Alexis Tsipras y Vladimir Putin en Moscú, diciembre de 2018
El Primer Ministro griego, Alexis Tsipras, y el Presidente ruso, Vladimir Putin, durante una rueda de prensa en Moscú (07/12/2018) | Fuente: kremlin.ru

Durante estos años, un gran número de democracias han caído o están amenazadas. A la vez, países autoritarios como China o Rusia se han vuelto mucho más asertivos y se empiezan a postular como un modelo alternativo al democrático. Por último, las dos democracias más antiguas y duraderas del mundo, Estados Unidos y Reino Unido, han visto como movimientos populistas han tenido éxito en diversas citas electorales.

Todos estos acontecimientos están relacionados de una forma u otra con la economía y el desarrollo tecnológico que ha producido la globalización.Este fenómeno ha provocado la vuelta al refugio de las identidades.

Si echamos la vista atrás, durante la mayor parte del siglo XX, la política se dividía entre derecha e izquierda cuyos postulados económicos eran diferentes. La izquierda, centrada en los trabajadores, sindicatos, programas de bienestar y políticas redistributivas. La derecha, centrada en la reducción del tamaño del gobierno y la promoción del sector privado.

Sin embargo, la política que nos encontramos hoy en día está mucho menos definida por la ideología y la economía, se centra en la identidad. La izquierda, ha virado su foco principal de atención de la creación una igualdad económica real, habiendo aceptado los postulados neoliberales, hacia la promoción de los intereses de grupos marginales como minorías étnicas, inmigrantes, refugiados o el grupo LGTB. La derecha, ha redefinido su función central hacia una misión “patriótica” de protección de la identidad nacional, que muchas veces está conectada con la etnia o la religión.

Dentro de este nuevo campo político, podemos ver cómo una y otra vez los grupos de personas, ya sean nacionalistas, religiosos, étnicos, sexuales o de cualquier ámbito, reivindican sus identidades y creen que no están recibiendo un reconocimiento adecuado. Esto hace que el fenómeno identitario no sea algo menor y pasajero, sino que se convierta en algo fundamental para nuestras democracias hoy en día.

Las democracias se enfrentan al gran desafío de lidiar con estas identidades. La globalización ha traído un gran desarrollo económico y cambios sociales rápidos. Ha hecho a las sociedades mucho más diversas, creando la demanda de reconocimiento de parte de esos grupos que una vez fueron invisibles. Estas demandas de reconocimiento, han creado una reacción en otros grupos que sienten que han perdido su estatus anterior y se sienten desplazados. Como consecuencia, las sociedades democráticas se están fracturando en grupos cuyos pilares y comportamiento se basa en la cercanía a una u otra identidad, amenazando la posibilidad de deliberación y de acción colectiva de la sociedad como tal. Este camino lleva a la ruptura y finalmente al fracaso de las democracias. A menos, que las democracias liberales y sus participantes, trabajen para volver al camino del entendimiento y la comprensión universal de la dignidad humana.

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