Con bata, con camiseta de supermercado, con uniforme policial o con una furgoneta cargada de pedidos que seguramente no necesitemos.

Son muchos estos días los que adquieren la condición de héroe o heroína cuando antes tan sólo pululaban en un día a día egoísta (y hasta clasista) que no nos dejaba tiempo para reconocer su labor diaria. Sólo cuando el destino nos ha obligado a confinarnos entre cuatro paredes y se ha empeñado en hacernos pensar, les hemos colocado la capa.

Hay quienes, sin embargo, llevaban desde su tierna infancia ostentando este título y apenas habíamos reparado en ellos.

Nuestros abuelos, nuestros mayores, nuestros ancianos, como les queramos llamar, son la historia viva de un país que nunca se ha cansado de cambiar, ya sea de régimen político, de creencia social… pero siempre haciendo gala de un extraordinario espíritu de superación ante cualquier adversidad.

Han visto llamar a la puerta a quienes venían a llevarse a sus tíos, padres o hermanos a dar un “paseo” del que nunca volverían tras la denuncia de un vecino en una España devorada por la violencia; han pagado como padres cada letra del televisor que abría una pequeña ventana en blanco y negro a un país aún más gris; y han visto como abuelos cómo una sociedad egoísta les ha relegado a objetos que interfieren en nuestro ritmo de vida frenético para llegar a no se sabe bien qué parte.

Eustaquio, Felipa, Balbino, Brígida… Con solo oírlos sabemos casi adivinar su edad. Son nombres bendecidos en humildes pilas bautismales que apenas forman parte ya de nuestros registros civiles. Ahora preferimos nombres de personajes de series virales, con significados místicos o fruto de nuestra propia invención.

Cuando el pasado domingo Jordi Évole preguntaba a Julia, de 95 años y nacida en la castiza Plaza de Cascorro si esto era como una guerra, a la mente de la nonagenaria debieron venirse los sonidos de las sirenas antiaéreas y las luces que se apagaban precediendo a los silbidos de las bombas sobre los tejados del impenetrable Madrid republicano.

“No, no es como una guerra”. Tampoco es como tener que huir de la miseria del mundo rural a ciudades en las que eran charnegos, maketos o «provincianos», emigrar a Alemania, Suiza o “la Argentina” o callar por cada palabra prohibida en el país del miedo.

En esta “guerra”, al menos, el recuerdo de cada “caído” en combate aparece en las redes sociales, en fotos en las que sus nietos creemos que serán eternos y nada se los podrá llevar después de todo lo vivido. La sonrisa de cada salvado, además, en los informativos, poniéndonos un nudo en la garganta y pensando en que ojalá algún día tengamos su coraje.

Hoy su trinchera son las camas de la UCI, la habitación de la residencia en la que les aconsejan permanecer aislados o simplemente el salón de una casa con platos de Duralex en la cocina y recuerdos de toda una vida en cada rincón.

Pero no son soldados, ellos son el retrato de lo mejor de este país, de su lucha por nuestro futuro, de cada céntimo ahorrado “por si acaso” nos quedábamos sin trabajo, sin casa, sin todo lo material que el ahora nos exige y a lo que ellos estaban dispuestos a renunciar por nosotros.

Tal vez, cuando todo esto acabe, quienes tengan la suerte de que sus manos vuelvan a palpar su cara en busca de algún rasgo que indique que han engordado durante la cuarentena, podrán darse cuenta de que sus héroes, los curtidos en mil batallas diarias, se sentaban junto a ellos cada domingo en la comida familiar o esperaban su visita en esos viejos sillones que, con esfuerzo, habrían terminado de pagar letra a letra.

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