porque la fragilidad de la vida es un hecho que todos, más tarde o más temprano, comprobamos. Y esa verdad por suerte o por desgracia no hace distinciones entre científicos o filósofos.  

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