La última edición de MasterChef, una de las fórmulas que sigue funcionando año tras año a TVE, ha dado como ganador a Arnau París, el joven barcelonés de 32 años que tanto ha hablado de sus raíces payesas.

Sin embargo, si hay un concursante que se ha convertido en la estrella de esta edición, es Francisco Martínez, Fran para la audiencia, y para España.

No son pocos los concursantes de realities (Operación Triunfo, Gran Hermano, MasterChef…) que, por su personalidad o su esfuerzo a lo largo de los concursos, por el cariño de la audiencia, se han ganado el apelativo «de España». ¿Qué ha sucedido esta vez para que este conquense de 29 años, que llego a la final pero quedó en cuarto puesto, gane tan insigne apelativo?

A los 29 años lo habitual, hoy en día, y especialmente en las zonas urbanas, es encontrarse en casa de tus padres, con un trabajo precario en el que, con suerte, te pagan el SMI, y con pocas perspectivas de dar un salto a la vida independiente.

Con esa edad, Fran es camarero en el restaurante de menús diarios Peñablanca, padre de dos niños, casado y con una hipoteca en la ciudad que Pío Baroja describió como «nido de águilas» y que sufre, como tantas otras capitales de provincia, el drama de la despoblación.

Y ha sido esta situación la que le ha llevado a ser conocido, entre otras cosas, por su «puño cerrado». En el propio casting en el que fue elegido entre 70.000 aspirantes, Fran presumía de poder hacer la compra de una semana con 20 €. Algo que para muchos puede resultar «simpático», pero que es la necesidad a la que se ven abocadas miles de familias en España.

En más de una prueba los jueces le ponían a prueba preguntándole qué coste creía que tendría hacer la compra para elaborarlo, y en pocos segundos Fran hacía la cuenta de quienes saben que, para sacar adelante una familia en España, es necesario mirar los 3×2 y el precio/kilo.

Pero no es sólo el mirar cada céntimo lo que nos ha cautivado de este conquense criado en el barrio obrero de Fuente del Oro con orígenes en Cañizares, un pueblo de apenas 400 habitantes en la Serranía de Cuenca. Su marcado acento manchego, más bien conquense, con sus tomatejos y su copón, nos recuerdan lo que debería ser obvio: hay muchas Españas, y ninguna vale más que el resto.

El lector que me conozca sabe de mi debilidad por la ciudad que vio nacer a mi padre, pero lo cierto es que Fran representa a esa España real que muchas veces, entre el ruido de Madrid, Barcelona o Valencia, olvidamos que está ahí. La España humilde que, en palabras del propio Fran en la final «se parte el lomo desde los 15 años» porque no siempre se puede (o se quiere) ir a la universidad, porque hay que traer dinero a casa, porque las noches de fiesta con copas a 7 € no son lujos al alcance de todos. Esa España silenciosa que sufre la despoblación, las vías de tren de los pueblos en pésimo estado con frecuencias cada vez peores, la falta de oportunidades y la mirada altiva de sus vecinas urbanitas.

Decenas de veces Pepe Rodríguez, Jordi Cruz o Samanta Vallejo-Nájera tentaron a Fran con irse a trabajar en la sala de sus restaurantes, plagados de premios internacionales. Sin embargo, Fran, el conquense de 29 años que acudió a MasterChef no para ser famoso, sino para demostrarse a sí mismo que podía procurar a su familia un futuro mejor, ha decidido abrir una casa de comidas «con unas pocas mesejas».

Por más que se diga en las esferas políticas sobre Madrid, Fran es España, una de las muchas Españas, y España es Fran, un conquense de 29 años que, en palabras del propio Pepe Rodríguez «nos ha roto el alma, el corazón».

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