Después del fin de semana fatídico del 1 de octubre, el PSOE afrontará en pocos días, una de sus decisiones más importantes desde que la Democracia volvió al país en 1977. Como habrán adivinado, me estoy refiriendo a la decisión de abstenerse o mantener el “NO” a la investidura de Rajoy. El PSOE, después de los medios silencios y de las declaraciones ambiguas de los miembros de la Comisión Gestora que rige el PSOE tras la dimisión de Pedro Sánchez, ha entrado en un debate en redes sociales sobre si la abstención es asumible o no.

Los argumentos de aquellos que la defienden son sin duda sólidos. Éstos pasan principalmente por asegurar la composición actual del Congreso de los Diputados, donde la mayoría del PP es más exigua de la que se prevé de existir terceras elecciones, lo que llevaría a un control más eficaz que el hipotético a realizar tras los comicios de diciembre. A estos, se le unen los que se centran en que la posición actual del PSOE le coloca como jefe de la oposición, mientras que las terceras elecciones podrían alumbrar el famoso sorpasso y le arrebatarían tan insigne lugar.

Como digo, son unos argumentos perfectamente defendibles. Sin embargo, la situación actual me hace no poder aceptarlos. Desde el momento en que Pedro Sánchez fue capaz de introducir en el electorado un marco comunicativo en el que sus adversarios internos se situaban junto al PP -mientras que él y los suyos se situaban en la clara izquierda del eje político-, toda decisión tomada por la actual dirección en el sentido de permitir la investidura no podrá convencer a gran parte de la militancia y el electorado, tanto el habitual votante del PSOE como el potencial. De haber existido otros antecedentes, quizás el discurso de la abstención hubiera sido aceptado, aun a regañadientes, por un buen número de votantes y militantes del PSOE, pero la situación vivida ha radicalizado las posiciones de los que defienden el “NO”. Honestamente, creo que mantener el “NO” no sólo sería un acierto por las razones a las que me refería anteriormente, sino que la negativa a la investidura puede tener otras ventajas. Entre ellas, la principal es el mantener alejado el fantasma del “PPSOE” que desde las autonómicas y municipales de 2015 nos había empezado a abandonar y que sin duda ha hecho muchísimo daño al PSOE en estos años. Además, no se deben dar por hechos resultados electorales cuando aún no se ha ido a las urnas, pues los dos últimos procesos ya nos han demostrado que las predicciones demoscópicas no son tan fiables. De tener que ir a un nuevo proceso electoral por su “no”, el ejercicio de coherencia que supone podría ir acompañado además de la elección acertada de un candidato, que como pasó con la elección de Ángel Gabilondo como candidato socialista a la Comunidad de Madrid en 2015, pueda al menos mitigar la tan anunciada catástrofe y quién sabe si potenciar la marca “PSOE” de cara a unos terceros comicios.

Dicen que los españoles tienen mala memoria a la hora de votar a sus representantes políticos. “Nadie se acordará de lo que hicimos cuando toque votar otra vez” es una frase muy recurrente en la militancia de numerosos partidos políticos españoles y no digamos en su clase dirigente. Observando la historia reciente del PSOE, no parece que esta frase sea de aplicación, pues desde las medidas de Zapatero de mayo de 2010 (bajada del sueldo de los funcionarios, congelación de las pensiones…) y la reforma junto con el PP de la reforma del artículo 135 de la Constitución, no hay debate ni tertulia política -o discusión de bar- donde al representante socialista no le sea leída la cartilla por estas medidas, representante, militante y votante socialista que aun baja la cabeza preguntándose por qué tuvo que cargar con esa losa en aquel momento. No les hagamos cargar con la losa de la abstención, pues, aunque no lo pueda parecer, existen alternativas.

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