Siempre me ha gustado el colegio. Debo confesar que a mediados de agosto ya quería que acabara el verano para volver a la rutina escolar. Guardo muy buenos recuerdos de esa época. De hecho, a mis 32 años conservo amistades muy valiosas que nacieron en el patio del recreo. Pero sí buceo en mayor profundidad en mi memoria, hobby que por cierto me encanta, también guardo algunos recuerdos que son de menor agrado. 

Recuerdo que apenas acababa de comenzar quinto curso cuando mi madre se sorprendió ante mi petición de que viniera de nuevo a recogerme hasta la puerta. Ese año había conseguido que me esperara en la esquina, a unos metros de la entrada del colegio. El motivo de mi petición era porque el día anterior había sido testigo de cómo dos de mis compañeros de clase acorralaban a un tercero a la salida del aula mientras le daban patadas en la mochila y puñetazos en los brazos. El motivo de aquella ofensa no era otro más que ser el listo de la clase, el que sacaba siempre 10. 

Años más tarde, cuando entré en el instituto, fui de nuevo testigo de cómo varias chicas humillaban a una compañera de clase por llevar un chándal de Dolce&Gabanna comprado en un «todo a cien». La chica corría por el pasillo limpiándose las lágrimas en las mangas del chándal mientras las abusonas reían a sus espaldas.

Si me pongo a reflexionar, llego a la conclusión de que, al menos en aquel entonces, lo que de cara a nuestros adultos era un instituto, para mí, y creo que para muchos de mis compañeros, era en realidad la jungla. Un reto de supervivencia en el que el objetivo era, además de aprobar, pasar sin destacar mucho y sentirte afortunado si salías vivo de allí sin ser el blanco de la diana de aquellos que se auto proclamaban, y nunca mejor dicho, los reyes del patio.

Y es casualmente en este mes de noviembre, que se ha celebrado el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar, cuando me percato de que no han cambiado mucho las tornas. De hecho, gracias también a las nuevas tecnologías y a lo implicados que están los niños y adolescentes en la trampa de las redes sociales, los datos son preocupantes, considerándose ciberacoso uno de cada cuatro casos. Ya no es tan frecuente el que pega patadas en la mochila al compañero, ahora se humilla o se insulta usando cualquier chat o aplicación. Y eso preocupa.

Pero si algo preocupa mucho más son aquellos casos en los que a la más mínima llamada de atención ante cualquier indicio de acoso aparece un progenitor enfurecido escupiendo por la boca la pataleta de: «mi niño no».

Me pregunto si los padres de esos niños o adolescentes que son autores de esa serie de actos son también los que pusieron en su momento el grito en el cielo con la polémica asignatura de Educación para la ciudadanía y estaban más escandalizados con que enseñaran a sus retoños a identificar sus órganos genitales reproductores que preocupados con que se impartiera en las aulas cómo desarrollarse como adultos íntegros, solidarios y respetuosos con los demás y con la diversidad social y cultural.

Está claro que acabar con el acoso escolar en todas sus vertientes es una tarea pendiente y debe ser responsabilidad de todos. También es cierto que gran parte del trabajo debe hacerse en las aulas pero no olvidemos nunca cuánta razón tenía Rousseau cuando dijo aquello de que «un buen padre vale por cien maestros».

DEJA UNA RESPUESTA

¡Por favor, deja tu comentario!
Por favor incluye tu nombre aquí