Cuando pensamos en el debacle en el que Florida y las múltiples Islas del Caribe se han sumido después del azote del huracán Irma, es imposible no preguntarse en que medida el climático incide en este tipo de catástrofes.

Teniendo en cuenta que el calentamiento de las aguas es una de las espitas que permiten explicar la formación de los huracanes y que el calentamiento global está elevando la temperatura de los océanos, podríamos decir que esta deriva catastrófica del planeta tiene mucho que ver con el cambio climático.

Un calentamiento global que nos amenaza cada cierto tiempo con estampas desoladoras, capaces de convertir al ser humano en un ente insignificante en manos de un planeta enfurecido. Pero ¿Por qué negarlo? ¿Por qué existen líderes mundiales capaces de reírse de los quejidos del planeta? ¿Cómo podemos entender la cerrazón de quienes abandonan los pactos internacionales que buscan preservar la ecología de la tierra?

La respuesta fácil se sustenta en los postulados ideológicos de unos políticos más cercanos a la tradición que al progreso, capaces de cuestionar, entre muchas cosas, la teoría evolucionista en pleno siglo XXI. Sin embargo, las ideas valen bien poco en un mundo regido por mercados que solo entienden en conceptos de beneficios y pérdidas. Quizá, lo más sensato es pensar que esa cerrazón no es más que una de las muchas poses políticas que esconden negocios oscuros y sucios. Si los líderes mundiales son capaces de condenar el terrorismo mientras se lucran con la venta armamentística a países como Arabia Saudí ¿por qué no harían lo mismo con los problemas medioambientales del planeta?

El ejemplo más reciente está en el Katrina, el huracán que devoró por completo la ciudad de New Orleans, dejando más de 1.800 muertos y daños peritados en 108 mil millones de dólares, así como cientos de colegios destruidos, que lejos de convertirse en una tragedia, pasaron a ser una oportunidad única para la privatización del sector público

La táctica está en el shock, así lo explica la periodista canadiense Naomi Klein. Los medios se niegan a poner el foco en el entramado político que hay detrás de una tragedia de este grosor. Se niegan a “politizar” una catástrofe medioambiental, dicen, por respeto a las víctimas y ponen toda su atención en los datos meteorológicos -importantes, también- para informar exclusivamente sobre la velocidad de los vientos o las toneladas de agua arrojadas en forma de lluvia. Tras los focos mediáticos, mientras un colegio público se inunda, se privatiza su gestión y cuando el huracán ha pasado y las nubes se abren para dejar que entre la claridad del sol, esta nos muestra que la tragedia no solo ha dejado muertos y desperfectos, sino que ha servido para desmantelar la economía pública y vendérsela al mejor postor.

No hablamos sólo del negocio postraumático con el que se lucran las grandes multinacionales. Ese, desgraciadamente es el uno de los muchos y certeros ejemplos de las labores de deshumanización que ejercen los líderes capitalistas con sus negocios a costa del planeta y sus sociedades. El principal problema, está en la raíz de todo el árbol económico capitalista. El problema viene cuando un país como EEUU nombra como Secretario de Estado a Rex Tillerson, uno de los principales magnates del petroleo mundial.

Sería de tontos creer que Trump y sus secuaces son gente conservadora y chapada a la antigua incapaces de creer lo que la totalidad de la comunidad científica les advierte: el planeta se muere. Su incredulidad no es la causa de una moralidad recatada, precisamente su incredulidad se explica por la inexistente moralidad de sus ideologías sostenidas por la cariátide de sus carteras. ¿Cómo puede alguien que caga oro a costa de vender petroleo admitir que el cambio climático existe?. Resultaría imposible pensar que alguien como Tillerson -un ejemplo de muchos- legislaría contra sus beneficios personales, impulsando políticas que, por ejemplo, fomentasen las energías renovables o la venta de vehículos eléctricos.

El propio Trump se destapó al mundo entero cuando le preguntaron en campaña electoral sobre los acuerdos de París, alegando que creer en el cambio climático “es malo para los negocios de Estados Unidos”. Cuando decía los negocios de EEUU, hablaba, por supuesto de sus intereses personales y no de los intereses de una sociedad como la norteamericana que, lejos de prejuicios, es generosa y abierta.

La privatización del sector educativo tras el Katrina fue una realidad oculta, que vista hoy en día puede servir de ejemplo a medios y colectivos sociales para estar alerta en futuras catástrofes medioambientales. Lo que pasó en New Orleans puede estar pasando hoy en Florida. No tiene por qué, pero Irma puede ser la excusa perfecta para que unos pocos se lucren a costa de la privatización de unos recursos devaluados por la ira del planeta tierra. Es el momento de “politizar” las catástrofes naturales e informar más allá de las lluvias e inundaciones, solo así conseguiremos impedir que aquellos que dirigen el planeta sigan practicando la negación como negocio.

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