Decía Machado, en plena huida de la capital de la República en noviembre de 1936 bajo una lluvia de bombas y obuses, que Madrid es el «rompeolas de todas las Españas». El lugar donde las aguas de Andalucía, Castilla, Extremadura o Valencia van a parar al humilde Manzanares. El lugar donde te sientes «muy de aquí» nada más llegar. Un lugar único que, sin embargo, no estaba solo ni por encima de los demás.

La región en la que nací no ha sido nunca patria de nadie. Fruto de los intereses económicos más que de la propia Historia, la Comunidad de Madrid no supone una seña de identidad para los casi siete millones de habitantes que nos apretamos en el interior de sus «fronteras». Te sientes de la capital, de Madriz, de Getafe, de la sierra o de Pozuelo, de tu ciudad, de tu pueblo.

Sin embargo, ha sido precisamente ahora, en pleno debate social, económico y político sobre la «España vaciada» y el reto demográfico, en el momento en que más se han empezado a valorar los territorios menos saturados desde donde el teletrabajo ha comenzado a convertirse en una realidad, cuando el nacionalismo madrileño ha tomado la delantera.

Isabel Díaz Ayuso ha dibujado durante esta campaña electoral un Madrid en el que sólo existe la capital, una ciudad donde el precio de la vivienda, el estrés laboral y los índices de desigualdad dejan de ser una preocupación cuando el camarero acude a tomar la comanda.

Nunca nadie que se sentara en el despacho de la Puerta del Sol ha irradiado tanto desprecio sobre el resto de territorios para poner en valor su gestión. «Madrid es España dentro de España», y parecer ser que el resto es «tierra conquistada».

Ayuso se ha convertido en la prima chulesca que cuando llega al pueblo a veranear se queja del olor a ganado y de la falta de ocio o de cobertura móvil. En esa persona que piensa que no existe (ni debe existir) un modo de vida más allá de los atascos, el ruido, los interminables trayectos en Metro y el no tener tiempo para tu familia por estar pegado al móvil o pasar interminables jornadas en la oficina.

Mientras España ha comenzado a poner en valor (especialmente con las restricciones de movilidad) su diversidad, sus pueblos, sus pequeñas ciudades, la derecha madrileña ha tomado los impuestos por bandera para dibujar un engañoso mapa del saqueo fiscal con datos que ni siquiera se acercan a la realidad. Impuestos que dibujan identidades donde antes lo hacían las lenguas, la Historia o la cultura.

Pero cuando llega el momento de poner la televisión en esos breves ratos que la vida de la osa y el madroño nos permite, vemos a Fran, el camarero conquense de Masterchef 9 que desprende trabajo y humildad a raudales, orgulloso de sacar adelante a su familia en una ciudad de poco más de 50.000 habitantes. O nos transporta a Galicia (incluso falándonos en galego) en O sabor das margaridas (producción de TVG estrenada este año en Netflix). Lugares donde hay empresas, universidades, donde la gente trabaja, estudia, y donde sí, también es libre.

Sí, entre gritos y pitos (pero sobre todo gritos), los españolitos hacemos por una vez algo a la vez: alzar la mirada por encima de la Sierra de Guadarrama, del Tajo en Aranjuez o de las murallas romanas de Alcalá. Que no nos hagan volver a pensar que en Madrid, siempre en Madrid, vamos del ombligo al cielo.

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