Mientras tu conciencia duerme, el sufrimiento ataca. El hambre asola la tierra, la gente pierde su casa. Humanos son encerrados en campos por no tener la nacionalidad adecuada, mientras que otros son deportados por no haber visto la guerra cara a cara. Los corruptos aprovechan para llenar el mundo de lágrimas. Los pájaros ya no cantan en las tierras donde las armas europeas han matado la esperanza. Tu madre, su hijo, el vecino y mi hermana ya no tienen voz con la que hablar ni ojos con los que mirar al canalla que destrozó su calle y su escuela mientras dormía y soñaba con un país pacífico donde los ancianos juegan al ajedrez en las plazas.

Hay otros que soñaron con llegar a Europa pensando que allá podrían vivir en paz, solo eso. Podrían tener hijos a los que la guerra les pareciera un mal sueño y no la rutina que han vivido por más tiempo del que han vivido la paz tan añorada que les relatan en los cuentos. Pero a ellos se los tragó el mar, implacable con el malo y con el bueno. Se los tragó el mar en una noche lluviosa que dura ya más de 7 años enteros y que se ha cobrado tantas vidas que hasta los ciegos pueden ver los cadáveres acumulándose en la playa y en el fondo del mar.

Y aunque se mueran todos, seguirán viniendo. Y aunque no haya barcos capaces de llevar a bordo tantas vidas y tanto miedo, seguirán viniendo. Y lo harán porque no tienen otro sitio donde ir aparte del que creen que hay allá lejos. Lejos de su tierra pero cerca de donde reposas tú y los huesos de los tuyos que ya se fueron.

Ellos vienen. Y seguirán viniendo.

Mientras tu conciencia duerme, un padre viaja sin riñón y con su hijo en brazos, contento de poder pagar con su órgano el paso a un futuro para el que le coge la mano. Duérmete niño, duérmete que el traficante no se ha llevado a tu padre para venderlo a pedazos, como sí lo hizo con otros cuyos cadáveres nadie reclamará a este lado del Mediterráneo. Porque su casa está lejos y es imposible que su familia sepa que uno de los suyos no ha embarcado en el barco de los sueños, ése que a veces se hunde antes de llegar al continente anhelado. No llegó su cuerpo, pero quizá sí sus órganos que algún millonario compró para cambiar su muerte por la de otro desgraciado. Mientras tu conciencia duerme, desaparecen niños y las mujeres de plaza de mayo lamentan nuestro olvido. Porque el sufrimiento de tener un hijo desaparecido es difícil de entender para los que tienen el corazón dormido.

Despiértalo antes de que las cifras alcancen números jamás apuntados en los registros. Dale una oportunidad a tu poder de ayudar y de tener un destino, privilegiado como pocos en este mundo tan chiquitito. Lleno de verjas, lleno de muros, lleno de maldad y de egoísmo. No te dejes llevar por ellos y recuerda que mientras tu conciencia duerme hay humanos que no saben si mañana dormirán tranquilos. Si se los llevará Alá u otro dios al cielo, el traficante al quirófano o el visado a un lugar distinto donde por fin puedan decidir si quieren arroz o aire para comer los domingos. Y si logras despertar, si ves que odiar no tiene sentido, intenta hacerlo de manera callada, sin hacer mucho ruido, porque los niños estarán durmiendo, inocentes como son a pesar de lo que han vivido. No querrás despertar a los que han visto morir a sus padres o caer bombas sobre sus cobijos: en definitiva que han vivido más que tú y yo juntitos. Déjalos descansar porque ellos son el futuro de este mundo nuestro, de todos, tan necesitado de cariño.

Javier Quevedo
(Madrid, 1991) tiene un grado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y un Máster en Estudios Europeos por la Universidad Libre de Bruselas. Si fuera por curiosidad, continuaría estudiando toda su vida, pero por ahora centra su interés en los movimientos sociales y la UE.

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