Celia Villalobos es una de esas mujeres que durante la década de los ’90 hizo visible el empoderamiento femenino dentro de las listas electorales del Partido Popular.

Diputada por Málaga en el Congreso desde 1986 y alcaldesa de su ciudad de 1995 a 2000, saltó a la primera línea política cuando José María Aznar le confió la cartera de Sanidad y Consumo entre 2000 y 2002. La crisis de las «vacas locas» fue una de las más importantes en los años en que la Sanidad pasaba a depender de las Comunidades Autónomas.

Pero lejos de pasar a la irrelevancia, la malagueña fue noticia por ser el verso suelto de su partido cuando, en 2005, se abstuvo en la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario, mientras los populares llenaban las calles con pancartas en contra o en 2016 a favor de retirar la reforma de Ley del Aborto promovida por Alberto Ruiz-Gallardón.

En sus últimos años en la Carrera de San Jerónimo, como miembro de la Mesa del Congreso (2008-2016), terminó de salir la escena política de mano de Pablo Casado con la polémica del Candy Crush.

Masterchef Celebrity es esa edición del reality de cocina en que se mezclan los personajes famosos de ayer y de hoy, donde conviven las jóvenes promesas como Jesús Castro y las «viejas glorias» como Raquel Meroño. Un escaparate para recordarnos en este frenético día a día en que vivimos que hay personas que, aunque no salgan en nuestras pantallas, siguen presentes.

 

En el caso de Celia Villalobos, recordarnos esa «vieja guardia» moderada del Partido Popular que tan cabal parece ahora al lado de alguno de sus nuevos dirigentes.

Pero sea de ayer u hoy, la etiqueta que la malagueña (como es lógico) ha ostentado desde el primer día es el de «política», con todas las connotaciones (negativas) que ello conlleva en nuestro país. A la que hay que unir la de «mandona».

Villalobos no sólo  fue la «ministra de las vacas locas», también fue una de las primeras mujeres en sentarse a los mandos del ayuntamiento de una gran ciudad. Un momento en que, a pesar de estar con un pie en el nuevo siglo, las mujeres todavía debían soportar burlas por su género o por hacer valer su autoridad. Porque mientras para los hombres hacerlo era ejercer su liderazgo, para las mujeres era ser «mandona».

No importa las veces que la recién expulsada de Masterchef (que le ha «dado la vida») haya evitado el conflicto con Lucía Dominguín o La Terremoto de Alcorcón, ella era «política», que todo lo admite. Y además, «mandona».

España en ese país que salió de la Transición esperando que los políticos solucionasen todos sus problemas sin implicarse en el día a día, con una participación colectiva (sindicatos, asociaciones…) cada vez menor y que colocaba a sus gestores en una permanente palestra de sátiras y críticas, generalizando sin pudor con los adjetivos negativos propios del cargo y haciendo un flaco favor a su joven democracia.

No es esto una defensa a ultranza del gestor público versus una crítica flagrante del deber ciudadano, pues ha habido corrupción, mucha, con robo y desvío de dinero a manos llenas. Pero igual que no pensamos que todos los médicos son negligentes porque uno de sus colegas cometa un error, podemos hacer lo mismo con los que ejercen «la política». Y ambos obtienen su sueldo de nuestros impuestos.

¿Cuántos alcaldes o alcaldesas han olvidado lo que es un domingo de descanso para ir a atender a vecinos ya fuera en aldeas, pequeñas capitales de provincia o grandes urbes? ¿Cuántos de ellos siquiera cobran un sueldo a pesar de tener que ir con su propio coche a las puertas de su diputación provincial para pedir un contenedor al servicio de recogida de basuras? ¿Cuántos diputados salen de sus despachos a las 22:00 u 23:00 de la noche revisando toda la documentación para intervenir a la mañana siguiente? ¿Alguien le ha preguntado al Presidente del Gobierno cuántas horas duerme al día?

Si bien todas estas cuestiones suelen contestarse con la manida «es su deber, para eso le pagamos», ¿por qué entonces no ejercemos el nuestro de reconocerlo? ¿Acaso no es también el deber del ciudadano hacerlo? Nos hinchamos de orgullo cuando nos reconocen el ejercer nuestro derecho, nuestro deber cuando acudimos a las urnas, cuando hacemos la declaración de la Renta o incluso cuando reciclamos, pero nos negamos a reconocer el deber cumplido de los demás.

Celia Villalobos ha cometido muchos errores a lo largo de su vida, personal y como gestora, pero seguramente también muchos aciertos, por mucho que para algunos sólo vean la «política mandona» a la que pillaron jugando al Candy Crush.

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