“Nosotros, los viejos, nos comimos el pepino por lo amargo primero para terminar por la parte dulzona. Vosotros, jóvenes, os estáis comiendo lo dulce ahora y os tocará asquearos con la amargura del pepino cuando las arrugas impidan luchar con fuerza”

Así, más o menos con estas palabras, un abuelo cualquiera de esta España tullida y luchadora le advirtió a un nieto cualquiera, quizás un nieto que de haber nacido cincuenta años antes hubiera estado jugando entre pajas y no entre botones y teclados.

Estos abuelillos que andan renqueantes, como tortugas sabias, viven ahora cómodos entre sus salones cubiertos de visillo, con sus viajes transitorios a la casa del pueblo y sus paseos por parques verdes pero antes, – hace ya bastante tiempo – su vida no fue fácil.  Unos directamente no han llegado a tener arrugas ni nietos a los que columpiar en parques, otros los tienen en Francia, México, Argentina… y allí, con otros idiomas y acentos, viven tan cómodos y dulces como pueden.

¿Qué hay de los jóvenes de hoy?, ¿qué hay de mí, que vivo en una dulzura tan ficticia como las aguas abiertas del Mar Rojo?  Mi generación, con sus zapatillas de quita y pon, sus camisas caras y sus cuartos desordenados, vive hoy sin pensar en mañana. No es que me de asco está dulzura permanente en la que vivo, más bien todo lo contrario, pero tengo miedo a las palabras de ese abuelillo. Me aterra el sabor amargo – los gintonics me los tomo con SevenUp que sabe a algodón de azúcar – y sobre todo me perturba no saber si seré capaz de pelear por una vejez digna.

El carpe diem está bien en el postureo monótono de las redes sociales pero a mí solo me sale verme viejo y arrugado, chupando lo que me queda de pepino, con cara de pasa y temblores en las manos. “Las pensiones peligran” leo en la prensa una vez más. No deseo agobiaros con tantos por cientos ni cientos por tantos – quizás porque no tengo ni idea de que significan esos números entablados que sacan a diario nuestros tediosos ministros – pero cuando nuestros pasatiempos mañaneros se conviertan en observar obras futuristas, no recibiremos, seguramente,  duro y medio del estado.  Puedo resultar pesado pero dudo también que logremos encontrar empleos estables y bien pagados – “JOB TODAY: asociación de médicos, ingenieros, abogados y filósofos con trabajos precarios” -, por lo que deberíamos empezar a hacernos a la idea y dar valor a lo que ese abuelito, quizás canoso, dijo arriba.

Nuestros mayores han crecido en el campo frío y nevado, entre los soles que paren trigos espigosos. Han vivido prisioneros, exiliados, miedosos pero rebeldes – con La Pirenaica* bajo la almohada – , han crecido sirviendo a los ancestros señoriales de quienes hoy mandan grandes empresas. Algunos murieron fusilados o simplemente de pena. Tercera edad, la que más sabe y con menos se conforma, es como se la denomina. Su pepino amargo sustenta la dulzura de nuestras vidas.

Creo, que lo más inteligente sería comerse rápido lo dulce y luchar amargamente en juventud, ganarnos un pepino que contradiga al abuelillo amable. Un pepino dulce en su comienzo, con un centro amargo de lucha joven y un final dulce – de nuevo – que nos permita ver obras, pasear por parques, recoger a nuestros nietecillos de la escuela y escaparnos de cuando en cuando con el IMSERSO. Quizás no debamos rezagarnos en la dulzura, tal vez tengamos que crear algo nuestro.

  • Radio España Independiente, conocida como La Pirenaica, era una radio clandestina española que emitía desde el exilio, primero desde Moscú y más tarde desde Bucarest. Emitió desde 1941 hasta 1977. Estaba prohibida en la España franquista.

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