En los últimos años, la amenaza de la extrema derecha no para de crecer a pesar de los esfuerzos para contenerla. En Polonia y en Hungría son ya una realidad gubernamental, mientras que en países como Grecia, Francia o Alemania no para de ganar adeptos. Esta tendencia se hace más fuerte en países donde el contacto con culturas no europeas es más fuerte y donde se alimenta de xenofobia y frustración. Aunque no mayoritaria, dicha inclinación sí que es muy fuerte. Por ello tenemos que preguntarnos si el método de contención utilizado hasta ahora es útil e investigar de qué modo la desazón de tanta gente puede revertirse en algo positivo.

El mundo se levantó sorprendido tras la victoria de Trump en las elecciones estadounidenses. A pesar de las grandes oscilaciones de las encuestas, nadie esperaba que un personaje público como Trump pudiera liderar un país de la talla de Estados Unidos. No obstante, el augurio ha ocurrido; la decepción de Hillary Clinton tras los resultados era palpable y muy similar a la de millones de personas de todo el mundo, que veían en su derrota la mayor catástrofe de nuestra era. Sin embargo, hay un gran grupo de personas, también repartidas por todo el mundo, que se han alegrado de ello.

 Ahora debemos pensar en esa gente; debemos pensar en lo que les ha llevado a convencerse de que Trump es la mejor solución a sus problemas y a estar en contra de Hillary Clinton. Era más que obvio desde el principio que Hillary no era la candidata más fuerte para batirse contra Trump, pero nadie esperaba que la lucha llegara a ser tan encarnizada. También es evidente que Hillary lleva en posiciones de poder desde los años 90 y que representa la política más tradicional y desapegada del país, algo que los votantes han castigado duramente. Es por ello que lo importante ahora es analizar la derrota de Hillary y no tanto la victoria de Trump ¿qué es lo que irrita a la gente y no cómo ha conseguido Trump seducirlos? De hecho, criminalizar a los que seducen a los votantes descontentos con las opciones tradicionales de voto es simplista e inefectivo: se debe dar una solución nueva, real a las demandas de la población y se debe criticar siempre constructivamente.

En mi opinión, la política ha llegado a un punto de estancamiento. Nos damos golpes en el pecho presumiendo de estabilidad, de hacer siempre las cosas igual y criticamos a los políticos que quieren hacer cambios importantes en nuestro sistema y cambiar la dirección que ha tomado nuestra Arca de Noé. Pero la población ha demostrado estar descontenta con dicha estabilidad, con la falta de compromiso de los políticos, con su manifiesta alineación con las empresas que, a pesar de ser las que crean trabajo, siguen dejando grandes regiones olvidadas y condenadas a la miseria, principalmente fuera de las ciudades.

El Brexit es un claro ejemplo del rencor que se crea en dichas zonas y que se ha originado a partir de una desesperación ignorada. Además, estas zonas con pocas oportunidades de empleo siguen viendo al extranjero como invasor que viene a robar lo poco que tienen, una perspectiva muy diferente de la que se vive en las grandes urbes donde hay mucha más población extranjera, pero también muchas más oportunidades. Los urbanitas, en vez de tachar de ignorantes a los votantes que no se alinean con su opinión, quizás deberían preocuparse por entender una realidad que es igual de válida que la suya, aunque más difícil en muchos casos.

Por ello, los partidos políticos que tradicionalmente han defendido a la clase obrera y campesina deben encontrar el modo de conectar con ellos de nuevo. El alejamiento de los líderes de dichos partidos de la realidad de las clases desfavorecidas  está directamente vinculado a su aburguesamiento, y ambos han favorecido que un votante normal no vea gran diferencia entre él y el otro candidato que nunca le ha defendido -es más, muchas veces tanto un partido como el otro acaban haciendo lo mismo al llegar al gobierno-. Además hay que añadir la situación crítica en la que se encuentra mucha gente por la precarización de los trabajadores y de las condiciones de vida, un proceso imparable desde que ha empezado el nuevo siglo. Si los partidos de los trabajadores no consiguen entender a los suyos y dejan que este sector de la población se quede desamparado, siempre llegará alguien que intente aprovechar la situación, lo cual no se debe permitir.

Para conseguir este objetivo, se debe luchar contra la imposición de nuevas cabezas de turco, se ha de ser valiente y no tener miedo de los verdaderos culpables de la situación actual. Hay que buscar un enfoque social y verdaderamente comprometido con las dificultades de la gente que abogue por escuchar a todos los miembros de la comunidad, sin importar su origen urbano, rural o su edad, pero tampoco su sexo o su raza. Se debe luchar por defender la verdad y los valores positivos que nos permiten vivir mejor en sociedad que en soledad, en vez de intentar moderar los discursos que buscan lo contrario. Si esto no se hace, evitar que líderes como Trump sigan colmando las posiciones de poder de todo el mundo se hará más y más difícil, siendo una cuestión de tiempo que él y sus símiles nos dirijan. Y si lo que estamos a punto de presenciar es una lucha contra el tiempo, está claro que seremos nosotros, los que buscamos un mundo mejor para todos, los que perdamos.

 

Javier Quevedo
(Madrid, 1991) tiene un grado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y un Máster en Estudios Europeos por la Universidad Libre de Bruselas. Si fuera por curiosidad, continuaría estudiando toda su vida, pero por ahora centra su interés en los movimientos sociales y la UE.

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