Hace unos días, y en plena vorágine informativa sobre los llamados “papeles de Panamá”, nos despertábamos con la noticia de que Mario Conde volvía a ser detenido. El gran banquero de los 80 y 90 otra vez en prisión, esta vez junto a sus hijos, por traer presuntamente de vuelta a España un dinero que los investigadores identifican como el sustraído en los casos Banesto y Argentia Trust, que precipitaron su caída e ingreso en prisión a mediados de los 90.

Reconozco que, como a muchos, su libro “los días de gloria” me llevó a empatizar en parte con esa visión de que “el sistema” le tendió una trampa por no formar parte del mismo desde su inicio, por amenazar al establishment con sus teorías sobre la sociedad civil: por ser diferente. Nada más lejos de la realidad. El ídolo de tantos en los años 80 y 90 vuelve a caer, pero con una diferencia. Esta vez no hay historia que valga para exculparle. Nadie ha implicado torticeramente a sus hijos para desacreditarle, nadie constituyó las sociedades pantalla que recibían el dinero de paraísos fiscales por él. Ha sido él mismo el que ha destruido la presunción de inocencia que durante años había construido, y en la que muchos –más o menos- habían creído.

Y como hacemos con Conde, podemos hablar de varios casos más, que son especialmente sangrantes. Podemos hablar de Jordi Pujol, tantas veces aclamado por una gran parte de la sociedad catalana líder ético de la patria y padre de lo que es Cataluña hoy, para acabar, también junto a toda su familia por cierto, en el banquillo de los acusados por presuntos delitos de corrupción y fraude fiscal. Podemos hablar de Chaves y de Griñán, antes grandes presidentes de la Gran Andalucía Socialista, hoy cuestionados con el caso de los EREs.  Podemos hablar de Rodrigo Rato y de cómo ha pasado de ser la cara del éxito en los gobiernos de Aznar a estar presuntamente hasta arriba de comisiones irregulares y dinero negro en su etapa de Bankia.

Todos ídolos de cierta parte –en algunos casos de gran parte- de de la sociedad en momentos determinados. Todos ejemplos de conducta, de éxito, de lo que hay que hacer en esta vida para alcanzar la plenitud y el reconocimiento social. Y no olvidemos esto, todos cuestionados por personas que supieron ver antes que nadie al ídolo en el barro, pero a las que nadie les dio importancia (¿recordáis cuando Maragall le dijo a Mas aquello de “ustedes tienen un problema y se llama 3%». Pues eso. Y cumpliéndose la maldición, todos caídos hoy.

Teniendo en cuenta el horizonte tan poco inspirador en el que nos movemos, los individuos nos aferramos cada día a nuevos ídolos para tener una referencia a la que parecernos, y lo hacemos, por lo que parece, sin demasiado criterio. Nos dejamos guiar y deslumbrar por esas luces de neón llenas de colores que a la primera de cambio se funden, dejándonos de nuevo en tremenda oscuridad, huérfanos de referentes.  Y digo yo, ¿no sería mejor parar y replantearnos nuestros ídolos? ¿No sería mejor confiar en aquellos y aquellas que poco a poco cambian el mundo con sus pequeñas, ínfimas acciones? ¿no seríamos más felices con la seguridad de que sí, no idolatramos a grandes superhéroes de la comunidad, mega ricos y mega famosos, pero sabiendo que no nos defraudarán nunca?

Podemos hacer este esfuerzo revisor o podemos seguir buscando incansablemente nuevos ídolos cuando caen los actuales. En nuestras manos está la elección. Quizás, incluso, tendremos que empezar a tener en cuenta la frase que un viejo ídolo me dijo cuando yo empezaba en esto de la vida: “mejor no tengas demasiados ídolos, menos te dolerá cuando caigan”.

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