Desde el pasado 20 de diciembre, estamos asistiendo a hechos del todo nuevos para muchos. La entrada de dos partidos emergentes con una fuerza nunca vista, la elección de un Presidente del Congreso de una fuerza política que no fue la primera en votos ni en escaños o el distinto color político de los Presidentes de Congreso y Senado son ejemplos de este nuevo tiempo político que nos abre. Otro de los detalles que podemos observar es el mayor protagonismo que ha asumido el Rey en el proceso de diálogo y posterior propuesta de candidato a la Presidencia del Gobierno, quien ha afrontado una verdadera “investidura” en su cargo como Jefe del Estado estas pasadas semanas.

El Rey, que en el comienzo de todas las anteriores legislaturas se había limitado a proponer al candidato más votado (eso el Rey Juan Carlos), esta vez ha tenido que lidiar con un suceso que no está tasado en nuestra Constitución y en el que la imparcialidad de la institución que representa ha sido puesta a prueba. Esta situación no es otra que la negativa a someterse a la investidura del actual Presidente del Gobierno, y recordemos, candidato del partido ganador de las elecciones, Mariano Rajoy, una vez el Rey le ofreció la investidura en primer lugar. Recordemos que el PSOE de Pedro Sánchez prefirió que el candidato del partido ganador de las elecciones se sometiese primero a la votación. Otra regla no escrita que no se tiene por qué respetar, por cierto, ya que en un sistema parlamentario como el nuestro, gana el que tiene más apoyos en el Parlamento, independientemente de cómo haya quedado el día de las elecciones.

Por si fuera poco, la situación se ha visto agravada por las revelaciones del diario El Mundo, en las que se relata que Rajoy pretendía que el Rey no propusiera ningún candidato a la investidura, de tal forma que hubiera que ir a nuevas elecciones con la consiguiente mejora de expectativas para el PP, llegándose a contactar informalmente con el Consejo de Estado para avalar jurídicamente esta estrategia. Por cierto, que la “negativa” del Rey a “colaborar” en la estrategia de Rajoy resulta que ha causado malestar en el Partido Popular.

Cierto es que bajo el lema de “todo lo que no está prohibido está permitido”, Rajoy no ha faltado en ningún momento a lo establecido en el artículo 99 de nuestra Constitución, que establece que tras las consultas con los Grupos Parlamentarios, el Rey propondrá un candidato a la investidura, no aclarándose en ningún momento si la propuesta es obligatoria o no para quien la recibe. Sin embargo, una cosa es aprovechar el vacío constitucional para llevar a cabo una estrategia política, y otra, pretender que el Rey no cumpla su función tasada de proponer un candidato a la Presidencia del Gobierno, tal y como indica el artículo 99 de nuestra Carta Magna. Máxime cuando el resultado que arrojaron las urnas el 20D permite la formación de un Gobierno que Rajoy ni presida ni siquiera apoye, si es que el PSOE consigue el apoyo de Podemos, IU, PNV y las abstenciones de los grupos soberanistas catalanes para formar Gobierno, además de existir la posibilidad de sacar adelante un pacto de PSOE y Ciudadanos con la abstención del PP  o de Podemos.

Si la Casa Real hubiera aceptado la estrategia del PP de Rajoy, la opinión pública hubiera puesto otra vez en el punto de mira en ella al entender, como es lógico, que no estaría actuando con la imparcialidad que se le supone, todo esto con la coincidencia de que el foco mediático está en ella estos días por el juicio del Caso Noos. No debe ser una cuestión de aplauso el que el Monarca no haya cedido a las presiones del PP. En definitiva, el Rey ha hecho lo que tenía que hacer según la Constitución: ni más ni menos que proponer un candidato a la Presidencia del Gobierno tras las consultas con los Grupos Parlamentarios.

Reflexionemos pues, sobre la línea roja que ha cruzado el Partido Popular al intentar utilizar a la Jefatura del Estado en su provecho, empujando para llegar a una situación que, ni está recogida en nuestro Derecho Constitucional ni se dan los condicionantes para plantearnos cómo resolverla. Y por cierto, mención aparte para Pedro Sánchez, que ha pasado de estar políticamente muerto a las 8 de la tarde del 20 de diciembre a estar en condiciones de afrontar una investidura pactando “a izquierda y derecha”. No me digan que no tiene mérito esto.

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