Cada año hay más polémica en torno a la celebración del 12 de octubre en España. Las acusaciones se cruzan entre aquéllos que piensan que es el día para sentirse orgullosos de ser español y los que opinan que no hay nada que celebrar porque el 12 de octubre marca el inicio de un genocidio. Lo que sí queda claro es que la brecha divisoria de la sociedad española se hace cada vez más profunda, y a ambos lados hay gente que no es capaz –y que no quiere- entender a los que se encuentran al otro extremo.

La celebración del 12 de octubre es, definitivamente, algo complejo, y que no se puede juzgar con la presteza con la que se está haciendo actualmente. La principal causa de la vivacidad con la que se trata esta festividad es que no hay un marco de debate dentro de nuestra sociedad, y los gobiernos vuelven a desmarcarse de la población que ansía discutir sus impresiones sobre este tema. Mientras algunas administraciones se dedican a continuar con la celebración como si no pasara nada, otras se encargan de representar la indignación de los que no quieren celebrar el 12 de octubre como se ha hecho hasta ahora, pero no ahondan en la razón de tanta indignación y, sobre todo, no le dan una solución.

Es cierto que España debe dejar de celebrar el 12 de octubre como se hacía en la época de Franco. No ha habido discontinuidad entre las celebraciones que presidía aquel dictador y las que, irónicamente, preside hoy en día un monarca. La figura del rey es, precisamente, la que mayor esfuerzo tendría que hacer en diferenciar su imagen de la de una persona tan poco apreciada en una democracia como puede ser un dictador. Sin embargo, es él probablemente el que menos hace por alejarse de la fácil conexión que se puede establecer entre ambos hoy en día. En consecuencia, mientras las grandes figuras políticas de nuestros tiempos se esconden tras palcos que están manchados de impudicia, sus argumentos no serán válidos en el debate que se debe plantear sobre el 12 de octubre.

Por lo tanto, ellos son los que presiden el famoso desfile de las fuerzas armadas por el Paseo de la Castellana de Madrid, y son ellos los amos y señores de los cielos que son perforados por los aviones de la destrucción. Ellos representan los peores valores de nuestra sociedad y de los que mucha gente quiere alejarse. Pero, además del Paseo de la Castellana, aún queda mucha calle para celebrar. ¿Por qué no aprovecharla?

Tendemos a pensar que el 12 de octubre se celebra un genocidio que acabó con varias culturas milenarias (no entro en números porque las cifras oscilan entre números demasiado distantes), que conmemora y aplaude la barbarie de los hombres que fueron a América a hacerse ricos, a destrozar, robar y violar. Pero, ¿es esto el resumen que se puede hacer de todo lo que supuso la llegada de Colón a América? Desde mi punto de vista, ésta puede ser la parte que se celebraba durante la dictadura y que, probablemente, muchos de los que van al palco de la Castellana siguen celebrando. Sin embargo, hay mucho más significado contenido dentro de la fecha del 12 de octubre.

El 12 de octubre supuso el principio del fin de las culturas de América Latina y hoy en día es difícil otorgar la culpa de ello a alguien que esté vivo. Además, los estándares de actuación del siglo XV no son los de ahora, por lo que muchos crímenes que hoy calificamos como tales en aquella época ni siquiera eran punibles. El número elevadísimo de muertes en el continente americano aumentaba exponencialmente sobre todo debido a las enfermedades, y no a los actos salvajes que allí cometieran españoles, o a su cruel sagacidad. Si bien es cierto que hay otros crímenes terribles que se cometieron y de los que no se habla -por ejemplo el elevadísimo número de violaciones-, aquellos hombres no actuaron de manera especialmente salvaje para el estándar de la época. Los romanos arrasaron con muchas culturas asentadas en las orillas del Mediterráneo, incluidas aquéllas de la Península Ibérica, y no por ello podemos llamar a los italianos asesinos: porque no tendría sentido.

