-El cachalote es capaz de tomar el aire suficiente para aguantar bajo el agua alrededor de noventa minutos- explica la voz tediosa del documental solapándose con el ruido anecoico de una tarde de verano.

Y el cachalote, teñido de un azul lumínico, comenzaba ha descender en busca de comida y, como esa gente de barrio que se pierde en la marejada de la rutina para volver a casa con una paga precaria a final de mes, regresaba de nuevo a la superficie a la hora y media con el hambre que da lamer restos de plancton.

Al final, el ballenato coge aire y vuelve a sumergirse en un mar oscuro y superpoblado de incertidumbre, esperando que un arpón le reviente las costillas o que la marea le venza y le arrastre hacia la arena de la playa.

Como el cachalote, cogemos aire. Lo hacemos cada puta mañana antes sumergimos en una vida repetitiva y despectiva para cualquier tipo de sentimiento afectivo. Aramos, servimos, tecleamos, firmamos, pinchamos, curamos, vendemos… cobramos, cogemos aire y repetimos el cautiverio displicente al que estamos sometidos.

-Pese a ser considerada una especie vulnerable, no existen depredadores capaces de hacer frente a al cachalote que, aunque debe tomar aire para sobrevivir, siempre está listo para batallar.

El reportaje -entre el mundo de la metáfora y la realidad biológica- da de nuevo en el clavo, pervirtiendo el sueño del espectador medio, que se ve varado en la vida por causa de esas corrientes de tiempo que desvanecen los sueños como piezas de dominó.

Así, poco a poco, hemos pasado a ser ballenas. Mamíferos de mar obligados a coger aire.

Las ganas de partirle la cara a tu jefe se fueron con la hipoteca. Vendiste el bajo eléctrico y abandonaste tu banda. Dejaste de escribir relatos y poesías, porque “de algo hay que vivir”. Te pasaste de los petas al ducados y del monopatín al monovolumen. Las horas de palique en el parque se mutaron en facturas y el tiempo libre dejó de ser libre para convertirse en ese “respiro que te mereces”. En definitiva. Te acostumbraste, como el cachalote (Physeter macrocephalus), a coger aire y resoplar.

Aprendiste, como yo, como tu vecino y cualquier otro, a renunciar y sobrevivir.

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