A uno le gustaría decir que a este país se le gastó la política de tanto usarla, pero no ha sido así. Podría pensarse que esta sensación de agotamiento político, de calle sin salida permanente desde hace ya un año, ha ocurrido porque se han roto ya demasiadas negociaciones o acuerdos. Sin embargo, eso no ocurrió. A este país, y con ello incluyo a los principales líderes políticos y también a los ciudadanos que no se lo exigen, se les ha olvidado por completo lo que significa la política.

Si no es así, no se entiende lo que lleva ocurriendo desde el 26 de junio en las filas del PSOE. Y cuando digo filas, me refiero casi más a sus militantes, votantes y/o simpatizantes que a sus líderes, que también. Por supuesto, no digo que el PSOE tenga que apoyar al PP porque sí, tampoco digo que tenga que explorar una vía de gobierno con Podemos, nacionalistas y el vecino del quinto izquierda. Pero sí digo que al menos deberían tener la dignidad de intentar, o incluso de aparentar, la honra a su profesión, que no es otra que la política. Si de verdad los socialistas quisieran cambiar España, la ocasión la tienen servida en bandeja de plata. Podrían plantear su propia reforma laboral, su propia ley de educación o justicia… Y el PP tendría prácticamente la obligación de ceder y aceptarlas, existiendo un gobierno con propuestas socialistas importantes que se llevarían a cabo. Sin embargo, el PSOE prefiere renunciar a tener la más mínima capacidad de cambiar el país según su propio programa y dirigirlo a unas terceras elecciones.

Pero no solo rechazan cambiar el país, el cambio que dicen que es tan necesario, a través de un pacto de investidura en el que podrían proponer casi cualquier cosa. Van más allá y se vanaglorian en ese rechazo a su propio trabajo, que no es otro que intentar llevar su programa a la realidad. Porque a veces nos perdemos en palabrerías, en negociaciones, en tertulias… Pero la política era eso: estas son mis ideas, este es mi programa… Y con el poder que el ciudadano me haya dado democráticamente voy a intentar llevarlo a cabo. El PSOE ya ha anunciado su rechazo a hacer su trabajo tanto en la investidura como en una hipotética negociación de los Presupuestos de 2017, otra maravillosa oportunidad para cambiar el país según sus intereses.

Estamos viendo, por lo tanto, al mastodonte político por excelencia del país, el Partido Socialista, en un camino hacia ninguna parte. Renunciaron, a través de sus propios actos, a gobernar, pues adelantaron las elecciones la última vez que gobernaron y la oposición les ha hecho perder 25 escaños más. Pero han renunciado también a su facultad -y obligación- de hacer política, de hacer su trabajo. Afortunadamente para ellos sus camaradas de la izquierda han hecho aún peor las cosas y gracias a ellos han podido tener la elección de ser irrelevantes. Si el PSOE ni quiere ni puede gobernar, pero tampoco quiere que sus propuestas e ideas puedan llegar a llevarse a cabo desde la oposición… Me pregunto qué van a hacer sus 85 diputados durante los próximos años y para qué van a servir los millones de votos que aún reciben.

 

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