Es decir, los horribles hechos que se desencadenaron a partir del “fatídico” 12 de octubre han tenido un efecto irreversible en la historia de Latinoamérica, de España y del mundo, y por mucho que nos gustaría cambiarlos, ya han sucedido. Igual que debemos celebrar las cosas en común que nos unen a otras culturas mediterráneas y que tienen su origen en el colonialismo y la barbarie romana, hoy debemos celebrar la unión del continente latinoamericano con España. Esta unión no debe ser vista desde la misma perspectiva con la que se veía América desde España hace más de 100 años, sino con una perspectiva moderna, en la que la realidad que rodea a ambos lugares ha cambiado enormemente: España, con una crisis difícil y un problema identitario importante; y Latinoamérica, un continente compuesto por países soberanos en los que se habla predominantemente español pero en los que todavía perduran lenguas y tradiciones milenarias que deben ser respetadas y promovidas.

Si miramos el 12 de octubre como una oportunidad de acercar las culturas latinoamericanas a España y viceversa, sin un factor económico-comercial detrás de ello, podemos empezar a desarrollar una fiesta más humana y más adaptada a la mentalidad de la sociedad del s.XXI. Los del palco pueden seguir allí, que nosotros tenemos las calles para dialogar, compartir y celebrar la unión de culturas que llevan mucho tiempo en un contacto estrecho que se puede hacer más hondo y más positivo. Es muy fácil decir que no hay nada que celebrar, y alejarse de un día que, en el fondo, es como cualquier otro. Pero los días festivos están para darle un significado, un sentido que despierte nuestra memoria colectiva y nos haga evolucionar como sociedad. Si dejamos de pensar juntos dejamos de ser un colectivo y pasamos a convertirnos en sociedades y personas aisladas e ignorantes.

La Península Ibérica es, además, un eterno lugar de encuentro. Si hoy en día el mundo se destaca por su naturaleza multicultural, nosotros podemos presumir de contar con varias naciones dentro de un mismo territorio que se ha forjado con la presencia de diferentes religiones, culturas y tradiciones que han convivido durante siglos. Aunque no podemos presumir de finales felices, sí que podemos presumir de experiencia, y debemos hacerlo. Debemos utilizar el 12 de octubre para promover la aceptación de pueblos latinoamericanos que todavía son subyugados por autoridades que minan sus libertades, como los mapuches en Chile, y debemos hacerlo también con otros pueblos que sufren de la misma manera en otras regiones del mundo, como los saharauis.

Es muy fácil levantarse tarde un 12 de octubre y quejarse de que no hay nada que celebrar. Es problemático que en España vuelvan a crearse dos bandos que pelean sin escucharse para “ver quién la tiene más grande”. Responder a la agresividad con agresividad solo lleva al conflicto, y si queremos evitarlo se deben encontrar otras maneras de “luchar”. La división en torno al 12 de octubre no es más que otro síntoma de esta enfermedad que aqueja España desde hace tantos años y que nos deja exangües cada vez que nos enfrenta. No podemos continuar lanzándonos acusaciones de un bando al otro sin dialogar, sin entender que todos compartimos una misma identidad y que esa identidad debe ser redefinida para que entremos todos. No podemos entender España como la definió Franco porque nuestro país ha sido y es mucho más que eso, ni podemos regalarles esa medalla a sus herederos, porque entonces muchos de nosotros nos convertiríamos en apátridas.

Dejar que un día tan importante como éste se lo apropien los que representan lo peor de nuestra sociedad es, cuanto menos, irresponsable, ya que España tiene que mostrar con energía al mundo que se rige por unos valores diferentes a los que se sientan en el Palco. Es un reto, pero debemos transformar esta festividad en la unión de pueblos y en su fuerza para cambiar los designios de un mundo que se hace cada vez más difícil para todos, sobre todo para los que no gobiernan. Ser más fuertes nos protegería del constante acoso que sufrimos de los vecinos del norte -tanto de los de un lado del Atlántico como los del otro- y que hoy en día es un peligro para la supervivencia de todas nuestras culturas.

Este artículo está abierto a debate.

Javier Quevedo
(Madrid, 1991) tiene un grado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y un Máster en Estudios Europeos por la Universidad Libre de Bruselas. Si fuera por curiosidad, continuaría estudiando toda su vida, pero por ahora centra su interés en los movimientos sociales y la UE.

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