Voy a aclarar algo antes de empezar con el meollo del artículo y es que yo solo he leído el primer libro y sólo he visto la primera película, por lo que todo lo que pueda escribir sobre Bridget está basado en la imagen que tengo de ella en esas dos primeras partes. Puede parecer un análisis desfasado y que no pinta nada hacerlo después de la última noticia que tuvimos de esta saga (septiembre de 2016), pero después de leer hasta la saciedad críticas a este personaje me veía en la necesidad de solidarizarme con ella y romper una lanza a su favor. Dicho esto, empezamos.

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A pesar de que el libro fue un enorme éxito, convirtiéndose en best seller internacional, es la película la que consiguió alcanzar un mayor público. Y es que Bridget comenzó a ser querida en seguida. El público (y no tanto ella como personaje) le erigió como everywoman, que lo llaman en los países angloparlantes; una representación que un gran número de mujeres sintieron como cercana y acertada. Es un personaje fundamentalmente basado en la falta: en la falta de un hombre, en la falta de compañía… Pero también basado en la sobra, en la sobra de kilos, de alcohol, de cigarrillos y de pensamientos negativos al día. Esto, a pesar de dar la razón a las críticas de superficialidad que se le hacen al personaje, es lo que le preocupa a Bridget.

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Pero Bridget no es solo una mujer contando calorías y pagando sus frustraciones con vino y compras compulsivas. También es una mujer que vive sola, que tiene ambición y busca una mejor condición laboral, que aguanta como puede a sus estrambóticos padres y trata de evitar los encuentros sociales por compromiso mientras que lidia con las desgracias de sus amigas, mujeres (y un hombre, sí) con preocupaciones similares a las suyas. Bridget no deja de pelear por ser la mujer fuerte e independiente que quiere ser. Aún así, para ella la definición de felicidad no está completa si en la ecuación no metemos a un hombre y una báscula que marque un número inferior a 55.

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Cierto que no es muy feminista que las mayores preocupaciones de un personaje que representa a una mujer de principios de siglo XXI sean la dieta, el alcohol y conseguir un hombre a toda costa, pero nos enfrentamos a la realidad de que es lo que se impone como patrón social, hace 20 años y ahora, en mayor o menor medida. Mujeres en pleno 2017 tienen que enfrentarse a la presión de la maternidad y el matrimonio, no hablemos ya de la celulitis «de más». Así que sí, por superficiales que puedan parecer esos problemas para una mujer, existen, son reales, y afectaron a Bridget entonces como nos afectan a nosotras ahora.

Sinceramente, creo que Bridget Jones nunca fue un personaje con la intención implícita de enarbolar la bandera del feminismo, ella solo quería encontrar su lugar en el mundo y lidiar con sus frustraciones. Mientras tanto, el público la transformó en icono.  Quizá la convirtieron en ello las mujeres que leyeron su diario, que la vieron en pantalla ajustarse la cola de conejita y vieron en ella a una aliada, una compañera de expectativas y bagaje vital. Las críticas desde el feminismo vienen porque no es un buen modelo a seguir como mujer moderna, pero es que pienso que nunca ha habido la intención de que lo sea. Ella, como personaje, no es algo a lo que aspirar. Diría que es casi la ridiculización de lo impuesto, encarnada un reflejo en el que se reconocen miles de mujeres. «La primera vez que leí ‘Bridget Jones’ tenía 12 años y en aquel momento supe que esa mujer neurótica no era un modelo a seguir, sino una recreación cómica», escribe Laura Snapes en The Guardian. «No necesito que reafirme mis creencias. Su improbable existencia en un Londres blanco y sus prioridades en forma de matrimonio-hijos son todo lo que yo no quiero, lo que me recuerda lo que sí quiero. Todo lo que necesito de Bridget es una carcajada», indica la periodista.

Además, para mí Bridget tiene un poder enorme y es el de verse tal y como es, reconocerse torpe y fracasada acorde con sus objetivos y reírse de sí misma. Eso es un triunfo, tanto en pantallas como en las páginas del libro. Y más si lo vemos en contexto. Al igual que una película de ciencia ficción antigua hay que contextualizarla para apreciar sus efectos especiales, a Bridget hay que pasarla por el mismo filtro. Hay que reconocerle el mérito de aparecer en pantalla con su culo no normativo y la revolución que suponía reconocer el fracaso ante lo que la sociedad le impone y a ella tantos quebraderos de cabeza le supone.

Bridget Jones fue un giro de guión, la personificación de la angustia por no cumplir lo socialmente aceptado, la voz de protesta y ambición de las mujeres no normativas (dentro de lo blanca y de clase media que Bridget resulta ser). Aunque ahora su mensaje pueda parecer desfasado o insuficiente, sigue siendo importante por lo que significó.

Y ahora, ¿qué?

Ahora hay que visibilizar a las nuevas Bridgets, a las de 20 años después, sin olvidar ni dejar de agradecer a la primera su existencia.

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